Aunque se cierra la Puerta Santa “se queda completamente abierto el camino de la Misericordia”

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Termina hoy el Jubileo extraodinario de la Misericordia, proclamado por Papa Francisco el 8 de diciembre de 2015 por medio de la bula pontificia Misericordiae Vultus. Hoy por la mañana, en el vestíbulo de la basílica de San Pedro a las 9.50, el Pontífice, después de rogar en silencio, ha cerrado la puerta santa de San Pedro, la última cerrada por el jubileo de la misericordia. El Papa ha entrado en procesión, con los trajes litúrgicos, mientre se cantaba el himno del jubileo, “Misericordes sicut Pater”. La delegación oficial de Italia al cierre del jubileo estaba dirigida por el presidente de la República, Sergio Mattarella y por el primer ministro Matteo Renzi. Presentes otras 10 delegaciones de diferentes partes del mundo. Ausente el Papa Emérito, Benedicto XVI, que ayer había anunciado que hubiera seguido la celebración en casa.

Durante de la homilía, el Santo Padre se ha concentrado en la solemnidad de este domingo. “La solemnidad de Nuestro Señor Jesús Cristo Rey del Universo – inicia Bergoglio – corona el año litúrgico y este Año santo de la misericordia. El Evangelio presenta de hecho la realeza de Jesús en la cima de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. ‘El Cristo de Dios, el elegido, el Rey’ aparece sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un ganador. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene un cetro, pero le dan en la mano una caña; no lleva ropa lujosa, sino le quitan la túnica; no tiene anillos relucientes, sino las manos laceradas por clavos; no tiene un tesoro, sino lo venden por treinta monedas”.

Luego, la referencia a la segunda lectura de San pablo para proclamar el tamaño del amor divino. “De verdad el reino de Jesús no es de este mundo – comenta el Papa – sino justo en ello, nos dice el Apóstolo Pablo en la segunda lectura, encontramos la redención y el perdón. Porque el tamaño de su reino no es la potencia según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y sanar todas las cosas… Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo nuestros grandes oponentes: el pecado, la muerte, el miedo”. “Con alegría compartimos la belleza de tener como nuestro rey Jesús: su señoría de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza”.

Sin embargo sería “vano”, prosigue Francisco, creer que Jesús es el Rey del universo y centro de la historia “sin convertirlo en Señor de nuestra vida”, si “no recibimos también su manera de reinar”. Para explicar la realeza del Señor, en la homilía Bergoglio toma como ejemplo las otras figuras nombradas en el evangelio de hoy: el pueblo que mira, el grupo que está cerca de la cruz y un malhechor crucifijado cerca de Jesús.

Antes de todo el pueblo, que “Está distante, a mirar” sin intervenir ni hablar: está lejos. “Delante de las circumstancias de la vida o a nuestras esperas no realizadas – dice Francisco – nosotros también podemos tener la tentación de distanciarnos de la realeza de Jesús, de no aceptar hasta el fondo el escándalo de su amor, que nuestro ego, que molesta”.

El segundo grupo bajo la cruz, que comprende los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor, no permanecen en silencio, sino se burlan de Jesús, diciendo “Salve a si mismo!”. Esta, explica Bergoglio, “Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tentan a Jesús, como hizo el diablo al empiezo del Evangelio para que renunciara a reinar a la manera de Dios, sino según la lógica dle mundo: qué baje de la cruz y venza los enemigos!”. Pero, delante de los ataques, Jesús “no habla”: “Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, cierto que el amor dará frutos”.

“Este Año de la misericordia – continua el Pontífice – nos ha invitado a volver a descubrir el centro, volver al esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar hacia la verdadera cara de nuestro Rey, lo que resplandece en la Pascua, y a descubrir la cara joven y linda de la Iglesia, que brilla cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera”. “La fuerza de atracción del poder y del succeso – explica – pareció una manera fácil para difundir el Evangelio; este Año de la misericordia nos ha invitado a volver al esencial”.

El tercer sujeto evangélico es el malhechor crucifijado a la derecha del Señor. Pide que lo salve y es salvado. “Esta persona, simplemente mirando a Jesús, ha cre^do en su reino. Y no se ha cerrado en si mismo, sino con sus errores, sus pecados y sus problemas se ha dirigido a Jesús…Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos queridos. Y cree que siempre es posible recomenzar, volver a levantarse”.

“Pedimos la gracia de nunca cerrar las puertas de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir adelante más allá del mal y de las divergencias, abriendo cada posible camino de esperanza. Como Dios cree en nosotros mismos, ifinitamente más allá de nuestros méritos, así nosotros también somos llamados a dar esperanza y oportunidad a los demás. Porque, – ha concluido el pontífice –aunque se cierra la Puerta santa, se queda completamente abierta la verdadera puerta de la Misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado desgarrado del Resusciatdo surgen hasta el final de los tiempos la misericordia, el consuelo y la esperanza”.

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