MADRE TERESA, EL PEQUEÑO LÁPIZ EN LAS MANOS DE DIOS

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madre teresa

“Soy como un pequeño lápiz en Sus manos, nada más. Es Él que piensa. Es Él que escribe. El lápiz no tiene nada que ver con todo esto. El lápiz sólo tiene que ser utilizada”. Así hablaba de si misma Madre Teresa de Calcuta. Conocida en todo el mundo, premio Nobel por la Paz en 1979, se definía sólo como un pequeño instrumento en las manos del Creador. Una fuerte marca de humildad y confianza en Dios, un advertencia y una bofetada a los poderosos y a los matones de esta Tierra. Anjezë Gonxhe Bojaxhiu – esto es su verdadero nombre – hoy está canonizada en Plaza San Pedro por Papa Francisco que sabado ha encontrado los participantes al Jubileo del voluntariado y de los operadores de misericordia. Son momentos intensos los que está viviendo la Iglesia: las 100 mil entradas autorizadas en la Columnata de Bernini sólo son la mínima parte de la multitud que participa a la celebración invadiendo calle de la Conciliación y los espacios cercanos. Una multitud que casi se opone a la complexión delgada de la monja que gastó su existencia en India con los marginados.

La obra de Madre Teresa de Calcuta es la prueba clara de cómo el amor pueda generar milagros inimaginables y extraordinarios. Su testimonio, como afirmado por el Santo Padre, “se añade a la inumerable legión de hombres y mujeres que han hecho visible con su santidad el amor de Cristo. Imitamos nosotros también su ejemplo y pedimos ser humildes instrumentos en las manos de Dios para aliviar el sufrimiento del mundo y dar alegría y esperanza de la resurrección”. Nacida el 26 de agosto de 1910, procedía de una familia albanesa de Skopje, hoy capital de Macedonia. “De conformación pequena, pero de fe firme como la roca”, dijo Papa Juan Pablo II, “le dieron la misión de proclamar el amor sediento de Jesús por la humanidad”. La historia del cristianismo cuenta con una enorme legión de personas especiales que han dado unos modeles concretos de seguir e imitar. La figura de Madre Teresa, en el mismo tiempo, hace ver que los santos no son inalcanzables “super héroes”, sino hombres como nosotros que, después de un camino de conversión, han mostrado la victoria del amor y de la esperanza sobre el egoísmo y la muerte.

Las primeras elegidas importantes de esta mujer han empezado a 18 años, cuando dejó su casa para entrar en el Instituto de la Beata Virgen María, conocido como “las Hermanas de Loreto”, en Irlanda, donde en 1937 hizo la profesión de los votos eternales. Fue profesora y directora de la escuela St. Mary antes de la fatídica fecha de 10 de septiembre de 1946. Aquel días, de viaje en el tren de Calcuta a Darjeeling, recibió la “inspiración”, la “llamada en la llamada”, el deseo abrumador de servir a Dios a través del servicio a los últimos. Y es así que fundó las Misioneras de la Caridad, ocupadas en asistir los más pobres entre los pobres. Desde 1948, año en que se puso por primera vez el famoso sari blanco con el borde azul – los colores de la casta de los intocables – tuvo que esperar 1950 antes de que el archidiócesis de Calcuta reconociera oficialmente su Congregación. Esta, luego, obtuvo el Derecho Pontificio gracias a Pablo VI en febrero de 1965. Desde entonces empezó la expansión en todos los continentes con cientos de estructuras de bienvenida y miles de misioneros y misioneras al seguimiento, dedicados a recibir leprosos, moribundos y todos los que viven marginados.

Madre Teresa es el ejemplo de aquel amor que produce altruismo, se enfrenta con la pruebas de la vida y no piensa en la lógica, a la pertinencia. “La gente tiene hambre de amor, porque todos estamos demasiado ocupados”, decía la pequeña grande monja albanesa. Observadora de la sociedad denunciaba abiertamente las injusticias presentes en el mundo, sin dejarse impresionar por nadie y reiterando siempre el respeto por la dignidad de la persona humana desde la concepción hasta la muerte natural. ”Hoy no tenemos más ni siquiera el tiempo para mirarnos, para hablarnos, para darnos reciprocamente felicidad – explicaba – y aún menos para ser lo que nuestros hijos se esperan de nosotros, que un marido se espera de su mujer y viceversa. Y así estamos siempre menos en contacto los uno con los otros. El mundo se cae a pedazos por falta de cariño y amabilidad”.

Una recopilación de cartas publicadas hace unos años ha reforzado lo que ella realizó, sobretodo delante a los que por mucho tiempo han dudado y hostigado su trabajo. Palabras como “noches oscuras”, “aridez espiritual” y “torturas de la soledad” han devuelto a los cristianos – y no sólo – la imagen de una mujer que ha vivido en su propia piel los problemas y los límites de cada individuo con dudas, preguntas, luchas también duras y traumáticas, tan el ámbito de la fe como en lo humano.

La Misionera de la Caridad, por problemas de salud, en algún momento de su camino incluso dimitió del papel de superiora, pero en el capítulo general fue reelegida y así aceptó de nuevo el encargo. Antes de la reafirmación, con una claridad y una cencillez abrumadoras, ha confiado: “No, no estoy jubilada, los pobres no se jubilan!”. Y aún: “No he dimitido de Madre Teresa!”. A pesar de las dificultades, en Madre Teresa nunca se apagó el entusiasmo y la búsqueda constante de aquel Cristo que fue el “gran Ausente” sino también Aquel gracias a l cual sintió una “alegría profunda”. Para ella esta era la felicidad: “que Jesús no sufra más allá de su agonía, sino que quiera sufrirla a través de mí”. El 5 de septiembre de 1997, a causa de graves problemas de salud, Madre Teresa ha dejado su vida terrena para reunirse con el Padre Celestial. En Calcuta su tumba ha llegado a ser pronto lugar de peregrinajes y de oración para gente de cada religión y condición social.

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