El acontecimiento más revolucionario

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El acontecimiento más revolucionario de la historia es la Pascua – recurrencia que acabamos de celebrar – el pasaje de Jesús de Nazaret que vino para compartir la vida con los pobres, los enfermos y los pecadores, que caminó en las calles de Palestina pero sigue caminando aún hoy con nosotros en las periferias y en las metrópolis con la Palabra más desconcertante nunca escuchada: “Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen. Sean misericordiosos como es misericordioso su Padre. No juzguen y no serán juzgados. No condenen y no serán condenados, perdonen y serán perdonados”. Decía don Oreste Benzi que “la novedad del cristianismo no es el amor hacia el próximo, sino el amor hacia el enemigo. La misericordia no es una debilidad sino lo máximo de la sabiduría”.

Jesús es el manso y humilde de corazón que supo pagar con su vida el amor hacia la verdad: “Por esto vine en el mundo, para dar testimonio a la verdad”, que Dios nos ama hasta el punto de darnos su Hijo y nos lo demuestra inmolándose para nosotros en la cruz. Un amor crucifijo sin adornos, muy concreto, con pocas palabras: “Padre perdona a ellos, porque no saben lo que hacen“.

En el curso de la historia muchos hombres y mujeres de buena voluntad creyeron y dieron la vida principalmente viviendo con los enfermos, con los discapacitados, los jóvenes esclavos y dependientes de las varias drogas, las chicas esclavizadas con la prostitución, los viejos, en el campo de la educación con los jóvenes. Un desfile de hombres y mujeres que pasaron convertiéndose en sal de la tierra, con una vida sabrosa y jugosa siempre rica de persecuciones y de alegría: “Sobreabundo de alegría en cada tribulación mía”.

Todo esto porque Jesús el Nazareno ha resuscitado, un acontecimiento único en la historia, nunca escuchado, que atrae a sí cada contradicción, cada acontecimiento, cada sufrimiento, cada compromiso, cada responsabilidad. Ante el cual cada hombre se puede parar, reflexionar y con el centurión delante de la cruz exclamar: “En serio este hombre era el Hijo de Dios”. Nuestro vivir es incierto y pasa en un instante: “Setenta años, ochenta para los más fuertes” dice el salmo. Pero el Hijo de María y José, su vida que la Iglesia nos cuenta durante todo el año litúrgico, nos invita al adoración, al silencio, a partir, a ponernos en camino, a cambiar vida. Como los Reyes Magos y los Pastores queremos ver, queremos compartir, sobretodo queremos aprender a amr siempre. El Resuscitado es como una presencia viva que nos acompaña: “Yo estaré con ustedes todos los días de su vida”.

Sacado de “Siempre”

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