BARACK OBAMA CIERRA SU MANDATO SIN ACABAR CON LA BRECHA RACIAL

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Los ‘Humvees’ -los gigantescos jeeps blindados que han salido en tantas fotos de las Guerras de Irak y Afganistán– patrullaban hoy discretamente por Charlotte, una ciudad cuya área metropolitana tiene más de dos millones de habitantes, lo que la convierte en la mayor del Estado de Carolina del Norte. De hecho, acaso alguno de esos Humvees ha estado en Irak o en Afganistán. A fin de cuentas, 23 de los 191 militares de Carolina del Norte muertos en esas dos guerras pertenecían a la Guardia Nacional de ese estado.

Pero los ‘Humvees’ y la Guardia Nacional no habían ido a Charlotte a proteger a la población de ningún atentado. Todo lo contrario. Estaban allí para proteger a los ‘charlotteans’, que es el gentilicio de la ciudad, de sí mismos. El lunes, el agente de policía Brentley Vinson mató a tiros a Keith Lamont Scott, que estaba aparentemente desarmado aunque se enfrentó con los agentes.

Vinson es negro; igual que Scott. Pero la muerte ha desatado una oleada de manifestaciones y saqueos que ha dejado un muerto por un balazo y que llevó a Pat McCrory, el controvertido gobernador de Carolina del Norte – un estado que está sufriendo un boicot de empresas, organizaciones, competiciones deportivas y hasta grupos de rock por su política hacia los homosexuales – a declarar el estado de emergencia y a llamar a la Guardia Nacional. La alcaldesa de la localidad, Jennifer Roberts, ha impuesto el toque de queda de 00.00 a 6.00 horas y “estará en vigor cada día” mientras Charlotte siga en estado de emergencia.

Sin embargo, cientos de personas han desafiado el toque de queda en la militarizada ciudad. Los manifestantes llenaban las calles y protestaban de forma pacífica y no tenían intención alguna de abandonarlas. La Policía optó por no imponer el toque de queda y esperar. Hacia la 01.30 hora local (05.30 GMT), la mayoría de personas dieron por terminada la protesta, informa Efe.

La Guardia Nacional en la calle por conflictos raciales trae malos recuerdos en EEUU. Recuerdos de 1968 en Washington, de 1962 en Mississippi, de 1957 en Arkansas… Esa vuelta a lo por del pasado es parte del parte del legado de Barack Obama, el presidente ‘post-racial’ que juró el cargo hace 7 años, 9 meses y 3 días proclamando ante los dos millones y medio de personas que habían ido a Washington a ver la ceremonia, que “el suelo se ha resquebrajado. Las discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo no funcionan más”. Era el día en el que el hijo del luchador por la igualdad Martin Luther King publicó un artículo en ‘The Washington Post’ afirmando que el sueño de su padre, 45 años, antes, de que EEUU “haga realidad su credo” se había cumplido.

Pero el asesinato de King en 1968 provocó una oleada de disturbios que redujo el centro de Washington – precisamente lo que ahora es la zona ‘hipster’ de la ciudad, Logan Circle – a escombros, y obligó a desplegar la Guardia Nacional en la capital del país. La misma Guardia Nacional que está en Charlotte, que también es uno de los mayores centros financieros de EEUU. Y la misma Guardia Nacional que fue desplegada hace 5 semanas en la ciudad de Milwuakee, en Wisconsin, después de otra oleada de saqueos desatados cuando la policía local mató a Sylville Smith, de 23 años, que había huido al ver a los agentes y que llevaba una pistola. Smith era negro. También lo era Dominique Haggan, el agente que lo mató.

La promesa de Obama no se ha cumplido. La llegada del primer presidente negro fue acogida como el símbolo de que la distancia entre las razas había desparecido en EEUU. “No tenemos tiempo para más excusas”, dijo el presidente en mayo de 2013 a un grupo de la universidad negra Morehouse, en Atlanta. Ahora, esa frase suena a Donald Trump, el candidato que ha optado por el voto blanco para competir contra Hillary Clinton, la heredera de Obama, en las elecciones. Como suele decir Trump, “no podemos permitirnos el lujo de ser políticamente correctos”.

Los ‘Humvees’ que patrullan por las ciudades de EEUU por las explosiones de violencia racial son el mejor ejemplo de que Obama ha fracasado en su misión de unificar a su país. El primer presidente negro de la Historia de EEUU se marcha de la Casa Blanca dejando las relaciones raciales en su peor momento en cuatro décadas y media. Acusado por una oposición inmisericorde, Obama no ha sido capaz de mantener el voto de la clase obrera blanca que sí supo cultivar su predecesor Bill Clinton, y ha convertido al Partido Demócrata en una amalgama de blancos con un nivel educativo alto, afroamericanos, hispanos, y asiáticos.

A cambio, el Partido Republicano ha reforzado la ‘estrategia del Sur’ que lanzó Richard Nixon en 1968, y explotar el miedo de los blancos -sobre todo, de los blancos pobres- a perder su primacía cultural y social, toda vez que desde el punto de vista económico muchos de ellos están cayendo a los niveles de las minorías: hispanos, negros, e indígenas. En esa situación, los negros, que son el grupo minoritario más organizado y con una mayor conciencia de ser los perjudicados en la sociedad, están adquiriendo un tono reivindicativo como no se veía desde los setenta. Entretanto, los asiáticos han sido comparados por el ‘Wall Street Journal’ con “los nuevos judíos”, porque la discriminación que sufren no les impide alcanzar las cotas más altas de éxito profesional. Así, Obama deja EEUU con la Guardia Nacional patrullando las calles, y con los dos partidos representando a razas diferentes.

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