“ASTRAL”, UN VELERO DE LUJO AL RESCATE DE REFUGIADOS

74
astral

Son las tres de la mañana y un tímido olor a café empieza a envolver el puente de un velero en pleno Mediterráneo. Los buenos días de quienes se levantan se intercalan con las buenas noches de quienes ponen fin a la jornada. Arranca el tercer y último turno de guardia en el Astral de Proactiva Open Arms.

El mar está en calma por primera vez en cinco días. En la distancia de veinte millas a la que nos encontramos apenas parecen unas leves ondulaciones sobre la superficie del agua, pero en las costas libias se transforman en olas de tamaño algo más considerable. Nada excesivo y sin embargo con la suficiente fuerza como para plantar cara a los esfuerzos de los traficantes por empujar mar adentro las sobrecargadas embarcaciones de goma.

Este día es distinto. Este día el Mediterráneo es un pacífico plato arropado por la más completa oscuridad que solo un manto de estrellas se atreve a romper. A esta penumbra se enfrentan los refugiados cuando embarcan. A un mar de aguas negras cuyo horizonte apenas se diferencia del cielo. Oscuro, abrumador, peligroso y mortal. La International Organization for Migration (IOM) calcula que más de 3.200 personas han perdido la vida en sus aguas en lo que va de año, pero seguramente sean muchas más.

Pocos minutos antes de las cinco y media de la mañana suena la radio en el Astral. La fundación MOAS (por sus siglas Migrant Offshore Aid Station) ha avistado una embarcación de goma y piden a los barcos de la zona que estén alerta por si aparecieran más embarcaciones. Savvas Kourepinis, al mando de la guardia, salta de su asiento para anotar las coordinadas al tiempo que el capitán, Albert Bargués, comprueba en el radar quiénes están más cerca. Aún falta algo más de una hora para que salga el sol, pero la jornada ya ha comenzado para el Astral y, en pocos minutos, la tripulación al completo está lista para saltar a las lanchas.

Las embarcaciones de refugiados salen de tierra rondando la medianoche y, dependiendo de la distancia a la que sean avistadas, pueden pasar un mínimo de cinco horas en el mar. “Ahora hay más barcos vigilando la zona y es más difícil que ocurra, pero a principios de verano nos encontramos una embarcación que llevaba casi dos días a la deriva”, recuerda Nico Schachinger, uno de los pilotos del Astral, un barco que ya ha salvado a 12.500 personas.

Objeto ya casi habitual de reinvenciones, esta es la tercera vida del Astral. El motovelero fue concebido originalmente en los años 70 como barco escuela estadounidense, y adquirido por Livio LoMonaco años después para ejercer de lujosa embarcación de recreo. Al igual que ocurrió con Óscar Camps y la creación de Proactiva Open Arms, fueron las imágenes llegadas del Mediterráneo las que empujaron al empresario italiano a ceder su barco a la ONG catalana para colaborar en el rescate de refugiados. Durante semanas se afanaron en convertir los 30 metros de eslora del barco de recreo en uno medicalizado: arreglar averías, eliminar objetos de lujo, incorporar un camarote-enfermería, dotar de tecnología y mejorar los sistemas de comunicación para poder colaborar con otras organizaciones en alta mar… A principios de verano y unos 300.000 euros después, el que durante una década fue conocido como Luis Ginillo renació convertido en el Astral.

A tratar de poner freno a esta terrible cifra se dedican varias ONG, como Proactiva Open Arms: un grupo de socorristas de Badalona que, tras ver las imágenes de lo que estaba ocurriendo en las costas griegas, decidieron trasladarse a la isla de Lesbos como voluntarios. Esta dedicación les llevó a principios de verano hasta el Mediterráneo, y llevan desde entonces recorriendo los límites de las costas libias y colaborando en las tareas de rescates.

