LA DIFÍCIL ‘VUELTA AL COLE’ DE LOS NIÑOS REFUGIADOS DE IRAK

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No hay nada que le guste más a Mirna que ir al colegio. Porque tiene un sueño que quiere hacer realidad. Ser abogada y poder ayudar a otros niños como ella. Por eso, cada día, pone todo su esfuerzo en aprender. “Me llamo Mirna, tengo 10 años y mis aficiones son la natación y la música”. Mirna se presenta como cualquier niña de su edad: contando qué le gusta hacer y qué quiere ser en el futuro. “Me gustan la lectura y las ciencias. Cuando sea mayor, quiero ser abogada”, explica antes de añadir que le gustaría tocar el violín ante la mirada ilusionada de su madre, Nagham Yousef Abdalmasih. Mirna vive en un campo de desplazados en pleno Erbil con sus padres y su hermana pequeña. Todos huidos de Qaraqush, una aldea próxima a Mosul, cuando el grupo yihadista Estado Islámico se hizo con el control de la ciudad y parte de la provincia y sembró el terror entre los civiles. Desde que escaparon, en junio de 2014, se han mudado varias veces, hasta que finalmente llegaron a Ankawa, el barrio cristiano de la capital del Gobierno autónomo del Kurdistán, donde ahora viven. Su ‘hogar’ es una caseta prefabricada de una única habitación en un pequeño asentamiento donde viven refugiados acogidos por la iglesia del barrio. A Mirna le gusta mucho estudiar y leer. Habla como si fuera mayor de lo que es. “Quiero ser abogada para defender a los niños y luchar por sus derechos, para defender a la gente inocente y que todos podamos vivir en paz en mi país”, dice la niña sentada en la habitación, decorada con imágenes de la Virgen María y muñecos Teletubbies. No hay estantes con libros. Ni violines. Tampoco ninguna piscina cerca.

“Leo mucho, estudio duro y voy a seguir todos los pasos para ser abogada: primero, la escuela; luego, el instituto y después haré realidad mi sueño”, continúa la pequeña. Junto a ella, su madre acota en voz baja: “No estamos seguros de que consiga su sueño por la situación que estamos viviendo”. Y es que los niños desplazados y refugiados como Mirna afrontan estos días una difícil vuelta al cole. Más de millón y medio de niños iraquíes han sido forzados a huir de sus hogares a causa de la violencia yihadista. Una de cada cinco escuelas del país está inutilizada y casi 3,5 millones de niños en edad escolar no tienen acceso a la educación, según Unicef. En los campos de acogida diseminados por Erbil y la provincia hay escasez de aulas, de libros y de profesores. Además está la barrera del idioma, ya que los niños árabes no hablan kurdo y los currículos en esta región son diferentes del resto del país. “Nuestros hijos se están perdiendo. Pensamos en irnos del país, por el futuro de nuestros pequeños. Me gustaría que Mirna se convirtiera en violinista. Pero sé que no tiene esperanzas ni oportunidades”, reflexiona Abdalmasih, de 29 años. A 35 kilómetros de Erbil, en el campo de refugiados sirios de Kawargosk, el 95% de los niños acuden a la escuela primaria, construida en 2013. Los profesores son también refugiados, pero debido a que sus salarios son escasos y a veces impagados por el Gobierno autónomo kurdo -sumido en la crisis económica-, el pasado curso la escuela se quedó prácticamente sin maestros. “Muchos emigraron a Europa o cambiaron de trabajo, porque no les llegaba el dinero para subsistir”, explica Rawand Nagaat, director de la escuela. “Unicef tuvo que suplir esta ausencia, trayendo y pagando a profesores nuevos”, añade.

La enseñanza primaria en Irak es mixta, pero al llegar la secundaria, niños y niñas se separan. El problema es que en los campos de desplazados y refugiados, donde los recursos son escasos y faltan infraestructuras, material escolar y profesores, segregar las aulas genera problemas adicionales. En ocasiones, la secundaria mezcla a los alumnos y los padres se niegan a enviar a sus hijas. Otras veces, directamente sólo se enseña a los niños. De este modo, muchas menores se ven privadas de educación secundaria a partir de los 13 años. Mirna todavía tiene 10 y puede seguir su aprendizaje, pero una sombra de duda la acecha. “Si mezclan a nuestros niños, no podemos controlar su comportamiento ni su adecuada educación”, piensa la madre de Mirna, cuya familia es cristiana.Es a partir del momento de acabar la escuela primaria cuando las niñas refugiadas y desplazadas se enfrentan a otro cruel destino. “Cuando las niñas crecen, entre los 14 y los 16 años, las familias las casan. Se fijan en su cuerpo, pero no en su mente”, apunta Hevidar Ahmad, la única mujer del equipo de Protección Infantil del campo de Harsham, en Erbil. Ella se encarga de apoyar psicosocialmente a las niñas que son forzadas a casarse a una corta edad cuando no puede evitar este desenlace.En alguna ocasión ha logrado que las niñas den esquinazo a estos matrimonios, pero Ahmad lamenta que no suele ser así. “Recuerdo a una adolescente de 14 años a la que su familia quería casar con un vecino y logró convencerla incluso de que era decisión suya. La traté y convencí a la familia de que era tiempo de estudiar y no de casarse y finalmente la niña pudo sortear ese destino”. Pero muchas otras chicas no pueden y quedan atrapadas en un callejón sin salida de malos tratos, matrimonios fracasados o problemas en el parto por no estar sus cuerpos suficientemente desarrollados. “En muchos casos, acaban divorciándose en poco tiempo, porque no están preparadas, suelen tener problemas con un marido al que no conocen o sufren violencia de género”, prosigue Ahmad. “Las hay que, pese a todo esto, permanecen casadas porque tienen bebés y temen el qué dirán, pero no tienen relación con su esposo. Las que se divorcian, viven bajo el estigma: los padres no las dejan salir por vergüenza”.

En Harsham, con mayoría de desplazados de Mosul y provincia (tras caer bajo control del Estado Islámico en 2014) no hay escuela secundaria para chicas y las familias se niegan a enviar a sus hijas a estudiar en clases mixtas. Este es el momento de mayor riesgo de matrimonio para las menores. El 20% de los casamientos entre refugiados y desplazados de Irak corresponden a niñas que no han cumplido los 18 años, según cifras de Unicef.”Los matrimonios tempranos han visto un incremento masivo entre las poblaciones desplazadas y refugiadas en Irak, debido a que las familias lo perciben como una forma de proteger a sus hijas de abusos sexuales o secuestros en los campos o bien por cuestiones financieras”, señala Sidéad Murray, experta en violencia de género de Unicef. “La respuesta a este fenómeno está centrada en los campamentos, pero no es suficiente porque la mayoría de la población refugiada y desplazada vive fuera de los campos y allí no es posible detectar casos”, lamenta. Lejos de la ayuda de las agencias internacionales viven 16 familias yazidíes que ocupan unas casas a medio construir cerca de un hotel de lujo de Erbil. Delvin, una pequeña de 11 años de pelo rojo, alegre y vivaz, vive con sus padres y sus seis hermanos en uno de los esqueletos de hormigón. Para ella y sus vecinos no hay escuela oficial, sino que acuden a clases informales en una tienda. “Me gustaría ir al colegio. Quiero ser doctora”, cuenta. Su padre, Qassem Qawa’l, que en Sinjar era jardinero, se revuelve al escucharla: “Me siento terriblemente mal sólo al pensar qué puede hacer una niña si no va a la escuela. La vida de Delvin y del resto de mis hijos no tiene sentido ahora mismo”.

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