LA PUERTA DEL PAPA

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Ha terminado el Año Santo del Jubileo de la Misericordia y me parece que ha pasado tan rápidamente e intensamente. Ciertamente no imaginaba verme afectado así: por la designación a Misionero de la Misericordia, por la participación a unas comisiones, y sobretodo por compartir directamente con el Santo Padre uno de los viernes de la Misericordia dedicado a nuestras mujeres muy jóvenes – víctimas de la trata y de la prostitución – recibidas en la Comunidad Papa Juan XXIII.

Oír al Pontífice recordar, ayer por la noche en TV2000, precisamente este acontecimiento como uno de los gestos más conmovedores y significativos fue realmente impresionante. Poniéndose más veces la mano en el corazón ha recordado el drama de las chicas sometidas a palos y torturas y obligadas a prostituirse en todas las condicciones, también embarazadas. Como la historia de la chica a que cortaron una oreja o la de la joven africana que ha contado el dolor por la muerte de su bebé después del nacimiento, en invierno en la calle. El Papa se ha exprimido también sobre los que compran estas chicas: “No saben que con este dinero, para tener una satisfacción sexual, ayudan a los explotadores?”.

Ayer tuve un aleteo de humana tristeza viendo cerrada aquella Puerta Santa de San Pedro pero, al mismo tiempo, he dado gracias al Señor porque el Jubileo ha transcurrido serenamente. Todo salió bien en el plan de la seguridad y fue un tiempo revolucionario en el plan espiritual.

Papa Francisco tuvo una intuición extraordinaria en permitir las aperturas de las Puertas Santas en todo el mundo; no sólo donde estaba una catedral sino también una puerta de la Caritas o de una cárcel o de una realidad de recibida cualquiera. De esa manera ha permitido a millones de católicos de pasar aquella Puerta, representativa de Cristo, a las multitudes que nunca hubieran podido hacer un viaje hacia Roma.

De facto este Jubileo ha sido un verdadero triunfo de participación y eso no le pasa a muchos aunque no a todos; desgraciadamente también hay los que deliberadamente intentan disminuir el buen éxito y quien incluso sostiene falsamente que fue un fracaso. Papa Francisco, en cambio, ha obligado “santamente” a refeljar sobre el valor de la Misericordia involucrando las diferentes realidades de la sociedad civil del mundo entero, afectado por una de las más graves enfermedades de este tiempo, llamada por él “cardioesclerosis”. Fue un himno a la belleza del perdón y un faro brillante apuntado debilidades, límites, errores y miserias de nuestros hermanos más últimos y marginados. Cada sola acción fu elleno de empatía por esta humanidad herida.

A pesar de una cierta acidez y unos “dolores de vientre” de unos teóricos del catolicismo, Francisco se hizo realmente próximo y cercano a la persona sufriente. Cuántas personas se ha sentido directamente recibidas y acariciadas por el Santo Padre y cuánta alegría y esperanza su presencia ha puesto en los corazones de los afligidos. Todo esto tiene más valor que cualquiera escuela teológica si hay que reducir a diferentes abstracciones, es decir quien reduce el cristianismo sólo a lindas teorías, también las más elevadas, pero sin ninguna repercusión sobre los comportamientos y las elegidas evangélicas.

Este Año Santo ha sido una gran ocasión para incitar la humanidad a reconciliarse con Dios y con el próximo reflejando – y ojalá restableciendo – relaciones auténticas para encontrar la paz y la unanimidad. Podemos decir que la verdadera puerta, la del corazón de Papa Francisco, se quedó completamente abierta y aquellos católicos que se unirán al corazón del Santo Padre tendrán mucho que aprender. El Vicario de Jesús, de hecho, ha monstrado realmente al mondo, poniendo todo si mismo, como se puede realizar la que él mismo ha llamado la revolución de la ternura de Dios: amar de un Amor infinito y obstinado más allá de los límites, creyendo y apostando siempre en Su Gracia.

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