LA “LUCHADORA” MUERTA POR SALVAR LA NATURALEZA

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BERTA 1

Tienen una cara y un nombre los presuntos asesinos de Berta Caceres, el ambientalista hondureña coordinadora y co-fundadora del Consejo de las organizaciones populares e indígenas, matada en la noche entre el 2 y el 3 de marzo pasado, mientras durmía en casa, con tres balas en el vientre. Los detenidos son Douglas Geovanny Bustillo, Mariano Diaz Chavez, Sergio Rodriguez Orellana y Edilson Duarte Meza. Tres de ellos harían parte de Desa, la sociedad eléctrica a quien la líder ecologista se oponía, el cuarto, en cambio, es un militar. Después de dos meses el Estado de Honduras parece querer terminar esta historia incómoda, pero hay quien suspecha que esta captura llega demasiado “puntual”, a poco días de la petición de una investigación independiente por parte de la comunidad internacional.

“Nosotros todos sabemos que murió a causa de sus batallas”, contaba su madre unas horas después del omicidio, desmintiendo con determinación las voces que querían hacer creer que la mujer había muerto por un robo que salió mal, uno de los muchos que hay en las periferías hondureñas.

Tres balazos han acallado por siempre la joven “luchadora” – como ella misma amaba llamarse –, que desde años combatía para defender los derechos de las poblaciones indígenas y del ambiente. Berta ayudaba a la comunidad de Río Blanco a impedir la realización del complejo hidroeléctrico Agua Zarca, en la cuenca del río Gualcarque. Un proyecto que hubiera destrozado para siempre los equilibrios naturales de la región, compromitiendo el consumo hídrico de cerca 600 familias. Había estado aprobado por el gobierno, sin preocuparse de los nativos del territorio.

Lo de Berta Caceres no es el único caso. Según la Organización no gubernamental Global Witness en los últimos años el País centroamericano de Honduras ha llegado a ser el más peligroso en el mundo para los militantes ecologistas, con 101 asesinatos documentados entre 2010 y 2014. Delitos que se han quedado impunes, porque el Estado parece dar la espalda a las víctimas de estos crímenes. Una bofetada a los valores de justicia, libertad y paz social que tanto deseaba Berta.

Quien la conocía sabía que desde muchos años era objeto de amenazas de muerte, “advertencias” pesadas como rocas, y no ha creído ni sólo por un momento a la muerte casual de la mujer. Hasta unas horas antes de que la mataron, los amigos cuentan que, cerca del embalse, hay quien se vantaba que habría cometido aquel crímen. La famosa activista era un objetivo casi obvio, entonces, tanto que la Comisión interamericana de los Derechos Humanos había intervenido para pedir la protección por parte de las fuerzas del orden. Pero nadie ha defendido a Berta. Sus numerosas peticiones se han quedado inadvertidas.

La mujer había muchas veces contado las condiciones en que tenía que vivir, junto a otros empeñados como ella en la defensa de las poblaciones indígenas, también en numerosas entrevistas, como en la última concedida a la red televisíva estadounidense Cnn: “El Estado hondureño está practicando una política de criminalización. Se nota en las leyes que han aceptado. Han criminalizado el derecho humano a defender el bien común y el ambiente, dando a las multinacionales el privilegio increble de actuar en Honduras en absoluta impunidad”.

Justo porque sabía que estaba en peligro, la líder de los nativos vivía en un bungaló cerca de La Speranza, y había sacrificado su vida familiar, renunciando a tener con ella sus hijos, que había enviado a Argentina pocos días antes de su muerte. El día antes de su bárbaro asesinato, había saludado a su hija Laura en el aeropuerto con estas palabras: “Si ocurre algo a mí, no tengas miedo”.

“Nos enfrentamos a grandes monstruos. No es fácil, pero tampoco imposible. Tenemos responsabilidades históricas, y entre estas hay que informar a todos que somos un pueblo orgulloso, que ha resistido en cada manera”, contaba Berta en una entrevista al Internacional, hace 10 años más o menos. La lucha del pueblo hondureño en defensa de las comunidades indígenas y del ambiente, aseguran los que estaban cercanos a ella en el afecto o en los ideales, continuará, y quizás con aún más vigor, justo gracias al orgullo testificado por la vida – y por la muerte – de esta valiente luchadora del bien.

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