QUIEN ERA DON ORESTE BENZI

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don benzi

Un incansable apóstolo de la caridad. Un “loco de Dios” como San Francisco. Así fue descrito don Oreste Benzi, el sacerdote de Rimini que combatió muchas batallas a favor de los pobres de esta tierra. Su fama de santidad ya era conocida antes de que fuera a la Casa. Mucha gente testimonia la humanidad y la espiritualidad que lo animaban y su incesante búsqueda de la voluntad de Dios. Nueve años después de la muerte, ocurrida en la noche entre el primero y el 2 de noviembre, la fase diocesana de la Causa de beatificación sigue adelante y son muchos que esperan que terminara pronto.

Don Oreste nace el 7 de septiembre de 1925 en San Andrea in Casale, una fracción del Común de San Clemente, pueblecito del interior de Romana, a unos kilómetros de Rimini e del mar. Septimo de nueve hijos de una familia humilde de obreros, se distingue por su gran generosidad y el espíritu de sacrificio ayudando a sus padres y en la cultivación del campo. De niño, durante la escuela primaria, se queda fascinado por la presentación en clase de la maestra que habla de tres importantes figuras humanas: el científico, el explorador y el sacerdote. Volviendo a casa dice a su mamá que ha elegido su camino: “Ma’, me am faz pret! (Mamá, quiero ser sacerdote!)”. Desde aquel día nunca cambiará idea y a once años entra en el seminario.

A 24 años se convierte en el sacerdote que se ata por las almas, amando inmensamente, donándose completamente a los demás. También es padre espiritual de los seminaristas, capellán de los marineros, promotor de muchos campamentos hasta empezar la que será una verdadera revolución: la fundación de la Comunidad Papa Juan XXIII.

En los años Sesenta empieza a organizar campos de verano para jóvenes discapacitados, una marca de contraddicción y un escándalo en aquellos tiempos. A los chico propone una manera nueva de vivir la fe y de estar juntos que llama “encuentro simpático con Cristo”. Cuando aún no puede imaginar el diseño de Dios, alrededor de él se forma un núcleo de personas que empiezan a cumplir acciones fuertes a favor de los últimos con el eslogan “donde estamos nosotros, ellos están también; no nosotros para ellos, sino nosotros con ellos”.

Nacen las primeras casas familia en la intuición con los pobres recibiéndoles en sus propias casas, dando una familia a quien la perdió: niños abandonados, adolescentes en dificultad, discapacitados, marginados, excluidos. Gente de cada edad, cultura, nacionalidad y en comunidades de urgencias, teraputicas y cooperative sociales forman un nuevo pueblo llamado a anunciar la que él define “la sociedad del gratuito”: una Iglesia, una familia, una sociedad que sente el sentido de pertenencia y por esto elige poner su vida con la de los últimos, con los que no tienen voz y casi piden perdón por existir.

Don Oreste camina por las calles de los oprimidos, de noche va liberando las chicas explotadas por la prostitución, interviene para que los menores sean recibidos en familia y no en los institutos, se va a gastar por los débiles en cada situación, desde los niños en estado prenatal hasta los perseguidos por las septas. Precisamente en este período – durante la recurrencia de Todos los Santos y el recuerdo de los Muertos – iba a rezar en los cementerios en las tumbas de los niños víctimas del aborto que él llamaba mártires inocentes de la indiferencia y de la crueldad de los hombres.

Ha dejado una enorme herencia: una Comunidad – es este momento presente en 38 Países – que actua bajo dos aspectos que la hacen única en el inmenso patrimonio de experiencias nacidas en la Iglesia Católica.  El primero es el carácter de compartición directa con la vida de los pobres: se vive junto a ellos y no sólo se da asistencia. El segundo es el empeño en la eliminación de las causas que crean la emarginación, para trealizar una sociedad donde reine la justicia de Dios.

La lectura radical del Evangelio de don Oreste y su obra constituyen una fuerte y sana provocación para cada cristiano. Y quien tiene miedo de cumplir aquel importante paso de caridad extra hacia el próximo puede cobrar ánimo por una frase aparentemente paradójico que don Oreste solía repetir: “Le cosas buenas antes se hacen y luego se piensan”. Una exhortación para aprender a desarrollar, sin demasiados cálculos humanos y razonamientos racionales, la inteligencia de amor, fuerza capaz de mover las montañas.

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