ROUSSEFF: “ME ESTÁN SOMETIENDO A UNA PENA DE MUERTE POLÍTICA”

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La presidenta apartada de su cargo Dilma Rousseff jugó ayer en la fase final de su juicio en el Senado brasileño la última carta posible para retomar su mandato. En su declaración y sus respuestas a las cuestiones de los senadores, insistió en la defensa de su inocencia con respecto a las ilegalidades fiscales de que se le acusa y reiteró la idea de que Brasil está “a un paso del golpe de Estado”. Fue aún más lejos al asegurar: “Cesar definitivamente mi mandato es como someterme a una pena de muerte política”.

Entre hoy y mañana, en unas sesiones dirigidas por el presidente del Tribunal Supremo Ricardo Lewandoski para dar garantías constitucionales al proceso, el Senado votará si destituye a Rousseff, de modo que terminaría el mandato en 2018 el presidente interino Míchel Temer, siempre y cuando el impeachment consiga el apoyo de dos tercios de los 81 senadores.

Aunque a Rousseff se le juzga por presuntos delitos fiscales en el retraso de transferencias de dinero a bancos públicos y la aprobación de créditos extra que no fueron votados por el Congreso (medidas ambas que habrían servido para maquillar las cuentas de 2015), el legislativo se plegó en bloque contra la mandataria debido a la tensión política surgida del mayor escándalo de corrupción de la historia del país, el caso Petrobras, y una crisis económica a la que no supo dar respuesta. El ex presidente de la Cámara Eduardo Cunha fue, en la sombra y cuando aún estaba en el cargo, el encargado de aúnar apoyos para destituirla.

Cunha aceptó el proceso de impeachment a partir de las denuncias de los juristas Helio Bicudo y Miguel Reale en diciembre del pasado año, aprobado por amplia mayoría en la Cámara en abril e instaurado en el Senado el pasado mes de mayo, por un resultado de 55 votos a favor y 22 en contra que sería suficiente para la destitución definitiva de Rousseff.

El pasado jueves comenzó en el Senado la sesión final del impeachment a Rousseff con un intercambio de reproches y acusaciones personales entre defensores y detractores del proceso. En la declaración de la ex presidenta y las posteriores preguntas de los senadores, el tono recuperó la normalidad a pesar del convencimiento de Rousseff de que está siendo objeto de “un golpe”. “No es legítimo, como quieren mis acusadores, alejar al jefe de Estado y de Gobierno por no estar de acuerdo con el conjunto de la obra política. Quien aleja al presidente por el conjunto de su obra es el pueblo, sólo en las elecciones”, aseguró.

La mandataria aseguró que concretar el impeachment “resultará en la elección indirecta de un gobierno usurpador, que en su interinidad no tiene a mujeres en los ministerios, cuando el pueblo escogió a una mujer para comandar el país”. “Un gobierno”, aseguró, “que evita poner negros en su composición ministerial y reveló profundo desprecio por el programa elegido en 2014”.

De nuevo, Rousseff estableció un paralelismo entre su “resistencia” como guerrillera de izquierdas a la dictadura militar que la detuvo y la torturó en 1972. “No esperen de mí el obsequioso silencio de los cobardes. En el pasado, con las armas, y hoy con la retórica jurídica, pretenden nuevamente atentar contra la democracia y contra el estado de Derecho”, dijo Rousseff. “En la lucha contra la dictadura, recibí en mi cuerpo las marcas de la tortura. Borré por años el sufrimiento de la prisión. Vi compañeras siendo violentadas y otros asesinados”. “En aquella época era muy joven. Tenía mucho que esperar de la vida y miedo de la muerte. Resistí a la tempestad del terror que comenzaba a engullirme. A mis casi 70 años de edad, no sería ahora, después de haber sido madre y abuela, que abdicaría de los principios que siempre me guiaron. No puedo dejar de sentir en la boca el gusto áspero y amargo de la injusticia y el arbitrio”, expresó Rousseff en un discurso cargado de emoción.

“Dos veces miré cara a cara a la muerte… Hoy yo solo temo la muerte de la democracia, por la cual muchos de nosotros, aquí en este plenario, luchamos con nuestros mejores esfuerzos”, concluyó.

El ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, investigado por la policía y por el Supremo por obstrucción a la Justicia y la obtención ilícita de un apartamento, asistió a la sesión para dar apoyo a Rousseff, acompañado del célebre músico brasileño Chico Buarque, que se ha manifestado en reiteradas ocasiones contra el cese de la mandataria. Rousseff fue recibida por gritos de “oé, oé, Dilma, Dilma” y “Dilma, guerrera, de la patria brasileña”, proferidos por senadores que la defienden.

Durante los años de gobierno del PT, que empezaron con Lula en la presidencia en 2002, Brasil vivió los mejores años de crecimiento económico de su historia y 36 millones de personas salieron de la pobreza absoluta. Dos escándalos de corrupción han manchado su legado. El mensalao, descubierto en 2005, desveló el pago de sobornos a diputados para aprobar leyes. El caso Petrobras, que salió a la luz en 2014, desentrañó el reparto de al menos 6.000 millones de euros entre altos cargos políticos, directivos de Petrobras y empresarios de constructoras de obra pública. El agujero en la que hasta entonces era una de las empresas más respetadas de América Latina tuvo una repercusión directa en la recesión de un 3.8% en 2015. Rousseff intentó enderezar la economía con recortes que el gobierno Temer pretende ampliar. Para ella, “el golpe agravará la crisis brasileña”.

Artículo tomado de www.elmundo.es

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