El peso de las palabras

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Hay una razón por la que Papa Francisco gusta mucho a la gente: habla su idioma. No el idioma materno, por supuesto, sino aquel de la simplicidad, de la sinceridad. Dice las cosas que todos deseamos, esperamos, pero que nunca escuchamos de la boca por los grandes de la Tierra, comprometidos más a prestar atención al equilibrio político que a la sustancia de las cosas.

El último ejemplo lo tuvimos en ocasión del acuerdo sobre el clima, por otra parte, tema estrechamente relacionado con la Encíclica Laudato Si’. Ese intercambio de intenciones entre los diferentes poderosos del planeta, alcanzado en París, fue recibido por todos los medios de comunicación internacionales como “histórica”. Lo será realmente, sin embargo, sólo si esos principios serán respaldados por los gobiernos nacionales y transformados en iniciativas concretas y conjuntas. “Se necesita dedicación por parte de todos”, hizo hincapié el Santo Padre. ¿Cómo no darle la razón?

El tiempo es sólo el último ejemplo de las buenas intenciones que, para ser realmente eficaces, necesitan llevarse a la práctica. Un concepto, incluso trivial, y sin embargo, tan dramáticamente lejano de la realidad de las diplomacias. La ola de indignación, después de la imagen del pequeño Aylan, el niño sirio naufrago y encontrado muerto en una playa de laTurquía, ha dado la vuelta al mundo, había traído consigo una serie de declaraciones de intentos para superar las divisiones nacionalistas y cooperar para una solución real del problema de los migrantes. Y en cambio, a pocos días de la tragedia y de las apelaciones a corazón abierto, se ha comenzado a discutir sobre las cuotas de inmigrantes que se asignarán a cada país, se han levantado nuevos muros. Ahora algo se mueve de una manera más organizada y compartida, pero aún estamos lejanos de la unidad en las intenciones.

Otro ejemplo de nuestros días es aquel de los acuerdos de Ginebra sobre Ucrania. En ese caso, todos se habían comprometido a evitar cada violencia, intimidación o expresión de extremismo. A un paso del final del 2015, las cosas no han cambiado en absoluto.
Por no hablar de las indicaciones sobre la velocidad de los procesos para la protección de la dignidad humana, otro capítulo lleno de buenas intenciones que permanecieron sólo en el papel.

No estamos hablando de sectores marginales: ambiente, justicia, conflictos; son sólo algunos ejemplos de cómo, para decirlo con palabras de la tradición popular, se predica muy bien y se hace mal.

Francisco llamó a todos a recordarse que las palabras tienen un peso sólo si se transforman en acciones concretas. La gente común siempre lo ha sabido, los grandes políticos todavía les resulta difícil asimilar este concepto.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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