UNA DEUDA POR PAGAR CON DIOS

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¿Se puede estar endeudado con el Paraíso? Según Antonio Bacassino, misionero en Bagdad, cada uno de nosotros tiene una deuda por pagar con Dios. Y la suya era muy pesada. Antonio nació en Nardò, en enero de 1967. Por muchas vicisitudes sufre una condena en prisión por veinte años. Allí comenzó sus estudios universitarios, y se graduó con honores  gracias a la tesis “Genealogía del poder de Foucault”. Cuando sale de la cárcel conoció a Don Eugenio, un miembro de la Comunidad Papa Juan XXIII. Allí el entiende que el Cielo, que en su juventud había negado y maldecido, en varias ocasiones, nunca lo abandonó. Decidió partir a una misión, destino: Haití, una ciudad doblada por el tsunami.

Para un ex convicto, la misión “no es nada de excepcional. Se necesita  aprender de las experiencias pasadas y con nosotros mismos. Cambiar vida no significa negar la propia experiencia – dice Antonio -. Los mayores temores están en nuestras mentes. El compartir para mí significa abrirme a una experiencia con el hombre que encuentro. Me ayuda a dar un sentido a mi vida “. En Haití aprendió mucho: “Envidio ese pueblo, su capacidad de reír, de estar tranquilos a pesar de todo.” Sólo en la tierra de misión, Antonio se siente libre. Ha recibido mucho, y ahora quiere poner al servicio de los demás todo lo que él ha aprendido. Cuando Giovanni Ramonda, responsable de la Comunidad, comentó que en Irak sólo queda un misionero, y que realmente lo necesitan, no dudo en ofrecerse.

Desde junio se encuentra en Bagdad. Vive con los refugiados que huyen de las atrocidades del Califato. Los ataques están a la orden del día: explosiones, atentados, tiroteos. “Bagdad es una ciudad fascinante y, al mismo tiempo, rica en contradicciones. Cuando llegué no conocía el idioma, así que me apoyé a una iglesia latina. Observar cómo rezan los cristianos me hizo reflexionar. Habría sido suficiente convertirse al Islam, para evitar los abusos del Isis. La valentía de su negativa a ello me llevó a inclinarme ante su fe “. Cuando la fe es auténtica, hace más ruido que las bombas. Una bofetada a la estrategia  del terror de los yihadistas.

Antonio no se siente un misionero, y no lo pretende: “Soy yo que me estoy evangelizando y si lo logró es ya tanto. Si a través de mi conversión, puedo atraer a alguien más, que así sea. Y en cierto momento, llegas a hacer cuentas con tu vida, tus fracasos y tus límites. He ido en misión para pagar mis cuentas con el buen Dios. Fui a Haití, porque era una de las metas más difíciles, y, ya que mi cuentas por pagar son bastante altas, servía una lo suficientemente fuerte. Aquí descubrí que el que hace el bien no es sólo para quien lo recibe, sino también para aquel que lo dona”.

Si no puedes amarte a ti mismo, no puedes amar a los demás. En misión cuentas con el tiempo para entender muchas cosas: “Si Dios no me ha juzgado, ¿quién soy yo para juzgar? Cuando aceptas esto, te quitas un peso. Mi relación con él – continúa el misionero – es completamente nueva. Lo descubrí a los cuarenta años. Antes lo maldecía todos los días. No soy uno ‘que reza siempre’, pero he aprendido a diálogar con él. Para una persona que por más de veinte años no estaba libre, en Dios veo la única libertad. Y lo experimento todos los días. ”

En Bagdad trabaja con las Hermanas de la Madre Teresa; sigue a un grupo de personas con discapacidad, una categoría social que en los países árabes, tiene una mala reputación. Las personas con discapacidad se consideran una maldición, una condena de Allah, que trae deshonra a la familia. El encuentro con los musulmanes es la parte más interesante de su misión. Estar con ellos es una tarea difícil. “Si uno se detiene a observar al hombre musulmán y al hombre cristiano, descubrimos un hermoso encuentro. Tenemos que observar aquello que nos une. Vivir aquí me llena el corazón “.

“Hace unos días escuché en una iglesia italiana palabras como justicia, paz, amor. En Bagdad no hay ni justicia, ni paz, ni amor. Sin embargo, a pesar de todo, cuando no se sienten los ruidos de las bombas las personas sonríen, cantan, bailan. Especialmente los jóvenes. Pareciera casi que ellos no quieren dejar que el miedo sea el protagonista. A ellos siempre les repito: No teman. Vivan. Atrévanse, tengan coraje. El regreso de una sonrisa a menudo llena el corazón, más que cualquier otra cosa “.

Adaptación libre de “Siempre”

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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