La oración de las Cuarenta horas: un “gimnasio” para el espíritu de los fieles El reconocimiento oficial de la Iglesia se realiza con el Pontífice Pablo III el 28 de agosto de 1537

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Entre las muchas devociones, una bastante antigua es la llamada práctica de las Cuarenta horas, en recuerdo de las horas que el Señor transcurrió en el Sepulcro, son un tiempo di gracia. Para nosotros los cristianos la Eucaristía es el corazón de nuestro credo religioso, su valor es infinito porque Cuerpo, Alma, Sangre Y Deidad del Salvador. Es una devoción muy fuerte capaz de suscitar unas conversiones, volver a tomar esta devoción de manera más continua sería la mejor revolución hoy, para este mundo que perdió el camino del bien.

Se remonta al 1214 cerca, la primera traza de esta oración, rezada en la iglesia de S. Silvestro, donde nació una confradía “In Coena Domini”. Gracias a P. A. Bellotti en 1528, (fecha histórica por el Saqueo de Roma) del orden agustino, se constituyó la escuela del S. Sepulcro, empezando a divulgar las Cuarenta horas no sólo durante la Semana Santa. El reconocimiento oficial con el Pontífice Pablo III el 28 de agosto de 1537, una práctica querida a la ciudad milanesa dirigida por S. Carlo Borromeo, una temporada difícil aquello a causa de la menaza turca y por la difusión del protestantismo.

En 1550 en Roma, San Filippo Neri hizo una exposición de las Cuarentas horas el primer domingo del mes en San Salvatore in Campo y en varias Confradías. Otra intervención es de Clemente VIII en 1592, suya es la Bolla Graves et diuturnae con que se insituyó de manera canónica el “turno constante” de las Cuarenta horas, es decir una oración continua, rezada durante todo el año. El objetivo era implorar la Misericordia de Dios por su Esposa, guardar sus hijos por cada tipo de mal.

La Compañía de Jesús e los Capuchinos tienen el mérito por la divulgación de la oración, los religiosos de hecho trajeron la devoción en Europa. Se rezaba especialmente delante de un peligro preanunciado como una guerra, una epidemia, una manera para pedir el ayuda de Jesús. Hay que mencionar los diferentes documentos eclesiásticos como: la encíclica Aeternus rerum Conditor, del 6 de agosto de 1623 de Papa Urbano VIII, que ordenó que estas Santas Horas fueran celebradas en todas la Iglesia universal. Sigue en 1606 la Instructio de Pablo V, y la de Papa Inocencio XI en 1681.

Hay dos formas con que se puede desarrollar la devoción: un turno anual itinerante de adoración de iglesia en iglesia, sustenida en grandes capitales, o la otra forma practicada en unos períodos del año liturgico, hecha a veces sin el adoración de noche, que es la más común. Las Cuarenta Horas hasta el XVIII siglo, se practicaban unos días antyes de la Cuaresma, como reparación a las inicitivas descaradas de carnaval, un acto penitencial de la comunidad. Será en 1731 que esta oración toma su forma definitiva gracias a la Instructio Clementina. La Hostia consagrada expuesta para el adoración, esto se desarrollaba por una temporada de 40 horas divididas en tres días; obviamente se quiere llamar una simbología bíblica, de hecho el número 40 en la tradición judáica indica un tiempo de purificación para lograr la salvación.

Sin embargo este número representa también el tiempo duro del sufrimiento, del ayuno y de la punición, como el Diluvio Universal 40 días y 40 noches, los 40 años transcurridos en el desierto por los Hebreos para entra en la Tierra Prometida, el ayuno en el desierto de 40 días del Cristo. Las Cuarenta Horas tienen el efecto de la que llamamos la “misión popular”, un instrumento válido para la evangelización, un gimnasio del espíritu, cuando el alma está entrenada a la oración encontrará el tiempo y tendrá la necesitad de dialogar con Dios.

La fuerza de la oración hoy está subestimada, sin ella no se alcanza la paz. Falta la caridad hacia el próximo, el diálogo está reducido a una comunicación rápida y virtual, no se aprecia el silencio, la naturaleza, el esencial. Todos tienen una vida frenética y mientras el Señor nos espera pacientemente, nuestra atención está dirigida hacia lo que pensamos que es importante para nosotros. Quizás hay que hacer unos pasos atrás, recuperare la genuinidad de estar junto a Jesús, de confiar en Él como niños, los pequeños y los humildes son los que pueden renovar el mundo.

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