OS DIGO CUÁL ES LA MADRE DE TODAS LAS CRISIS…

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La familia no sabe qué es la discriminación religiosa, sino más bien el intercambio de las alegrías y de las penas de la vida común; no vive de conflictos, como hacen las Naciones, sino de relaciones de buena vecindad y de ayuda mutua; nada sabe y ve de las enemistades de los gobernantes, pero comparte el pan del amistad y la necesitad de la solidaridad.

Si la crisis es espiritual, la solución tiene que ser espiritual, es decir tiene que interpelar a los principios de hermandad, de comunión, de sincera y operosa acercanía que nos permiten llevar de la mano la historia y no consignarla al olvido violento y a aquel nuevo paganismo moderno, representado por la indiferencia, como ensenaba ayer Papa Francisco y que está dramáticamente afectando las nuevas generaciones, nuestros hijos siempre más huérfanos de padres y de paternidad constituidas al servicio de la historia.

Por esto ahy que rogar, como en los días pasados en Asís. Quien ruega encuentra Dios y se encuentra con los demás. La cultura del encuentro, así fuertemente recomendada por Papa Francisco, nace en quien sabe cultivar la oración como antes e infalible camino para la construcción de un mundo nuevo.

Ahora es necesario tener una visión amplia de la oración, total, inagotable. La oración es una realidad de quien ningún hombre nunca exploró las fronteras. Es una permanente obra de descontaminación del mal espiritual por toda la familia humana. Quien se abre al conocimiento de la experiencia propia de las grandes religiones, percibirá inmediatamente que lo que de verdad les auna es el amplitud universal de la búsqueda de Dios a través de aquella actividad espiritual que nosotros los creyentes llaman oración.

Tuvimos otra confirmación en el Encuentro en el “espíritu de Asís” que terminó justo martes 20 de septiembre con la presencia de Papa Francisco. La oración es como la vida. A pesar de todos los intentos de la ciencia y de la tecnología, más que ser definida hay que ser vivida. Sólo quien ruega aprende a vivir: se conoce como hombre, se reconoce como persona, aprende a reconocer que el otro siempre es un regalo, nunca un problema por su diversidad.

Sì para vivir de verdad, hay que rezar, porque nada más que la oración nos enseña a guardar el amor recibido y nos pone a dar amor. La oración es la mejor fuente de extroversión y de éxodo de si mismo que se pueda desear; es la mejor escuela de relaciones pública que existe, porque quien aprende a hablar a Dios, sabe también a los hombres.

Y a rezar se aprende justo en familia, ciertamente antes que en otros lugares para la educación religiosa. Mirando a los jóvenes, uno de los principales errores que nuestra generación de “padres” está haciendo, es justo lo de no querer más invertir en espiritualidad como fuente de bien común; en espiritualidad como fuente de cerdadera socialidad humana.

En la oración está el secreto de verdadero humanismo, de un “humanismo espiritual”, que incluye Dios, que no lo excluye de la historia utilizando una jurisprudencia, de una ciencia, de una tecnología que desafía la creación, las criaturas, el Creador.

Sólo la oración no deforma el hombre, sino vuelve a crearlo, como en el día de su primera creación. No para sólo las guerras y obtiene milagros. Mientras tanto nos hace personas mejores, capaces de un pensamiento más alto y profundo; capaces de interioridad en un tiempo demasiado a menudo cubierto de exterioridad.

Ocurre creer que los hombres y las mujeres de la oración sean los verdaderos sabios, gobernantes, liberadores de la tierra. Ellos son la mayor reserva de esperanza por este nuestro mundo, una reserva infinita de sabiduría divina y humana. Son los ambassadores del amor y de la paz, que navegan la historia abriéndola a los nuevos senderos del Espíritu de Dios.

Son los verdaderos defensores de los valores más auténticos de la humanidad, porque es en la oración que la conciencia quiere su verdadero bien, la verdadera libertad y hace de la tierra un verdadero espacio de hermandad y de compartición del amor.

La paz se alimenta de los pensamientos, de los deseos, de las resoluciones del corazón, antes que de la mente de un “corazón puro”. Y nada más de la oración tiene el poder de mantener puro nuestro corazón de todas las intenciones malas que están dentro de él, como enseña Jesús mismo: no es la historia que contamina el corazón del hombre, pero el corazón del hombre cuando no se queda puro.

El hombre “sin corazón” es un hombre sin amor y religión, porque al final el ateismo es un vivir sin corazón. Es atea una política sin corazón; es atea una economía sin corazón; es atea una cultura sin corazón; es atea una solidaridad sin corazón; es atea una familia sin corazón. Porque “Dios es amor”. Un amor humilde y humillado, nos ensena cada día Papa Francisco, que sigue siendo crucifijado en las familias que viven alrededor de nosotros, que faltan de todo, que pierden todo, que invocan una mirada misericordiosa y un empeño nuevo, más robusto, más compartido.

Ahora nos corresponde a nosotros rezar y trabajar. Dar a la oración una encarnación contemporánea, inteligente, operatíva. Si una familia nos quiere, se deduce que una casa también sirve! La casa no sólo huéspeda una familia, sino aún antes señala su existencia. La casa no sólo es un espacio habitativo, sino sobrtetodo es el lugar en que todas las relaciones de proximidad son fundadas y experimentadas. A amar se aprende amando; a vivir se aprende viviendo; a ser familia estando en familia.

Una casa, la casa del Papa para todas las familias del mundo. Una especie de “casa madre”, de muchas otras cosas y centros que surgirán en otros lugares estratégicos del mundo, como guarnición de humanidad, como plataforma de proyectos humanitarios dedicados a las diferentes emergencias que la familia sufre (pensamos a Líbano y Jordania).

Mientras tanto hemos empezado a poner hogar en Nazareth, bajo la mirada de la Sagrada Familia de Nazareth. En Nazareth, lugar donde todo empezó y donde todo puede recomenzar. Uno de los lugares aún pacíficos de Tierra Santa, ciudad preservada por Dios, donde está el 35% de cristianos delante de porcentaje bajo del 1,5% de otras ciudades de Israel. Una primacía que nos indica la vitalidad de la tradición de la familia cristiana y de la convivencia entre cristianos y musulmanes, sino también hebreos; una historia que puede contagiar de nuevo amor por la vida las familias de todo el mundo.

Un maravilloso reto que tiene en si mismo una gran oportunidad: hacer que alrededor del asunto de la familia se pieda encontrar, justo a partir de la Tierra Santa, una nueva unidad de intentos y de obras, en un territorio en que ocurre construir por nombre de Papa Francisco un puente entra las religiones, un puente a medida de familia, donde, no olvidamos, desafortunadamente levantaron un muro.

Relación de Salvatore Martinez, presidente de la Fundación Vaticana Familia de Nazareth, leída durantela convención: “La madre de todas las crisis es espiritual!”

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