Tras el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, el flujo de la ruta terrestre disminuyó al tiempo que la maritima se disparaba. No sorprendió a nadie. Era el paso lógico, el esperado, y por eso varias ONG ya se habían lanzado al mar para actuar mientras gobiernos e instituciones se afanaban en poner parches en forma de cierre de fronteras. Médicos Sin Fronteras, Sea-Watch, Save The Children, Jugend Rettet, Proactiva Open Armas… Las embarcaciones de las ONG se coordinan con los buques militares presentes en la zona, como el español Reina Sofía o el irlandés James Joyce. La cooperación entre todos es fundamental para asistir al mayor número posible de personas.

Una vez localizadas, se impone el protocolo. Tranquilizar a sus ocupantes y sobre todo asegurarse de entregar chalecos salvavidas. La mayoría de estas personas se enfrenta por primera vez al mar y son pocos los que saben nadar. Cualquier movimiento en falso puede hacer que las excesivamente sobrecargadas barcas cedan y acaben en el agua. En esos casos, es el ya icónico objeto naranja el que puede marcar una mortal diferencia.

“¿Cuántos niños lleváis? ¿Hay alguna mujer embarazada a bordo?”. Rafael Bethencourt, médico de emergencias y socorrista, grita encaramado a la proa de una de estas lanchas de rescate. “Tenemos 10 mujeres, cuatro de ellas embarazadas, y siete niños”, contesta uno de los hombres desde la inestable barcaza de madera.

En otra de las primeras intervenciones, una mujer nigeriana es trasladada a una de las lanchas. Aunque incipiente, su estado de gestación le impide moverse con facilidad, y solo alcanza a recostarse en el suelo mientras cuenta su historia. “Tuve un aborto en Libia. Unos extraños entraron en la casa e intentaron violarme zarandeándome de arriba a abajo, y perdí el bebé”. Según un reciente informe publicado por UNICEF, cerca de 28 millones de niños se han convertido en refugiados al huir de la violencia e inseguridad de sus hogares. Cuando la situación está controlada, las lanchas rápidas trasladan a los refugiados a los diferentes barcos de salvamento -militares o humanitarios- que se encargarán de transportarlos hasta Italia.

Al día siguiente, la rutina se repite. El mar no está tan calmado y han salido menos embarcaciones porque el peligro es mayor. Una de las primeras lanchas de goma asistidas por Proactiva Open Arms es buen ejemplo de ello. Cuentan que llevaban unas tres o cuatro horas navegando cuando algo terrible ocurrió. Atrás quedaban las costas libias, las semanas de trabajo esclavo para costear el pasaje, los kilómetros de travesía desde Sudán del Sur, Gambia o Siria. Por delante, el mar. Unas trescientas millas de desconcierto y el que ellos creen último paso antes de llegar a Europa; antes de estar a salvo.

Tres o cuatro horas navegando. Técnicamente, ni siquiera habrían salido de territorio libio cuando una bofetada de agua arrastró a cuatro de ellos fuera de la lancha sin que nadie pudiera hacer nada. Muchos de los pasajeros no habían visto nunca el mar. No sabían nadar. Así que esas cuatro vidas se perdieron mientras el resto continuó arrastrado por la marea. El centenar de personas que fueron localizados por las embarcaciones de salvamento horas después, ya estarán en Italia. De los otros cuatro, puede que nunca lleguemos a saber nada. ¿Eran bangladesíes o sirios? ¿Adolescentes o padres con hijos? ¿Viajaban solos o les esperaba alguien en tierra? Solo sabemos que desde ese día suman cuatro puntos más en las demoledoras estadísticas de personas ahogadas en el Mediterráneo.

www.elmundo.es

Avviso: le pubblicità che appaiono in pagina sono gestite automaticamente da Google. Pur avendo messo tutti i filtri necessari, potrebbe capitare di trovare qualche banner che desta perplessità. Nel caso, anche se non dipende dalla nostra volontà, ce ne scusiamo con i lettori.

No hay comentarios