REFORMADORES, A ESCUELA EN UNA CÁRCEL

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“Ningún barco que, como un libro, pueda llevarnos a tierras lejanas” decía Emily Dickinson, hace casi dos siglos. Un libro, una hoja de papel en blanco y un bolígrafo, el estudio de las disciplinas humanísticas y científicas, nos convierte en lo que somos. Aumentan la capacidad de nuestra mente, nos hacen madurar, nos permiten ser “libres”, incluso cuando la vida se lleva a cabo en unos pocos metros cuadrados, entre barras, horas y servicios comunitario útiles. Allí en el infierno de la cárcel, donde la intimidad desvanece y la existencia se convierte en una lucha diaria contra la ansiedad y el riesgo de morir dentro, de “institucionalizarse” (como un magnífico Morgan Freeman define el hábito en la celda en “Las alas de la libertad”). “El grado de civilización de un País, se mide mediante la observación de las condiciones de sus prisiones”, una frase usada muy a menudo aquella de Voltaire, pero más actual que nunca.

El fracaso del sistema penitenciario, de hecho, tiene como objetivo la reinserción laborativa y restituye a los hombres y mujeres alienado de la realidad, incapaces de encontrar un trabajo y, por lo tanto, destinados a volver entre las garras del crimen. Si después en terminar dentro, es un menor de edad, el Estado debe garantizar la continuidad de la escolarización, especialmente la obligación. Pero con demasiada frecuencia el mecanismo de atasca, con el resultado de que los jóvenes detenidos, no concluyen su educación. Según el último informe “Chicos Fuera” de la asociación “Antigone”, que citó los datos del Departamento de Justicia Juvenil, en el 2012, de 1.066 matriculados en los cursos solamente 71 han logrado el grado primario o secundaria, apenas 201 obtuvieron los créditos educativos y 88 admisiones. Una bofetada al futuro de estos chicos, que tienen el riesgo de pagar para siempre por sus propios errores, y que el artículo 27 de la Constitución establece: “las penas deben apuntar a la reeducación de los condenados.” Principio que, en el caso de los menores de edad, adquiere un valor aún más importante.

Todo esto a pesar de una oferta cada vez mayor. Para el año escolar 2014/2015, de hecho, en los reformadores se han activado diez cursos de alfabetización y para la integración lingüística y social, en donde se inscribieron 84 menores, casi todos extranjeros; en 11 institutos, en cambio, 98 chicos han frecuentado la escuela primaria. Trece estructuras han ofrecido cursos para obtener el certificado de escuela secundaria, inferior de 115 estudiantes. Son solamente siete, en cambio, aquellas que, de hecho, les permite de graduarse de la escuela secundaria, donde estudian 60. Las actividades se llevan a cabo sobre todo por la mañana, sólo en algunos casos se espera en el horario de la tarde que todos puedan trabajar. A menudo, las lecciones se organizan en módulos para obtener que la frecuencia en los casos que las sanciones a pagar sean bajos: los directores de las estructuras declaran, de hecho, de que les es difícil activarlos dada la incertidumbre sobre el tiempo de permanencia de los chicos.

Los docentes de los cursos de alfabetización lingüística suelen ser voluntarios a menudo, aquellos de las escuelas primarias y secundarias provienen, en cambio, de institutos escolares y son docentes de los Centros Territoriales Permanentes o de los Centros Provinciales de Educación para Adultos. En algunos casos, los profesores pertenecen a las escuelas privadas. En las instituciones de Catania y de Torino, a los profesores asignados se añaden profesores voluntarios o empleados de entes locales para ayudar a los chicos que se preparan para los exámenes. Faltan, sin embargo, los maestros de apoyo, a pesar de que sean muchos los jóvenes con dificultades físicas y mentales y que carecen incluso de programas especiales para jóvenes con problemas de conducta. Las “clases” tienen una dotación mínima (mapas geográficos, biblioteca). Ausencia de laboratorios para la actividad experimental relacionada con la educación científica aunque si en la mayoría de los institutos están disponibles los computadores. Los docentes, por último, no han obtenido una formación específica para la enseñanza en un contexto particular, como aquel de un instituto penal juvenil: su presencia en la cárcel depende de la posición en graduatoria en los Centros Provinciales, de la selección realizada por el director escolar y de su disponibilidad.

El balance, a pesar de algunos logros significativos, son por lo tanto, todavía insuficientes, sobre todo a la luz  del número de detenidos. Son, de hecho, 449 los menores presos en los 16 institutos penitenciarios de Italia, veinte veces menos que en el 1940, cuando eran 8.521 y un poco más en comparación al 1975. Un número que  ha disminuido en los últimos 15 años, permaneciendo estable. Basta decir que en el primer semestre del 2015, fueron 23 los asesinatos, entre aquellos realizados y tentativos, acusados a los ​​menores que lograron entrar en los institutos de penas para los menores (Ipm): crímenes en su mayoría a causa de los italianos (16), todos los chicos (varones); 7  los extranjeros, de los cuales dos son hembras. Entre los delitos cometidos están también 89 casos de lesiones infligidas. Las cifras citadas, sin embargo, revelan en todo el 2014, revelan 58 cargos de asesinato contra menores de edad, 43 a los italianos, entre ellos una chica, y 15 extranjeros. Las lesiones, siempre en el mismo año, fueron de 151; fueron de 14 las violencias sexuales. Aumenta la custodia en la comunidad, que en el 2015, cubrió el 55,8% de los italianos y el 44,2 de los extranjeros. Estructuras en las  que se facilitan la la reinserción social de los que perdieron su libertad. Un rayo de sol en un horizonte todavía sombrío.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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