EL DOLOR DE TODOS

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La tierra ha temblado en plena noche, como hace siete años en L’Aquila, incluso en la misma hora. hemos visto la desesperación en las caras de los supervivientes y el tormento de quien no podrá más volver a abrazar su propio niño. Personas heróicas se han apresurado a socorrer sus aldeanos y la máquina de ayuda se ha pronto organizada para intervenir. Las horas pasan y el miedo por nuevos  temblores continúa delante del misterio de una tierra inquieta y rebelde que moviéndose provoca destrucción y muerte.

Alguien, más bien muchos, se preguntan cómo sea posible que un territorio de altísimo riesgo sísmico no se haya puesto en seguridad preveniendo y por tanto prevendo las consecuencias de un eventual terremoto. La ira crece justo por esta falta de precauciones, mientras rechina escuchar a unos expertos describir, posteriormente, los obvios escenarios para aquellas casas inseguras. Ver a las personas bajo los escombros hace demasiado mal: aunque estos no pueden convertirse en los día de la polémica, sino sólo de la solidaridad, de la cercanía y del meditar, no es posible no quedarse desconcertados por una cierta inercia. Por qué estos pueblecitos históricos puestos en auténticas bombas naturales no fueron puestos antes en seguridad?

Ciertamente esta pregunta tendrá que interpelar siempre más los que podrán y tendrán que actuar para que estas desgracias no se repiten en otras zonas de alta densidad sísmica. Ahora quien es creyente se ponga de rodillas a rezar para estos hermanos, quien puede intervenir sostenendo las poblaciones afectadadas lo haga con todo el corazón, los gobernantes todos se reunen para socorrer y acompañar concretamente estas víctimas esforzándose a encontrar verdaderas soluciones para el presente y el futúro.

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