¿Castigar o no castigar?

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¿Castigar o no castigar? Es una pregunta que cada padre se plantea. Es indispensable, sin embargo, el preguntarse: castigar a quién y por cual motivo? Si se castiga por infringir una regla, se debe tener claro lo que el niño ha interiorizado respecto a las normas y cómo las entiende cognitivamente. Encontramos consuelo en Piaget, que con sus estudios sistemáticos, nos permite el observar cómo se desarrolla el respeto a las normas.

El niño hasta la edad de seis o siete años tiene un respeto rígido de las reglas. No se pregunta si la norma es justa o no justa, sino si es justo todo lo que dice y hace el adulto. Las reglas se toman en consideración literalmente. El niño a esta edad, no puede identificarse con los demás y, por tanto, no toma en cuenta la intención de los que llevan a cabo la acción. Se considera sometido a todas las reglas que gobiernan la vida, pero esto no quiere decir que tiene una comprensión adecuada o suficiente motivación para ser coherente al prácticarlas.

Hasta cuando el preadolescente no establece sus reglas, o sea, cuando las internaliza, su consciencia y su respeto de las mismas puede que no coincida con la observación de estas. El propósito de cumplimiento de las normas es aquel de comprenderlas y ponerlas en práctica de manera autónoma.

Para llegar a ponerlas en práctica se necesita pasar por la etapa de cooperación, de las relaciones de respeto mutuo. El niño, por lo tanto, se vuelve capaz de ponerse en el lugar de los otros y de ver las acciones desde una perspectiva diferente a la suya. Esto puede suceder más o menos entre los 11-12 años en adelante, cuando el niño pasa de la fase egocéntrica a la relacional. Por tanto, es útil ayudar al niño a comprender los efectos de sus acciones en la familia, en el grupo, y esta acción puede facilitar el desarrollo de la cooperación y del respeto.

Para un castigo justo, es útil el saber lo qué se entiende por justicia en la infancia. El concepto de justicia crece poco a poco a medida que crece la solidaridad entre los chicos. El niño de seis años define como errado a todo lo que se castiga y se siente sometido a las reglas que siente como correctas para sí mismo. El niño que se equivoca cree que debe reparar la falla a través del castigo expiatorio.

Entre los ocho y doce años, en el momento que se desarrolla la cooperación, la idea del castigo expiatorio disminuye a favor del castigo capaz de restaurar el enlace relacional – social. Para él, los castigos justos están relacionados con la ofensa, es decir, piensa que los que han transgredido deban someterse al mismo tratamiento que los que han sufrido la transgresión. Desde el punto de vista educativo, sin embargo, es importante quitar el foco de atención a la expiación y al castigo, y educarlo en la reciprocidad, como via para restaurar la solidaridad.

Entre los nueve – diez años, los niños son extremadamente sensibles a la idea de igualdad. ¿Me rompiste la pelota? Me tienes que comprar la misma pelota. ¿Tienes una torta para dividirla en rebanadas? Tienes que cortarlas todas por  igual. De los doce a los catorce años, en cambio, el concepto de justicia no es un concepto de igualdad tan rígido. Se llega a tener en consideración las circunstancias y las situaciones de cada uno.

¿Lo que hay que tener en cuenta entonces, cuando ha hecho algo que no es correcto? En primer lugar tener consciencia de a quién se tiene de frente, cual historia tiene y cuál es su mundo interior. Recordar que tiene la misma dignidad y respetabilidad del adulto que debe intervenir. No reaccionar con una severidad mayor de la que se tendría por la misma acción cometida por un adulto, y por lo tanto, se debe moderar la reacción. Ayúdarle a comprender las ofensas, enfatizandole el efecto del comportamiento en los demás. Se debe prestar atención al castigo, a las razones y no sólo a la conducta del chico.

Es útil hablar con frecuencia con los hijos, cuando se está en paz, sobre lo que ellos consideran que es correcto e incorrecto en las relaciones familiares y con las amistades. Tratar de ser realista en las expectativas, ser pacientes y respetar el sentido de justicia del chico.

Extraído de “Honra a tu hijo y a tu hija”

Traducción a cargo de Adriana Montiel

 

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