UNA INVITACIÓN A AMAMANTAR EN LA IGLESIA (Y A DEJAR DE CRITICAR A QUIEN LO HACE)

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amamantar

Soy mamá de tres niños, y aunque vivo en San Francisco –la tierra de los vegetales orgánicos en cada esquina y del compostaje obligatorio– nunca me vi a mí misma como una chica-icono de la lactancia materna, pero en los últimos ocho años, desde que nació mi hijo mayor, he pasado exactamente 43 meses de mi vida amamantando a un niño.

Seguramente te has hecho una idea sobre la persona que debo ser si actúo así. Debo de ser un espíritu libre. Debo usar pantalones cortos y sandalias Birkenstock y coserme sola mis camisetas con flores. Debo ser una de esas mujeres que no llevan sujetador y no tienen problemas en mostrar los senos frente a las personas que van al parque, mientras mi hijo de cinco años dice: “mamá, ¿puedo beber de tu seno, por favor?”

Para responder a tus preguntas: No, mis hijos más grandes no son amamantados. No, no me coso las camisetas. Y no, no soy –y nunca lo he sido– una mujer que la gente describiría como hippy. Me maquillo y me pongo el sujetador en público. Me reservo a mostrar los senos en el parque (y en cualquier otro lado). Y sí, aún amamanto a mi hijo de 17 meses.

Ace tiene Síndrome de Down y tiene retrasos en muchas áreas de su desarrollo. Es grande como un niño de un año y se alimenta cinco veces al día, a pesar de su edad y de que no haya nunca planeado seguir amamantando a un niño a los 17 meses. Ace rechazó el biberón desde que tenía tres meses, y está trabajando con un terapeuta para entrenar los músculos de la boca para beber de un vaso. Lo amamanto porque no podría recibir todos los nutrientes líquidos de un vasito.

Nuestra vida está llena, por eso lo amamanto en la sillita mientras voy a recoger a mis hijos más grandes a la escuela o durante las clases de natación de mi hijo de ocho años, o durante el partido de fútbol del de cinco. Lo amamanto en el parque y en el supermercado. Lo amamanto mientras juego a juegos de mesa en el suelo de la sala. Y sí, lo amamanto en la iglesia. Si no lo amamantara en público no lograría cuidar de mis hijos mayores. Si no lo amamantara en público decaería. En 2014, el papa sorprendió a muchas personas cuando animó a algunas mamás de niños que esperaban que sus hijos fueran bautizados a amamantar a sus hijos que lloraban. Sí, entendía que debían amamantar a sus hijos. En la iglesia.

Citando al Pontífice, “cuando un niño llora porque tiene hambre, les digo a las mamás: si tiene hambre, dale de comer aquí, con toda libertad”. Es maravilloso cuando un líder espiritual reconoce el don bueno y poderoso que Dios ha dado a la mayor parte de las mamás y a sus hijos: la alimentación, simple alimento para los jóvenes que deben crecer.
Cuando el Papa les dijo a las mamás que adoraban a Dios detrás de él que amamantaran a sus hijos, acogió una visión más sana y llena de gracia de las familias en la Iglesia.

Podría haber quien escucha las palabras del Papa y sacude los hombros. Es obvio que las mujeres deberían amamantar en la iglesia. ¿Por qué debería ser un argumento en discusión? Existen muchas otras personas, sin embargo, que consideran el acto de la lactancia, y la exposición requerida (aunque se cubra), inapropiada para un lugar de adoración. Después de todo, sabemos lo que está sucediendo bajo el velo con el que uno se cubre, y no es precisamente algo que respecte la reflexión santa y pía

No estoy de acuerdo. Quizá amamantar en la iglesia para algunos es algo incómodo, pero si es así es porque no se reconoce la bondad de alimentar a un bebé. Incomoda porque a veces crea confusión, porque a veces hace ruido, porque en nuestra cultura el seno está hipersexualizado. El seno de una mujer puede distraer de la adoración, pero no debería ser así.

Hasta que la Iglesia no escoja rechazar la obsesión de nuestra cultura por la hipersexualización del cuerpo femenino, no nos daremos cuenta de los dones que Dios nos ha hecho. Dios ha creado a las mujeres para que puedan alimentar y proteger a sus hijos, tanto en sentido literal como figurado, y esto debería celebrarse. No existe mejor lugar para alimentar a un bebé que en el que cada semana Jesús ofrece su propio cuerpo y sangre para nuestra alimentación espiritual.

Amamantar no es un debate, sino una oportunidad de mostrar compasión. Algunos insisten en el hecho de que amamantar es algo privado que se debería hacer en casa. Hay personas que conectarán la modestia a la lactancia y subrayarán pasajes de la Escritura que dicen que las madres deberían ir muy cubiertas a la hora de dar el pecho. Otros determinarán un límite rígido para establecer cuándo los niños están lo suficientemente grandes para dejar la lactancia.

Y luego están los que juzgarán rápidamente a una mujer que no puede amamantar o que ha elegido no hacerlo. Al considerar la diversidad de las convicciones sobre la lactancia, las mujeres de todas las opiniones y todas las opciones han sido etiquetadas como débiles, insensibles o al contrario.

Cuando se habla de elecciones de las mujeres o de los estándares parentales, hay campos para todo tipo de convicciones particulares y existe siempre un motivo para decir que una madre es un fracaso. Y luego están las palabras del papa Francisco: “Mamás, den a sus hijos la leche. Incluso ahora, si tienen hambre y lloran, pueden darles su leche”.

La iglesia debería ser un lugar en el que se enfrenta el hambre, un lugar en donde las personas con problemas, los débiles y sí, incluso las madres exhaustas que dan el pecho, son acogidas con favor.

Entre todos los posibles lugares, llevamos a nuestros hijos a la iglesia y les damos el pecho. Seguimos las huellas de Dios que nos da cosas buenas, que alimenta, que provee. Y alimentamos la compasión de unos a otros. Después de todo, yo soy la mujer que da el pecho a su bebé preocupada por su peso y por su desarrollo muscular, mientras que tú podrías ser la mujer que no produce leche y que llora cada vez que prepara un biberón de leche artificial.

Deberíamos escuchar las historias de todos y escoger la misericordia antes que el juicio. Lo que cuenta es la espléndida obra de dar y sostener la vida. Lo que cuenta es cómo nos acogemos y cómo mostramos compasión, independientemente del hecho de que suceda bajo un paño en las bancas al fondo de la iglesia o mientras recibimos la Eucaristía en el altar.

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