MALDECIDOS POR DIOS

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Una marca terrible que marca indeleblemente la existencia de los enfermos y de sus familias. Ignorancia y superstición se tejen en los pueblos de Asia Oriental, afectando las vidas de miles de personas. No estamos en la Edad Media, sino en Bangladesh del tercer milenio. A pesar de las campañas de sensibilización promovidas por el Estado y por las Ong, que operan en el territorio, el miedo y los prejuicios son los protagonistas. En estas zonas, la enfermedad son algo de temer. Las pocas familias que optan por no abandonar a sus hijos, recurren a los curanderos, faquires, hechiceros y magos. Las madres que quieren cuidar con amor y fuerza a sus hijos con discapacidad, se ven obligadas a menudo, a abandonar a sus maridos o familiares.

En Bangladesh, las personas con discapacidades son relegadas a los márgenes de la sociedad. Pasan sus días en el piso de sus pobres casas hechas de barro, en condiciones sanitarias muy precarias. Las limitadas perspectivas de reinserción social están acompañadas por la negación de los derechos políticos y civiles. En este escenario dramático trabaja Franca Mencarelli, voluntaria de la Comunidad voluntaria Juan XXIII que desde 1999 opera en el pueblo de Chalna, ubicado en la zona sur-oeste del País. A su llegada, a fin de comprender el contexto local en el que fue llamada a trabajar, la voluntaria visitó algunas instituciones que acogen huérfanos y niños abandonados: 8 de 10 eran discapacitados.

A partir de ese momento comprendio a cuales de los pobres tenía que proteger. Con los misioneros se comprometió en dar acogida a los chicos con discapacidades severas, ayudando a la población local a comprender que estas criaturas no son una maldición, sino un don de Dios. Una bofetada a los prejuicios. “Visitando los pueblos nos dimos cuenta de que habían tantos niños con discapacidades severas – recuerda la voluntaria italiana -. Buscando la motivación, descubrimos que son muy frecuentes los matrimonios entre familiares, y muchas son las mujeres que dan a luz solas en su casa, sin una adecuada asistencia médica “.

Para evitar que los pequeños fueron abandonados a su suerte, en el 2000, los voluntarios de la Comunidad decidieron de iniciar un centro de fisioterapia, donde hoy trabajan chicos expertos especialmente entrenados. “Gracias a este proyecto ofrecemos tratamientos de rehabilitación gratuitos. La gran satisfacción que tenemos todos los días es la de observar que los chicos que antes estaban inmóviles, realizan ya sus primeros pasos. Es una gran alegría presenciar a las madres felices abrazando a sus hijos que han conquistado su autonomía , porque en Bangladesh, la autonomía es sinónimo de supervivencia “.

La cultura bangladesh está permeada por grandes temores también por las discapacidades mentales. “De los locos ellos se avergüenzan.” Hace algunos años, Franca se encontraba en el hospital en Dhaka con Fatema, una niña que sufría de tuberculosis cerebral que no hablaba y no podía ver. “Una mañana, un alto ejecutivo del Estado, junto con su esposa, fue a visitar a su madre que estaba hospitalizada y se encontraba en la misma habitación. Él se conmovió mucho al verme, una extranjera que cuidaba a una niña en ese estado de gravedad. Le expliqué que para mí, Fatema es un don, porque lograba hacerme sentir mi maternidad. Él  observó a su esposa. Sólo después que se fueron, supe que tenían un hijo discapacitado que tenían escondido en la casa”.

Hoy en día son muchas las personas acogidas por la misión. Como Lorenz, un niño autista y su madre. Después de la muerte de su marido, se trasladó en alquiler, en una casa más modesta. El propietario de la casa donde vivían decidió de botarlos. La hija estaba embarazada, y él temía que, por el mero hecho de ver a Lorenz, pudiera dar a luz a un niño afectado por la misma enfermedad. Hoy en día el pequeño está bien y va a la escuela. La madre en cambio, colabora con las maestras que trabajan en las clases para niños discapacitados. Lorenz es feliz  porque las personas con discapacidad aquí son amados y, gracias al amor, renacen a una nueva vida. “Nuestra tarea, aquí en Bangladesh – concluye Franca – es está. Y la sonrisa de muchos pequeños regenerada en el amor es nuestra mayor recompensa “.

Extraído libremente del mensual Siempre

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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