CRUCIFICADAS Y RESUCITADAS

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DONNA CROCIFISSA

Irene – la vamos a llamar así – tiene los ojos grandes y hermosos, como el corazón. Afectado por las aventuras de vida que se llaman desgracias. Tiene la piel oscura y el almaque regreso a ser transparente. Se encontró, sin embargo, con hombres y  mujeres con el alma negra. Hoy en día, esos ojos brillan de nuevo en la inocencia, gracias al amor que ha encontrado en la vía de la luz de la oración. Tiene 26 años, proviene de la Nigeria, del Estado de Lagos. Los padres están separados. La madre se quedó con cuatro hijos, de los cuales ella es la mayor. “Tengo una hermana y dos hermanos”, comenta a In Terris. Estudió informatica y enseñó a los niños. Vivía de modo simple, pero digno, hasta que la escuela le dió el trabajo no podía pagarla más. Una de las dificultades que fue el inició de un drama.

Un “amigo de un amigo” le ofreció de ayudarla llevándosela con él para Europa, para trabajar en un hotel en Marsella. Llegó con un avión de embarque, en viaje de turista, llevando en su equipaje las cosas esenciales para acometer sus sueños, pobres y preciosos: un trabajo, una casa, tal vez encontrar el amor y formar una familia. Acabada de aterrizar, cuando inmediatamente se encontró con una pesadilla. El “amigo” era el enemigo, un emisario del mal. “Me pidió 40 mil euros para pagarle los gastos del viaje. No los tenía. Entonces, tomaron mis documentos y fui entregada a la madame, para que pagara con  trabajo. ” A otras chicas se les solicitan cantidades aún mayores, hasta 80 mil ó 100 mil euros. El “trabajo” que se les requiere es la prostitución forzada. El futuro que se les presenta es el horror de la violencia a la feminidad vendida y abusada y el terror para otros peligros que se encuentran a través de las vias del sexo pagado por extraños. “Una vez, un hombre con un cuchillo me hizo daño”, dijo. Se ata en la memoria, para mantener escondidas las emociones, como escondido está su corazón en las garras del sufrimiento experimentado. Con pocas palabras menciona que “ese otro hombre armado de pistola”.

En un Informe de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en el 2000, lo que pasó a Irene se define como “trata de mujeres”. El “reclutamiento” se presenta en diversas formas, a través de la adquisición, el secuestro o el engaño, o la explotación de una deuda sin cobertura, para forzarlas en una condición de esclavitud. A menudo, las víctimas caen en la red de criminalidad organizada atraídas, como Irene, por falsas promesas de un trabajo legítimo. Son millones en el Viejo Continente, pero el número exacto no se conoce, como tampoco los explotadores. Un multimillonario negocio. Las nigerianas son, junto con las albaneses y rumanas, el número más sustancial de Europa. De acuerdo con los datos de la Organización Internacional para la Migración (OIM), el 70 por ciento de estas esclavas sexuales proviene de Lagos.

“Madame me controlaba y todas las noches tenía que trabajar y llevar al menos 100 euros, de otra forma era castigada,” dice Irene. Rezaba todas las noches, a Jesús, a la Virgen María, para que la ayudaran, pero al final aceptaba de regresar cada noche a las calles, por miedo. “Me amenazaban con que iban a hacer del mal a mi madre y  a mi hermana en Nigeria”, recuerda. Una noche, sin embargo, tuvo coraje y, junto con un compañera de infortunio, huyó en tren a París. Aquí, durante tres meses, continuó con la vida de “calle”, para poder comer y pagar por un lugar donde dormir. Así, que de nuevo en tren, llegó a Verona, hace ya tres años. El punto de inflexión, la salvación, la liberación sucede cuando se transfiere un poco más al sur, donde Irene se muda para continuar con la “vida” a la que se sentía condenada.

“Estaba enferma, me sentí humillada en mi feminidad. Pensaba que la vida se había terminado. Pedía perdón del Señor cada noche por mis pecados, a pesar de que yo no había elegido vivir así. Recé por la conversión de mis explotadores “, continúa Irene. Un sábado por la noche, cerca de la zona asignada a ella por los explotadores, a pocos metros de la zona profana, ve a un grupo de oración, rezando el rosario junto a la estatua de la Virgen. “Me acerqué, hablé con una mujer del grupo, y oré con ellos”, dice Irene. “Finalmente encontré el coraje para pedir ayuda. Fue el comienzo de una nueva vida, de la curación del alma “. Irene entró de está forma en el Programa de Recuperación de la Comunidad  Papa Juan XXIII, fundada por Don Oreste Benzi, que encuentra en el compartir con los últimos y en la fraternidad, en el “dar una familia a quienes no la tienen”, puntos claves de su propio carisma ( junto con la oración, la obediencia, la vida de los pobres).

