IL PÓKER GANADOR DE PAPA FRANCISCO

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Cuando hace cuatro años por la noche Jorge Mario Bergoglio se asomó a la logia de la Basílica de San Pedro para presentarse al mundo como nuevo Pontífice con el nombre de Francisco nadie se esperaba que el acción de aquel obispo “llegado casi de la fin del mundo” y llamado trono de Pedro hubiera llevado un soplo de novedad como la que está cambiando la Iglesia. una obra de profunda renovación pastoral que está avanzando, con dificultades y resistencias, y mira directamente a acercar las personas y tocarlas en el corazón. A Bergoglio interesa la salvación de las almas: llevar todos, cercanos y lejanos, a hacver la experiencia concreta de conocer a Jesús. No por casualidad repite a menudo, no sólo en ocasión de los Angelus del domingo, la petición a llevar consigo un Evangelio y a leer cada día un paso, para identificarse siempre más con Cristo.

Son muchísimos los gestos de Francisco que suscitan admiración y simpatía, a veces definidos  un poco superficialmente históricos o revolucioarios, cuando a menudo ya fueron cumplidos por sus predecesores. Un ejemplo por todos: el intercambio del casquete blanco no es una invención suya, se remonta al menos a Pio XII. Pero para recordar el aniversario de su elección hemos elegido cuatro elementos que quizás más que otros caracterizan su pontificado, cuatro simbólicos ases que representan las cartas ganadoras del primer Papa latinoamericano.

Los viajes

No son cierto una novedad. San Juan Pablo II incluso fue llamado el Papa globetrotter. Francisco elegió metas “especiales”, sobretodo las “periferias” del mundo. Pero hay un viaje en particular que tiene un alcance, esto sí, que se puede definir histórico. Lo de febrero de 2016: el Pontífice, en la ruta que lo hubiera conducido luego en México, hizo una etapa en Cuba donde encontró el patriarca ortodoxo de Moscú Kirill. Un coloquio de dos horas, una declaración conjunta pero sobretodo esperado desde el cisma de 1054. Lo que no pude hacer tampoco un gran Papa como Juan Pablo II lo hizo Francisco. Todo suavizado? Ni de lejos. Nadie se engaña de que entre católicos y ortodoxos todo sea resuelto. Hay divisiones teológicas y sobretodo políticas (una para todos: el asunto ucranio) pero sin duda con aquel abrazo al menos las Iglesias se han acercado. Es verdad, el encuentro sirvió más a Kirill que a Francisco. El patriarca ruso de alguna manera tenía que volver a afirmar su papel en relación a Bartolomé, el patriarca de Costantinopla que con Roma ya tiene un hilo directo, una relación privilegiada que corría el riesgo de poner en la sombra Moscú en el vario mundo ortodoxo. Eso no disminuye, sin embargo, la importancia ecuménica de un cara a cara sin precedentes que podría dar un impulso decisivo a la unión entre católicos y ortodoxos.

Los migrantes

Un tema que importa particularmente a Papa Francisco y en parte relacionado con sus viajes. Nadie olvida, de hecho, que la primera visita del Pontífice fue en Lampedusa, en julio de 2013, después de unos meses de su elección. “Sentí que tenía que venir a quí para orar” dijo el Pontífice, que definió “una espina en el corazón” los muertos de los refugiados en el Mediterráneo. Desde entonces los gestos de cercanía, los llamamientos, las oraciones, las ayudas concretas se han repetido inumerables veces. El Papa, indiferente a las críticas, siguió adelante en su camino. Críticas a menudo instrumentales. Muchos atacan sus peticiones a recibir los refugiados pero pocos, demasiados pocos se acuerdan de las palabras claras de Francisco sobre la necesitad de recibir los migrantes con dignidad, con criterios de igualdad y de justicia: el Papa nunca pidió recibir todos indiscriminadamente sino a invitado cada País a la solidaridad, cada uno según sus posibilidades. Y ha dado el ejemplo, llevando a Roma unos refugiados después de su visita a Lesbos, abriendo el camino a aquellos “corredores humanitarios” que podrían representar una vía que percorrer para enfrentar el más grande flujo migratorio desde la fin de la Seguna Guerra Mundial. No se pueden olvidar los repetidos llamamientos a no construir muros puentes: en este sentido fue emblemática la Misa celebrada en la tapa final de su viaje en México, en Ciudad Juarez, a apenas 80n metros con la frontera con los Estados Unidos donde corre el “muro de la vergüenza” iniciado a construir en 1994 por el administración Clinton para limitar la inmigración clandestina.

