«La reforma de las estructuras y el cambio del modelo eclesial», prof. Rafael Luciani

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Bajo el título “La reforma de las estructuras y el cambio del modelo eclesial”, Rafael Luciani – teólogo venezolano y profesor de la escuela de Teología y Ministerio en Boston College- explica en su cuarto programa la reforma desde el ámbito de las estructuras, es decir, el modelo de una Iglesia policéntrica y sinodal.

A lo largo del segundo milenio del cristianismo la Iglesia se fue orientando hacia la consolidación de un «centro» de gobierno. Esta visión, fruto del Concilio de Trento, la explicaba el Cardenal Roberto Bellarmino al centralizar la unidad de la Iglesia «en el gobierno de los legítimos pastores, especialmente, del único vicario de Cristo en la tierra, el Romano Pontífice».

Francisco entiende que debe haber un cambio de paradigma, según el cual la Iglesia no puede seguir siendo autorreferencial ni autocentrada, como tampoco una estructura burocrática que se funcionalice. Ella no refleja su propia luz sino la de Cristo. Para ello tiene que ir a las periferias, salir del centro, e ir hacia los que el mundo desecha y da por sobrantes.

El jesuita Karl Rahner advertía los peligros de un modelo eclesial centrado en la estructura eclesial en sí misma. Decía que el cristiano ha de «creer (en) la Iglesia —dentro de la comunidad cristiana—, pero no en ella como si la Institución fuera un objeto de fe». La Institución es una mediación que congrega a la comunidad de creyentes, pero lo que le da su razón de ser y le permite cumplir su función histórica es la fe personal de cada creyente en Jesús de Nazaret. Por ello, Rahner recuerda que «la Iglesia del tiempo no es igual que el reino de Dios de la eternidad».

Una de las tareas más importantes que se le confió al pontificado de Francisco fue la de reformar a la Iglesia a partir de una eclesiología de comunión. Este proceso se da en continuidad con el Documento de Ravena firmado por Benedicto XVI en el 2007 que expresa el modo “como se gobernaba en los primeros siglos”. En el documento podemos destacar al menos tres ejes de acción: (a) el sentido de la conciliaridad, que implica que cada miembro, por virtud del bautismo, tiene su espacio y su responsabilidad en la comunión con todo el cuerpo; (b) el primado de Roma no se puede imponer a las Iglesias locales. Haría del centro, en este caso del Papado, una autoridad absoluta en sí misma; (c) el documento deja abierta la tarea de profundizar en el rol que cumple el Obispo de Roma respecto de las Iglesias locales sabiendo que la autoridad no es igual al autoritatismo ni al centralismo.

Para lograr esto, Francisco ha planteado la necesidad de una «saludable descentralización» (EG 16) desde un modelo de Iglesia policéntrica y mundial. Este reto había sido planteado por Karl Rahner al sostener que: «la Iglesia debe reconocer las diferencias de las culturas y llegar a ser Iglesia mundial, pues si permanece como una Iglesia occidental traicionará el sentido que ha tenido el Vaticano II».

Uno de los modos para dar cabida a este proceso de reformas lo explica Francisco en el 2015 al conmemorar el 50 Aniversario de la Institución del Sínodo de los Obispos. Ahí afirmó que: «el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra “Sínodo”». El Papa tiene claro que una institución de tinte monárquico, fuertemente jerarquizada y centralizada se volverá, cada vez más, culturalmente irrelevante, sin capacidad de atracción.

Podemos recordar el texto sobre la Democratización de la Iglesia que el entonces Ratzinger escribió. Allí advertía cuatro puntos a tomar en cuenta: limitar el campo de acción del ministerio ordenado, reconocer el carácter de sujeto de las comunidades eclesiales locales, ejercer la estructura colegial del ministerio eclesial, y escuchar a la voz del pueblo. Pero todo este proceso de reformas tiene como elemento decisivo a la reforma del Papado, ya que todas las instancias que se quieran reformar, como la promoción del laicado, la revalorización de las iglesias locales, la revalorización de las conferencias episcopales, dependen de una reformulación del centro romano. En el postconcilio, Yves Congar advertía que había que superar «el régimen concreto de la Iglesia, actualmente dominado por cierto ejercicio de la primacía papal que comporta el actual sistema de la Curia y la centralización romana».

La reforma de las estructuras pasa, pues, por un cambio en la cultura eclesial, por una conversión de la Iglesia (LG). La clave está en comprender que toda eclesiología presupone una cristología. Esto lo expresa Francisco en la Evangelii Gaudium con las siguientes palabras: «no me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio:“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”».Toda reforma pasa por recuperar el sentido que ofreció la Dei Verbum 25: «lograr que en las actividades habituales de todas las comunidades cristianas se tome en serio el encuentro personal con Cristo que se comunica con nosotros mediante su palabra».

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