El calígrafo de las grandes marcas es argentino y trabaja en España

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Josemaría Passalacqua vive por y para la perfección. Él mismo ha buscado el lugar adecuado para hacer la entrevista, mira a la cámara con gesto estudiado y nos pide que juntemos su nombre compuesto para evitar que las palabras formen líneas viudas en el texto. Hacemos caso al artista, porque si de algo sabe él es de letras. Sentado en uno de los Chester de la biblioteca del Club Argo (Madrid), la silueta enjuta y pintoresca de este artesano moderno se nos antoja de otra época, cervantina, con el barrio de Las Letras de fondo.

Este argentino lleva 15 de sus 18 años en España trabando como calígrafo para Hermés, Gucci, Dior o Loewe y es el responsable de la buena letra de las invitaciones, los menús y los sittings de los eventos más exclusivos del momento. Un artesano a punto de convertirse en artista que fabrica sus propias plumas.

La primera empresa para la que trabajó en España fue una compañía de seguros. Pero de ese primer contacto con lo que ahora es su forma de vida al momento en el que Gucci le propone escribir las invitaciones de su gran desfile en Nueva York ha llovido mucho. «No es un trabajo con el que vaya a hacerme rico y famoso. Esto es como pescar peces pequeños, hay que pescar muchos para poder comer», comenta.

En su camino al éxito, el boca-oreja, las redes sociales, la inmediatez de la información y la democratización de la comunicación han sido grandes aliados. Fue empezar a trabajar para una marca importante y que las demás quisieran lo mismo. Cosas de la moda. «Las firmas me buscan para que les resuelva un marrón. El desfile de Gucci o la fiesta de Loewe en el Botánico hace poco, no quieren enviar invitaciones con una pegatina sino que buscan a alguien que las escriba a mano». Un detalle de personalización que denota exclusividad, respeto y buen gusto, pero que nos hace preguntarnos si todo el mundo es capaz de valorarlo. «Hay quien pasa de largo y quien se emociona. Depende de la sensibilidad que tengas, pero la caligrafía provoca una emoción en todo el mundo».

A Passalacqua, el talento le viene de familia. Su padre y su abuelo eran ingenieros allá en Buenos Aires, pero sentían una pasión innata por los libros de ductus, que enseñaban a dibujar las letras. «Para ellos era una afición, pero a mí el punto estético ya se me había metido dentro», recuerda el caligrafista. Con idea de trabajar en diseño digital y ganas de nuevas experiencias, un joven Josemaría Passalacqua llegaba a España. Fue en Madrid donde empezó a realizar cursos de caligrafías antiguas. Técnicas clásicas como la iluminación medieval o las letras decoradas y materiales como el pan de oro o la pintura al temple, que lo llevaron a querer saber más sobre esas tipografías. Siempre autodidacta, atento y curioso, su aprendizaje no terminó nunca. «Ahora Hermès me ha descubierto la faceta de tallador escribiendo los nombres de los perfumes en los frascos con un rotopercutor de punta de diamante», dice.

Y aunque sabe usar todo tipo de espadas, el arma favorita de este escribano del siglo XXI es un cola-pen, una herramienta desafiante y difícil de usar, a medio camino entre una pluma y una cuchilla, que le permite expresarse con libertad y convertir la escritura en el reto de hacer desastres o letras maravillosas. Las fabrica con latas de cerveza y las adapta a su gusto y a sus maneras. Los rotuladores de pincel le resultan aburridos.

«Antes lo perfecto era lo que estaba hecho en serie, todo igual y sin fallos, pero ahora volvemos a querer que se note que hay una persona detrás. Son dos mundos [el digital y el analógico] que están conviviendo armoniosamente». Un optimismo más que necesario, sobre todo cuando nos cuenta que esto de la caligrafía es una moda. «Muchas tiendas y firmas utilizan la caligrafía de forma digital, sin discurso. No sé qué sentido tiene que parezca a mano y que no lo sea. Se pierden los matices de la tinta, el mordido de la pluma en el papel y otras cosas que hacen que se note que detrás hay una persona. Yo puedo tener frío, estar enfadado o relajado… y eso transmitirlo en el trazado».

Le han ofrecido vender sus tipografías a bancos digitales, pero Passalacqua se encuentra en un momento mucho más dulce: el paso de artesano a artista. «Ahora veo que lo que yo hago es arte. Me estoy convirtiendo en un personaje que aporta un valor añadido. No soy sólo un calígrafo que puede hacer 1.500 invitaciones iguales a mano alzada, sino un creador con capacidades que aún desconozco», se sorprende. No obstante, reconoce tener su gen de la voluntad un poco atrofiado y que son las firmas las que le motivan con sus encargos a seguir descubriendo sus talentos. «Ya descansaré cuando me jubile, si es que lo hago, porque de esto uno sólo se jubila si tiene párkinson». Pero conociéndole, ni el párkinson lo pararía.

Sacado de “El Mundo”

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