BONO BEBÉ: EL MODELO HÚNGARO

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“La riqueza de los pobres está representada por sus hijos, la de los ricos por sus padres”, escribía el filósofo ilustrado Jean-Jeacques Rousseau. Después de más de tres siglos, por cierto se ha quedado inalterada la segunda parte del sabio aforismo, parece en cambio ser cambiada la primera. Un hijo cuesta, así tanto que, en muchos casos, agrava la condición de pobreza. De una investigación del Observatorio de Federconsumatori resulta que crecer un hijo hasta la mayor edad, cuesta de media 170 mil euros, cerca 11 mil euros por año, con un agravio sobretodo en el primer año de vida: al menos 13 mil euros por año. Europa tiene el record negativo de la natalidad en el mundo, después de Japón. Alemania, sin embargo, ha adelantado aún el Estado japonés, por denatalidad. Y el decrecimiento demográfico está junto a la grave e irreparable crisis económica-financiaria, señal que la sabiduría de Rousseau no era sólo moral.

Pero hay Países europeos que aún confian en la riqueza de las crías e inverten en los nuevos nacimientos, justo porque los hijos son la riqueza de una sociedad. Hungría, por ejemplo. El gobierno de Viktor Orban ha asignado 32 mil euros y un préstamo del mismo importe para las familias que den a luz el tercer hijo, donde los padres trabajan a tiempo completo, apenas el niño haya cumplido seis meses. Además, en los núcleos urbanos en que al menos cinco familias hagan pedida, serán activados servicios al infancia, como las guarderías, dentro de un año de la solicitud.

En la República Húngara, entonces, las políticas para las familias no son charlas de propaganda electoral y los antiguos aforismos se convierten en optima realidad. No obstante, no obtienen el elogio de los medios. Las intervenciones a favor de la vida, de la familia y del incremento demográfico del Primer Ministro Orban – que también ha incluido en la Constitución la protección de la vida, desde la concepción hasta la muerte – han provocado duras reacciones, en cambio, por parte de la prensa local. Quizás porque el Primer Ministro, católico, del Partido Popular Europeo, ha combatido los “poderes fuertes” de la financia internacional, haciendo independiente el Banco Central.

Bajo de su gobierno, ha aumentado el número de bodas (del 10% cerca en los últimos dos años), el número de divorcios ha disminuido del 20%, tan como los abortos. Y la economía nacional, que estaba en una gravísima crisis al momento de las últimas elecciones presidenciales, ha amejorado.

En 2011, han publicado un libro, en Italia, realizado por expertos del Proyecto cultural de la Iglesia Católica: “El cambio demográfico” (Laterza, 2011). Profundiza la relación natural entre ética y economía, si la primera se refiere a las reglas de comportamiento de los hombres en la sociedad y la segunda la gestión de nuestra “casa común”. Sin hijos, crecen los costes fijos y los impuestos, disminuen los recursos, no hay trabajo y los servicios escasean.

Hungría es de mayoría católica. Dos terceros de la población son de religión cristiana, siguen los calvinistas, los luteranos, protestantes de diferentes iglesias, los ortodoxos, y fieles de otras religiones. Pero el valor de la familia no es sólo religioso. En un sitio de ofrenda de trabajo “a la par” (AuPair.com), un joven matrimonio húngaro, menores de 35 años, con tres hijos, de 3 y 4 años y una bebé, que “viven en una gran casa cerca de Budapest, en el Danubio” y se declaran “ateos/agnósticos”, buscan una niñera, para permitir a la mujer de volver a trabajar. Las ayudas económicas asignados por el gobierno Orban cierto están eficaces. Y son un modelo de civilización.

En Estados Unidos en que se registra una disminución constante de la natalidad, la crisis económica, política y social está galopante. Según unos expertos, sería esto el motivo del declive alemán. “Más hijos o más inmigración”, es el eslogan del economista Stephan Sievert, del Instituto para la población y el desarrollo de Berlín. La inmigración, pues, no es un problema sino una solución.

En Italia, la palabra “familia” es un término para cubrir el vacío dramático de políticas en apoyo de las familias, de la maternidad y de la natalidad. Se registra, de nosotros, el tipo más alto de desempleo femenino, sobretodo entre las madres: más de la mitad están sin trabajo, y los números están aún más inquietantes para las madres con hijos más pequeños, bajo de los seis años. De un estudio del Ocse, las mujeres ocupadas que tienen tres o más hijos son menos del 44%. Las facilidades y los servicios para las familias numerosas se quedan, en nuestro País, irrisorias, incluso después de la Carta Familia en la Ley de Estabilidad 2016, que prevee descuentos y riducciones arancelarías para transportes, deportes, cultura, para las familias con al menos tres menores. El subsidio para el tercero hijo abonado por Inps, en Italia, era de sólos 1.836,90 euros por año (menos de lo concedido por una mensilidad en Hungría) y está reservado por núcleos familiares con al menos un padre y al menos tres hijos todos menores y un ingreso mínimo establecido en el nuevo Isee 2016, en la base de nuevos criterios que bajan aún más el límite. y están totalmente ausentes los incentivos a la natalidad. Al contrario, la natalidad está culturalmente y en las políticas activas desincentivada.

La Parroquia de Staggia Senese, en el Ayuntamiento de Poggibonsi, en Val d’Elsa, ha asignado un propio “bono para el tercero bebé”, de dos mil euros, como “ayuda concreta, en este momento de crisis, a las familias que con coraje aceptan el don de un hijo”. Las familias italianas “valientes”, con tres hijos, son poco más de un millón.

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