LA MUJER Y EL DRAGÓN

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Desde el 11 de septiembre de 2001, fecha simbólica del inicio del terrorismo fundamentalista como nueva forma de guerra “a trozos”, el mundo, también aquello europeo que desde del posguerra había conocido un cierto período de paz, está llegando a ser siempre más inseguro. Como creyentes, no podemos no ver revelarse, detrás de los asuntos humanos, la gran batalla entre el bien y el mal, entre el amor y el odio, entre la Mujer vestida de sol y el dragón infernal.

En Apocalipsis se cuenta que en el cielo aparecieron una mujer rodeada por signos milagrosos y un dragón, ambos ayudados por ángeles. Hubo una gran batalla, que terminó con el triunfo de la mujer y la expulsión del dragón. Por tanto, una voz mística eleva una oración, anunciando que en eso se cumplió la salvación de Cristo. Después de la oración, el dragón aún intenta matar a la mujer, que entretanto había dado a luz, pero, no logrando eso, promete a si mismo intentar matar a toda su descendencia.

Aquel dragón rojo no es otro que satán, el mal. El mismo San Juan nos presenta el dragón de esta manera, diciendo también que él es la Serpiente Antigua, lo que el en Cuento de Génesi empujó la humanidad a hacer el pecado original. Él también era ayudado por los Ángeles, y al final  cayó a la tierra. La mujer en cambio es la Virgen, y es justo esta figura, la Mujer vestida de sol, que la liturgía nos hace contemplar en la fiesta del 15 de agosto: el Asunción de María al cielo. Estudiando antiguos documentos  se detecta que el ”Asunción” o “Dormición” de María era considerada cosa cierta en la tradición popular y en la Iglesia Oriental de los primeros siglos.

Se escribió que María Asumida llena un poco el “vacío” de amor materno presente en la concepción común sobre el divino. Escribe mons. Bertolone en “I care Humanum”: “Ustedes recuerdan la visión del gran signo en el cielo de quien habla el vidente de Patmos de Apocalípsis? Es otra vez la marca de la mujer. Aquel señal apocalíptico fue conectado a menudo con la mujer por excelencia, María, la Madre de Dios, la mujer vestida de sol. Y justamente. Pero aquel gran senal es también la revelación – apocalípsis de la dignidad femenina. Gracias a la mujer vestida de sol, ganadora – por el niño que tiene en el vientre per il bambino – en la lucha contra el dragón, cada mujer de ayer, de hoy y de mañana, puede legítimamente releer su novedad humana y cristiana”.

Está en la lucha ganadora entonces, este amor materno de Dios que es acogida, compasión y ternura pero que sabe también, más allá de todas las imágenes demasiado empalagosas y estereotipadas sobre el “femenino”, “luchar” por sus hijos. El contraste entre la mujer con los dolores del parto y la fuerza imponente del dragón da valor al femenino, que se distingue no por la fuerza aplastante, suficiente para desafiar el dragón, sino por su capacidad de generar vida.

Papa Francisco, también hablando de la oración del Rosario, ha evidenciado como ella “tiene esta dimensión agonística”, es decir de lucha, una oración que sostiene en la batalla contra el malvado y sus cómplices”.

Entonces, cuanto más parecen insuperables las dificultades y oscuras las perspectivas de seguridad y de paz, cuanto más terribles y los actos de terrorismo y de violencia, tan más insistente tiene que ser nuestra oración, que es “el primero y principal ‘instrumento de trabajo’ en nuestras manos!” – como ha subrayado Francisco durante el Angelus del 24 de julio pasado, “para fortalecer nuestra capacidad de luchar junto a Dios, “para que venga su reino de justicia, de amor y de paz”.

 La enemistad ente la Mujer y el dragón es aún muy actual; se concretiza en particular en toda la deriva relativista contra la vida naciente, la percibimos en la trasformación del valor de la feminidad. Un ataque sin precedentes, por eso hoy más que nunca necesitamos ser protegidos por la Mujer vestida de sol.

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