LOS VOLUNTARIOS DE LA SONRISA

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Detrás de cada niño que sufre hay una madre destrozado por el dolor. Impotente bajo el perfil médico, sólo puede estar cerca de su pequeño esperando que las competencias de alguien más logren en sanarlo; ciertamente puede darle su amor como fuerza vital, pero por hacerlo necesita estar cerca de él. Y a menudo no es fácil. Encontra un hotel cerca del hospital a menudo es imposible, o si es posible tiene enormes costes, insostenibles por largas estancias hospitalarias.

Una gota en el mar de esta desesperación son las Casas Ronald, financiadas y apoyadas por el coloso americano Mc Donald con su Fundacióne por la Infancia. En Italia hay cuatro (Brescia, Palidoro, Roma, Florencia, conectadas con el hospital pediátrico Niño Jesús. Hospitan, con una contribución simbólica de punos euros (por quien puede), los padres de los perqueños pacientes internados.

Al lado de los padres y sus pequeños hay un ejército de voluntarios, personas “normales” que dedican horas de su proprio tiempo para estar a su lado, ayudarlos día tras día. Intentando estar a lado de madres y padres en este doloroso viaje en la enfermedad, ayudándoles en las tareas pero también compartiendo las emociones, soltándoles – por lo que es posible – una sonrisa. Dentro de las estructuras se hacen actividades de socialización, educativas y recreativas, para estar cerca también a los pequeños hermanitos y hermanitas de los enfermos.

La contribución que los voluntarios ofrecen es impagable, sólo en Italia, en 2014, han donado 6.300 horas a las familias. En el mundo entero, son más de 305.000 los voluntarios que sostienen con pasión las Casas Ronald y las Family Room con más de 1.835.568 horas de servicio donadas cada año.

“Lograr a hacer sonreir las personas, a pesar del sufrimiento, ha significado para mí convertirme en voluntaria – cuenta Giuliana, de Passoscuro, desde el 15 de febrero 2015 ocupada en Palidoro. De verdad no sé cómo explicar la felicidad sentida con pocas cosas y gestos cencillos. Durante este período en Casa Ronald pude conocer muchos niños, que siempre llevo en mi corazón”.

Pero dos son las historias que le quedaron dentro en particular: “La de Maxwell – cuenta – niño keniano con varias discapacitades, pero con una tenacidad invidiable, y la de Anna Maria, niña búlgara, con la cual nunca hablé, por una cuestión lingüística, pero con que tuve un entendimiento inmediato y total. Lo que me sorprendió y me sorprende de mi experiencia de voluntariado en la Casa es la fuerza de los padres que tienen sus hijos enfermos. Que tiene efecto en un ambiente acojedor, donde inmediatamente te encuentras con todos en la misma sintonía. Describir en una palabra qué significa hacer el voluntario? Sonreir”.

Una declaración importante, ya que hablamos de niños enfermos. A cada voluntario se pide empeño, fiabilidad e intercambio de los valores; para hacerlo es suficiente tener unas horas de tiempo libre al mes y la gana de donarse a los demás. Una gota en el mar de la indiferencia, un océano de emociones. “También en los momentos más oscuros – cuentan a su vez Francesco y Monica, los padres de Vittorio y Giovanni – nos regalaron una sonrisa; fue lindo estar allí con las otras familias que han vivido nuestra misma realidad… Nos permitió intercambiar ideas y consejos, para poder acepatr a lo mejor el gran sufrimiento vivido. Cuando el sufrimiento te llama, es difícil contestar, alejarse del trabajo, de las cosas que parece imposible dejar. Nosostros contestemos aunque con gran esfuerzo, pero en el mismo tiempo nos estuvieron cerca personas especiales”.

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