MISIÓN “FRANKENSTEIN”

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El hombre, desde el momento en que ha iniciado a existir, ha inseguito il sogno de la inmortalidad. Es fácil comprender la motivación: somos las únicas criaturas vivientes conscientes de su propio destino. Hasta hace unos meses era una idéa filosófica, pero ahora este deseo se ha movido del plan “metafísico” a lo real. Aprovechando de las nuevas tecnologías, unos médicos americanos han llegado más allá de la simple investigación del gen de larga vida. Su objetivo, no muy ético, es lo de resucitar a los muertos.

Este proyecto de investigación, ideado por la sociedad biotech estadounidense Bioquark Inc., fue aprobado por el Gobierno de Usa. No sólo. Las autoridades médicas han concedido a la dicha empresa el permiso de reclutar (con especiales autorizaciones de las familias) 20 pacientes clínicamente muertos despeués de una lesión cerebral traumática. A los cuerpos serán administradas diferentes terapías combinadas entre sí, entre las cuales inyecciones de células madre y péptidos. Los pacientes, mantenidos en vida por máquinas, serán constantemente supervisados por varios meses a través de controles del cerebro para buscar los senales de la regeneración.

El responsable del grupo, la doctora Ira Shepherd, ha precisado que la regeneración del cerebro, si alguna vez ocurrirá, borrará (obviamente) todos los recuerdos y la historia del paciente. Su mente empezará por tanto desde cero. Un proyecto médico, entonces, que no tiene ningún vínculo con el ideal romántico de la resurrección del querido difunto, que en este caso, no sería más que un cuerpo como muchos sobre quien intentar regenerar una nueva vida, revertiendo el proceso de la muerte. Una bofetada a la identidad humana, ya que el individuo clínicamente muerto y regenerado no tuviera más su precedente personalidad.

A este punto sería lógico hacerse preguntas: quien será el regenerado? Un bebé (cerebralmente hablando) a quien tener que ensenar todo de nuevo? Si volviera a adquirir de nuevo las capacidades motorias, cuál sería su verdadera identidad, si no tiene más memoria? A estas preguntas la señora Shepherd contesta que los seres humanos en estado de muerte cerebral, aunque técnicamente en vida, tienen un cuerpo funcionante (aunque sea artificialmente), tanto que los órganos vitales serían capaces, si fecundados, hasta completar un embarazo. Pero en esta manera, los pacientes llegarían a ser sólo unos recipientes donde tomar y hacer crecer la vida.

Ciertamente, la “Misión Frankenstein” americana podría tener también repercusiones positivas, como adquirir nuevos conocimientos sobre el estado de muerte cerebral para tratar estados de coma y vegetativos, y patologías como Parkinson o Alzheimer. Más allá de las repercusiones benéficas sobre las enfermedades del cerebro, el intero asunto empieza a romper un tabú de nuestra sociedad: lo de la muerte. La consciencia del hombre del hombre de 2000 hace insoportable el pensamiento de no “existir más”, y la obsesión de la medicina preventiva nos lo recuerda cada día. “No tememos la muerte, sino el pensamiento de la muerte”. Hoy más que nunca esta máxima del filósofo Seneca parece adecuada.

Si tenemos así tanto miedo  de la muerte, probablemente es porque no tenemos más algo en que creer. Perdimos la fe. “Qué es la fe? Es una humilde confianza en Dios”, escribía Frère Roger de Taizé. Será bueno recuperar aquel sentido de abandón que debría caracterizar cada hombre. “Me he reconciliado con la idéa de tener que morir cuando he comprendido que sin la muerte nunca llegaríamos a hacer un acción de llena confianza en Dios – decía el cardenal Carlo Maria Martini –. Efectivamente en cada elegida importante siempre tenemos salidas de emergencia. En cambio la muerte nos obliga a confiar totalmente en Dios”.

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