Cada noche los voluntarios de la Comunidad, en 14 regiones de Italia y 30 provincias, van por las calles para liberar a las mujeres crucificadas de la esclavitud de la prostitución, para ayudarles a encontrar una nueva vida con dignidad. Dos tercios de las víctimas de la trata y de la prostitución forzada son mujeres. Más de 7 mil han sido recuperadas, 200 son actualmente huéspedes en las Casas Familia de la Comunidad. Son alrededor de 5 millones en el mundo las víctimas de explotación sexual. Sólo en Italia, están alrededor de 120 mil, casi el 40 por ciento son menores de edad. Más de la mitad, son chicas menores de 30 años de edad. Más del 60 por ciento se prostituyen en la calle, con un resultado anual de alrededor de 10 mil millones de euros.

“Para la criminalidad organizada, estas mujeres obligadas a prostituirse son una manera rápida y fácil para hacerse ricos, para invertir también en armas y drogas”, explica Don Aldo Buonaiuto, que por más de diez años ha sido asistente y discípulo de Don Benzi. Y todo esto ocurre en nuestras ciudades, en nuestros barrios, cerca de nuestros hogares, tal vez en nuestros edificios, donde la atención de los medios de comunicación y política se apagan y, con demasiada frecuencia, incluso la de nuestra conciencia. Es una bofetada para aquellos que creen de vivir en una sociedad civilizada.

La historia de Irene es terrible, pero también existen historias de mal absoluto. Como la de María. “Yo era una esclava de la noche”, comenta. “Nadie me preguntaba cómo me llamaba, de donde venía, o porque lloraba”, dice. Ella tenía 13 años cuando llegó a Italia desde Bulgaria, convencida por un chico, pensando de poder trabajar como vendedora en un supermercado, y en cambio, le esperaba un destino de esclavitud, encerrada en un sótano, a cualquier hora. Era golpeada hasta perder sangre, para que entendiera que “no había manera de salir de esa habitación” y que si no hacía lo que querían sus captores, la matarían y harían del mal a sus familiares. “Cerraba los ojos y pensaba en mi madre. Yo pedí a Dios para que me hiciera morir “. A la edad de 15 años le hicieron abortar brutalmente. Después, la pusieron en la calle. Una noche, llega Don Aldo. “Hija, ven conmigo. Esta es la noche en la que Dios ha escuchado tus oraciones “, le dijo. Pero ella, al inicio no se confía. Lo rechaza, pero le pide: “Regresa”. Y Don Aldo regresa, la noche siguiente. María abrió la puerta del coche, se metió dentro rápidamente y se esconde debajo de los asientos. “Vamonos”, implora. Rumbo, hacia la libertad, hacia la vida.

“En la Comunidad pude entender lo que significa tener cerca personas que te quieren, de forma gratuita, sin pedirte nada”, dice María conmovida. Los ángeles del amor de Jesús y del bien trabajan sin descanso para alejar las almas en las garras de la oscuridad y de la noche.

La Comunidad Papa Juan XXIII , en colaboración con el Vicariato de Roma, organiza la  Vía Crucis Viviente en siete Estaciones, de solidaridad y oración en favor de las mujeres jóvenes víctimas de la trata, la prostitución forzada y la violencia, el próximo viernes 26 de febrero, en la Iglesia de Santo Spirito in Sassia, a partir de las 19.30 horas.

Conducirán el Vía Crucis el Presidente de la Asociación fundada por Don Oreste, Giovanni Paolo Ramonda, el Director de la Oficina de Vocaciones  de la Diócesis de Roma, Don Fabio Rosini, el Presidente del Movimiento de la Renovación del Espíritu, Salvatore Martínez, el Presidente de la Acción Católica Italiana, Mateo Truffelli, Suor Eugenia Bonetti, de la Oficina Nacional Trata de la Unión de los Superiores Mayores de Italia (Usmi), Giulietta Astiaso, del Camino Neocatecumenal, Padre Maurizio Botta. También asistirá el Cardenal Agostino Vallini, Obispo Vicario General del  Santo Padre. Portarán sus testimonios algunas chicas que han sufrido la experiencia de la cruz de la explotación y de la esclavitud.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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