El Jubileo

Misericordia es un poco la palabra de orden del Pintificado. Un “estribillo” que Francisco no se cansa de repetir. La misericordia es el “dintel que sostiene la Iglesia” y “Jesús es la cara de la misericordia del Padre”. Son las frases llave en el magisterio de Francisco. Aquí también no estamos delante de una novedad. Más bien es nueva la manera de insistir sobre este aspecto específico de la vida de la Iglesia, del mismo Evangelio. Nueva es la manera de actuarlo, en el agacharse hacia las plagas de los pobres, de los desfavorecidos, de los últimos tan en el plan cultural como en el plan moral. Una manera que tuvo su culminación en el Jubileo extraordinario de la Misericordia. Memorable, por ejemplo, el Angelus del Asunción, en que el Papa había dirigido su pensamiento a las mujeres esclavizadas y víctimas de la violencia. También sobre el Jubileo no han faltado críticas y tarareas. Pero Francisco más veces ha explicado el sentido de su “preferencia” por los que necesitan de la ternura, de Dios y de los hombres. No se trata de ser “laxistas” sino hacer comprender a todos que por cuanto se haya fallado, por cuanto se haya pecado, Dios siempre está dispuesto a perdonare, si el hombre está listo para convertirse. Esto fue el sentido del Año Santo, cuyos benéficos efectos son destinados a durar aún por mucho tiempo en el acercamiento de las almas a Cristo, en el contrastar aquella “cultura del recorte” que a Francisca le da urticaria. y también en este cado emblemático fue el gesto sin precedentes de la primera Puerta Santa en Bangui, en la República Centrafricana, antes de Roma, para llamar el atención de la Iglesia y del mundo sobre las realidades más olvidadas.

La familia

Los detractores de Papa Francisco insisten afirmando que puso a parte aquellos “valores no negociables” sobre que sus predecesores (tan San Juan Pablo II como Benedicto XVI) estaban firmes. Pero no es así. Por ejemplo el Pontífice se ha pronunciado muchas veces contra el aborto. En la carta apostólica “Misericordia et misera” escribe: “Quisiera reiterar con todas mis fuerzas que el aborto es un grave pecado, porque pone fin a una vida inocente”. Esto no significa que no pueda ser perdonado, delante de un arrepentimiento sincero. También sobre los homosexuales el Papa frecuentemente fue malentendido, con interpretaciones que fueron más allá de su pensamiento o que han entendido sólo porciones limitadas de un discurso más articulado (como en el famoso caso de “quién soy yo para juzgar”, frase incluida en un razonamento más amplio). Hay sin duda un actitud de apertura no hacia el pecado sino hacia los pecadores. Y es lo que se puede entender también como “fil rouge” de la exhortación apostólica post sinodal “Amoris laetitia”. El Papa no se olvida de las familias que con esfuerzo intentan vivir la promisa matrimonial a la luz del Evangelio. Lo reiteró, por ejemplo, en el audiencia general del miércoles sucesivo a su regreso de las Filipinas, cuando en avión había dicho que “no sirve hacer hijos como conejos para ser católicos”. El Papa se rectificó explicando que “las familias sanas son esenciales a la vida de la sociedad. Da consuelo y esperanza ver muchas familias numerosas que reciben los hijos como un verdadero don de Dios. Ellos saben que cada hijo es una bendición”, a pesar de que en determinadas circumstancias hay que vivir la paternidad responsable. Pero en ”Amoris laetitia” el S. Padre mira con cariño también a las familias frágiles, heridas, a los matrimonios fallidos que dejan el marco en muchas personas. Lo hace como una madre mira con más atención, delicadeza y ternura el hijo enfermo, dedicándole más amor aún. Es comprensible que no a todos le pueda gustar esta actitud. Pero Francisco no quiere socavar la doctrina. Quiere volver a dar a todos la esperanza: aquella esperanza en un Dios que sin duda es justo juez pero es sobretodo un Padre que ama sus hijos hasta la locura, aquella locura que condujo Jesús a morir en la Cruz y deja abiertas para todos las puertas de su misericordia.

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