Chapecoense: una historia de lágrimas y pasión terminada en tragedia Del riesgo de quiebra al gran final de Copa sudamericana: una epopeya demasiado breve, borrada al alcance del sueño

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Chapecoense

Chapecó es lejana. Está en el Sur de Brasil, en el Estado de Santa Catarina, no muy lejano de la frontera argentina. lejos de la capital, Brasilia, y de los reflectores del futból importante, aunque, por allí, en gran medida se vive de futból. Por esto, a cambio de una población de menos de 200 mil habitantes, allí hay un implanto deportivo moderno, entre los mejores en kilómetros a la redonda, más lindo que otros. El teatro no de los sueños, sino “del” sueño. Lo del equipo local, el Chapecoense, “o Furacão do Oeste”, pasado en ppoco tiempo de las series aficionadas hasta llegar a la final de la Copa sudamericana. Equivale a Europa League, Europa menos importante. En América Latina no. Allí no hay nadie que vale menos.

También Medellín es lejana y es mucho más grande que Chapecó: es el segundo centro de Colombia por población, y supera abundantemente dos millones de habitantes. La historia de esta ciudad es más antigua, también desde el punto de vista futbolístico. Aquí juega el Atlético Nacional, fundado en 1947 y 15 veces campeón nacional. El estadio ciudadano, Atanasio Girardot, iba a hospitar la final de Copa sudamericana. El Atlético se ha visto escapar la victoria hace 14 años, en la primera edición del torneo y esta era el momento perfecto para arreglarse, delante a su público. Pero el destino estaba jugando una competición personal. La final nunca irá a ser. El partido decisivo se acabó de repente, un momento antes, en el rumor de un choque.

Un camino lejos de ser fácil lo del Chapecoense, una sociedad relativamente joven, nacida sólo en 1973 (fruto de la fusión de otros dos clubes, el Atlético Chapecó y el Independiente), cuando la ciudad de pertenencia apenas tenía unos sesenta de años. Unas victorias en el Campeonato catarinense, una en la copa local, un par de temporadas en máxima serie pero, cuando en 2002 se celebraba la primera edición de la Copa, el nombre “Chapecoense” no se hubiera encontrado en los periódicos deportivos nacionales. Esto por razones sobretodo económicas: la temporada siguiente, de hecho, casi fue la del epílogo financiero. Se evitó la bancarrota por una nariz, gracias a un fondo instituido por empresarios y fanáticos. El equipo tenía que sobrevivir, porque la oportunidad de rescate, tarde o temprano, habría llegado. Los años funestos de la tercera serie pasaron rápidamente, aún más rápido lo en cuarta división (2009), y finalmente, hace dos años, el punto de inflexión: la promoción en máxima serie, la vuelta a los altos niveles. Ahora, del Chapecoense, los periódicos se acuerdan seguramente.

La escalada en las cumbres continentales, sólo rozados el año pasado, se estaba concretizando en esta temporada: pronóstico aniquilado y final de Copa conseguida, echando clubes del calibre de Independiente y San Lorenzo. Una fábula, en cierto modo parecido a la del Calais, el equipo aficionado finalista de la Copa de Francia en 2000. No para blasón, sino porque en aquella ciudad del Sur de Brasil, como en aquella portual en la Manchaa, niveles como estos siempre habían estado un sueño.

Un sueño de que nunca sabremos el verdadero final. La realidad es diferente, mucho más dura. Un tremendo choque, decenas de jóvenes que se interrumpen de repente, cerca del reto deportivo más importante de su carrera y, de improviso, Chapecó nos parece más cercana, mucho más cercana. Los ecos de la historia vuelven más fuertes que nunca, gritando los nombres de Munich, de Zambia. El mismo dolor, la misma terrible herida, el mismo sentido de injusticia. El mundo del deporte, de las instituciones a los futbolistas, por mucho tiempo distante, que se aprieta a la ciudad, alrededor de los supervivientes y los fanáticos.

El Atlético ha pedido y obtenido conceder la victoria al club brasileño. En cierto sentido, pero, el Chapecoense había estado más fuerte que el destino: su verdadera final ya fue ganada hace tiempo.

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