La verdadera cara de Dios

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avvento

La calidad ética de la relación, en el mismo tiempo personal y comunitaria, está marcada de manera decisiva por el amor, que se clasifica como el actitud moral normativa de la persona en relación.

Existe un fuerte vínculo entre justicia y amor. El amor de Dios y de Cristo están inseparables de aquello hacia el próximo, sobretodo hacia los sufrientes. De conformidad con la parábola del buen samaritano, podemos notar como los que pasan a lado del hombre en tierra no se dan cuenta de él. Sólo uno se para, y todo lo que sucede será el efecto automático de este momento de atención. Pues bien, justo este gesto de atención revela al mismo tiempo la justicia y el amor. Él que hace este gesto de atención acepta de hacerse pequeño y no crecer su poder, cumple este gesto sólo porque el otro existe, independientemente por él mismo. Y para hacer esto se anula y se pone en la condición del otro.

El amor de este acto hace visible la fe y la esperanza: Dios mismo está presente al mismo tiempo en quien actua en favor del otro, sino también en el pobre que sufre. Es un acto de amor que sucede y existe sólo en Dios y por Dios. Se trata, por tanto, de la justicia, la única práctica que puede elevar la humanidad hacia la igualdad. Dios mismo se encarna al centro del sufrimiento para poder, desde allí, revelarse a los que sufren y a los que tienen compasión. Él, entonces, es quien hace el ser humano capaz de salir de su autosuficiencia y hacerle experimentar la fe que, en la caridad y en el cuidado hacia el sufriente, es capaz devolverle su subjetividad, convirtiéndolo en sujeto activo de su propia historia. Reconocer el derecho del otro significa, por tanto, reconocer el derecho de Dios que se hace presente en la cara del otro; significa “reconocer el derecho de Cristo que se hace exigente en el sacramento del hermano”.

Por este dinamismo del amor, entonces, la justicia adopta un espesor exquisitamente ético en que el otro se manifiesta con una cara de hombre, que requiere como hemos visto, atención y respeto. Es la caridad, en este sentido, que lleva a la justicia.
El amor, observa Benedicto XVI, es un aspecto ineludible: “Quien quiere deshacerse del amor se dispone a deshacerse del hombre como hombre”.

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