Los pesebres de las periferias

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bambara

Mientras aún se festeja Navidad y se celebra el año nuevo, el pensamiento va a quien, siguiendo la estrella de la esperanza en una vida posible, ha perdido su propia vida. A quien la pierde cada día por nuestra indiferencia e injusticia. También en los días pasados, otras veinte personas han muerto frente a las costas de Turquía. Siete eran niños. Viajaban sobre un barcón en plástica, como los juegos de los niños afortunados que han transcurrido las mismas horas en alegría, celebrando el nacimiento de Jesús, en muchas habitaciones, con esfuerzo, con mesas llenas y luces encendidas por la fiesta.

Más de 4000 personas han perdido su vida en nuestros mares, este año. Más de 10000 niños han muerto en Siria, durante de cinco años de una guerra llamada civil, en realidad fomentada por Países extranjeros, muchos de los cuales están alegramente reunidos con sus familias, en estas festividades, para intercambiar regalos, mientras más de 12 millones de Sírios tienen hambre y otros tantos han tenido que huir, han dejado a su casa, sus afectos, algunos perdiendo la vida en los viajes de la esperanza, como aquello que hicieron María y José para que Jesús pudiera nacer. Los dos terceros de la población sobrevive sin agua potable.

Millones de niños están hoy en los “pesebres” del mundo, que no mostramos ni vemos, “al frío y al hielo”, del clima natural o de nuestra conciencia, congelada por las comodidades, de la indiferencia, del egoismo por atrofia de amor. Más de 200 millones de niños menores de cinco años sufren de malnutrición, en el mundo. Cada año, al menos 3 millones mueren por hambre. Son más de un millón los refugiados que han buscado asilo en Europa en 2015. Cada día, mueren aproximadamente 30000 niños. Hoy también, incluso el día de Navidad. Y, de acuerdo con los datos del Asociación “Save the Children”, en Italia, uno de cada tres menores de edad vive en condiciones de pobreza.

Los italianos pobres ya son 8 millones. Aproximadamente 3 millones de familias. Jesús también era un pobre, un migrante, un refugiado en busca de asilo. Papa Francisco ha recordado muchas veces, a nosostros los cristianos, los que tenemos una moral y sensibilidad esquizofrénica, que, quizá, besamos devotos el pie del estatua del Niño en el precioso pesebre en el cuarto de estar de nuestra casa, lo que mostramos a los huéspedes con orgullo y vanidad, y luego cerrar las puertas a los muchos Jesús, niños, adolescentes, adultos, viejos, que tocan la puerta de casa y del corazón por las calles del mundo.

“Vence la indiferencia y conquista la paz” es el título del Mensaje del Santo Padre para el Día Mundial de la Paz, que se celebra hoy. “Hay muchas razones para creer en la capacidad de la humanidad de actuar juntos en solidariedad, en el reconocimiento de su propia interconexión e interdependencia, preocupándose de los más frágiles y la salvaguardia del bien común”, escribe Papa Francisco.

En la primera Navidad de su pontificado, en el Angelus para la fiesta de la Sagrada Familia, el 27 de diciembre, Papa Bergoglio dijo que en el “camino doloroso del exilio, buscando refugio en Egipto, José, María y Jesús han experimentado la condición dramática de los refugiados, signada por miedo, incertidumbre, malestar”. También la Sagrada Familia de Nazareth huía de una condamna de muerte, de violencia y abusos. Para que el Hijo de Dios pudiera nacer, María y José hicieron un viaje difícil y con arriesgos, cansador, doloroso, buscando refugio al extranjero. Viajaban sobre un burro en vez de un barcón. Cambia el medio, pero no el estatus.

La Virgen ha parido sola con su marido, en una gruta. Pero, cuantas de estas  “grutas” estàn repartidas por todo el mundo, hoy. Los refugiados palestineses, por ejemplo, que transcurren una vida entera como precarios en el alma, hace casi 70 años, desde cuando empezó la guerra israelí – palestinés, después de que había sido creado “minuciosamente” el Estado de Israel, mientras hoy también no se ha cumplido el reconocimiento legítimo del Estado de Palestina. Son más de 5 millones los campos de refugiados en Jordania, Líbano, Cisjordania, Siria, Franja de Gaza.

“Es Jesús que camina”, se canta en nuestras Iglesias. Es Jesús que llama, es Jesús que toca a los portones del corazón y de la conciencia, cada vez que una mujer, un hombre, un niño, un viejo, nos piden ayuda, aunque solamente con la mirada o en el silencio, lanzando un grito apasionado con su propia misma existencia. Gritos desesperados que son el llanto de Jesús recién nacido, que demasiado frecuentemente sofocamos con otros sonidos y ruidos. El Emanuel pueda de verdad nacer en nuestro corazón y abrir a todos los ojos del alma sobre su cara viva, que es la cara, linda o fea, amiga o extranjera, de quien necesite ayuda, consuelo, caricia, pan, de beber, una manta, un abrazo, de quien pida justicia o paz.

En los días de la vigilia, se compartía en las redes sociales una lindísima imagen, de un pesebre en Apulia de altura humana, con el comedor vacío, lista en acoger el icono del Niño Jesús en la Noche de Navidad. Al anochecer, un perro callejero se ha agachado allí para dormir. Una imagen maravillosa, que recuerda el concreto de esta fiesta cristiana. No es una fiesta popular, no es el lindo pesebre, elegantemente decorado. Es el amor que gana, en nuestras casas, en las familias, entre las poblaciones y las naciones, en este nuestro mundo cansado y affligido. Es Jesús que camina, es Jesús que toca, es Jesús que llama, a una vida renovada en el amor y por el Amor, para un año y una existencia nuevos de verdad, en honor de una fraternidad concreta, vivida, auténtica, cristiana.

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