EL AGUA DEL PODER

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“Sólo queremos defender el río, el agua y los animales, queremos defender nuestros derechos. Pero el gobierno nos trata como si fueramos criminales”. A hablar es Ana Mirian Romero, de profesión abogado, activista ambiental de etnia Lenca, que vive en un pueblo remoto en el sur de Honduras. Para la población indígena Lenca, el agua es un elemento sagrado: proteger el río significa proteger la vida misma. Por esto Ana, su marido y otros habitantes de su pueblo, desde más de siete años se oponen a la construcción de presa hidroeléctrica, que corre el riesgo de dañar de manera irreparable el río Chinacla y el territorio alrededor.

Ana Mirian Romero sólo tiene 29 años, y ha recibido el premio anual 2016 Front Line Defenders, un reconocimiento para quien a través del trabajo no violento, contribuye a la promoción y protección de los derechos humanos de sus comunidades, a menudo con gran riesgo personal.

Y Ana también hace parte de la estadística. Ella y su familia son el objetivo de varios ataques de policía, ejército y grupos civiles armados: “Amenaza de tortura y de muerte – cuenta -. Uno de los ataques más graves tuvo lugar el 2 de octubre de 2015. Cerca 30 soldados han entrado echando la puerta de la casa a patadas (Ana y su familia viven en una pequeña cabaña de madera, sin electricidad, y sobreviven gracias a los pocos productos del huerto que cultivan y gracias a lo que ofrece la naturaleza) sin mandato, al amanecer. Mi marido fue torturado y saquearon la casa “, recuerda Ana Mirian, que en aquel tiempo estaba a 24 semanas de embarazo y currió el riesgo de aborto.

Desde el golpe de Estado en 2009, el gobierno hondureño ha permitido 240 concesiones mineras para la explotación del subsuelo. 850 mega proyectos extractivos; 51 están en territorios indígenos de la comunidad Lenca. Ana Mirian combate contra la instalación de la presa hidroléctrica “Los Encinos“.

La riqueza cosechada por las minas y las instalaciones hidroeléctricas va en llos bolsillos de los empresarios y del gobierno, sin aportar ventajas a la población indígena local. Y quien se opone a las grandes industrias e intenta proteger el ambiente, corre el riesgo de ataques de cada tipo.

A pesar de los grandes riesgos que curre, Ana no renuncia a luchar: “No queremos estar siempre en pie de guerra, simplemente queremos defender el río, el bosque, el aire puro que respiramos, y que nos hace bien porque no está contaminada. Sólo queremos vivir en un lugar sano. Hemos sufrido mucho en los últimos años. Y por qué seguimos luchando? Lo hacemos para nuestros niños. No queremos que nuestros niños sufran lo que sufrimos nosotros, no queremos que estas cosas se repitan. Sufrimos muchos ataques, y no sabemos lo que nos depara el futuro, pero estamos listos para defender lo que tenemos”.

Las acciones contra los activistas están frecuentes. El 2 de marzo pasado mataron a Berta Caceres, un activista hondureña famosa en todo el mundo, símbolo de las luchas para la defensa del ambiente. Según el informe de la organización internacional Global Witness, de 2010 a 2014 más de 101 activistas ambientales fueron matados en Honduras. En 2015, de media, fueron asesinados tres activistas cada semana.

Crónicas que no alcanzan a los gramdes medios internacionales; demasiado lejos aquel grito de dolor, demasiado fuertes los intereses económicos en juego. Otra periferia sin voz, aunque bajo el mismo cielo.

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