Para una Pascua de paz

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d'ercole

Parece un reto que se repite, casi una tentación de la historia. Al acercarse de las Fiestas navideñas o de Pascua se vuelve a encender la gana de guerra en el mundo. En estos días, estamos hablando con preocupación de este raro fenómeno delante de las pruebas de músculos que las potencias mundiales desplegan como fuerza de impacto hacia los potenciales enemigos.

Y así, en el nombre de la defensa de paz se produce guerra en beneficio de la economía pero en neta desventaja de la serenidad de los pueblos y del futuro de la humanidad. Ya nadie se puede decir independiente frente al resto del mundo así que acciones militares al oeste influencian inevitablemente quien vive al este o al sur del planeta y viceversa. Parece incorregible la humanidad incapaz de aprender de la historia también reciente. No obstante vuelve incansable la Pascua a reiterar la invitación a la paz, más bien es don de paz para quien recibe la muerte y resurrección de Jesús como la definitiva vencida de las potencias del mal, de la violencia y de la muerte.

La Pascua para nosotros los cristianos es invitación a no perder la confianza y a continuar a esperar en el triunfo del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte, de la paz sobre la guerra y cada tipo de guerra, empezando por las que diariamente estallan dentro de nosotros, dentor de las familias y de las comunidades. Pascua es en efecto el signo de la victoria de Dios y de victoria definitiva  y por eso, aunque sigue el clima de incertitumbre y la caparbiedad de los hombres desafía constantemente la misericordia divina, la seguridad de la Paz vive en el corazón del creyente. Y con esta conciencia hay que leer los acontecimientos que pasan, los hechos y las fechorías de la sociedad contemporánea, porque el Cristo Jesús es ganador de la muerte.

Para el creyente es un grave pecado perder la confianza, dejarse contaminar por el virus del desánimo, hacerse condicionar por la lógica humana que, por mil razones, ve en las crónicas diarias el disolverse de cada esperanza. Pascua es reto para cada uno de nosotros; lo es por ejemplo de manera particular para quien sufrió el drama del terremoto y hace frente con esfuerzo las muchas y complejas consecuencias. Es reto para quienquiera está al fondo de un callejón sin salida y no puede ver nada más allá de la barrera del pesimismo más negro.

Sucedió así también para los discípulos que, a la muerte de su Maestro, creyeron que todo había terminado; se había roto su sueño  y estaban volviendo a los viejos pensamientos que aparecen en los momentos de desilusión, pero fueron despertados por el encuentro con el resuscitado. Cuántas veces habían creido ver realizados, gracias a él, sus proyectos de rescate, su afirmación y la posibilidad de recibir justicia. Y en cambio, con la crucifixión, todo se había bloqueado. Una sensación de vació, la desilusión por una promesa no mantenida, una sensación de perdida y miedo: esto habrá sido el sentimiento difundido entre los discípulos del Señor mientras lo veían morir. Análogas sensaciones probamos en las malas experiencias diarias, si no está fuerte en el corazón la experiencia de la Resurrección.

Todo pero cambia en Pascua, como cuenta el Evangelio, porque la certitumbre conciente de la Resurrección de Cristo ayuda a leer la vida con ojos diferentes, descubriendo que hay algo más bueno y profundo cuando quien nos dirige es el Espíritu de Cristo Resuscitado. Deseo que el estupor y la felicidad de la resurrección, probada por las mujeres que encontraron el sepulcro, nos contaminen todos y nos hagan concientes que, por cuanto nos parece complicada la vida, no somo destinados al fracaso y al sinsentido, ni a vivir sin esperanza. Al contrario, Jesús resusciatdo es consuelo del corazón, conciencia de victoria que ayuda la valentía de nuestro compromiso de paz, es fuerza misteriosa que nos hace incansables artesanos de fraternidad para hacer saldo un mundo de justicia que ya vive entre las contradicciones del presente. Feliz Pascua!.

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