EN EL OLIMPO LOS REFUGIADOS POR LA PAZ

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Los Juegos Olímpicos de Río 2016 pasarán a la historia gracias a Popole Misenga, atleta del equipo de los refugiados que ha superado el turno en la categoría 90 kg de judo, llegando a ser el primer atleta refugiado a lograr una victoria en una competición olímpica. El africano de 24 años, nacido en la República Democrática de Congo, desde hace tiempo ha traslado en Brasil. Dejó su patria a causa de como era tratado en el equipo nacional de judo. “Nuestro entrenador se había vuelto loco, gastaba todos los fondos federales con las prostitutas y para beber alcohól – ha declarado en una reciente entrevista a los medios -. Durante los Mundiales de 2013 fuimos tres días sin comer, es imposible estar preparados en esta condición”.

Cuando tenía nueve años fue obligado a separarse de su familia y huir de los combates en curso en Kisingani: fue encontrado ocho días después, escondido en un bosque, y fue llevado en la capital Kinshasa en un centro para niños desplazados. Allí empezó a hacer judo pero cada vez que perdía una carrera su entrenador le cerraba en una jaula por días, dándole sólo café y pan. A causa de la guerra y de las condiciones en que estaba obligado a vivir, Misenga pidió el estado de refugiado y lo obtuvo. Se transladó en Brasil y desde entonces se entrena en la escuela de judo fundada por Flavio Canto, un ex yudoka ganador de una medalla de bronce olímpica.

Su historia conmueve, pero no es la única. En Río hay diez atletas – 6 hombres y 4 mujeres procedentes de Sudán, Siria, Congo y Etiopia – que representan una marca de esperanza para los refugiados de cada parte del mundo. Cada uno de ellos tiene algo de único de ocngtar, una vida de sufrimiento, de guerra, sino también de renacimiento.

Más allá de Popole Misenga, en el judo hay también Yolande Mabika, 28 años, de la República Democrática de Congo (Rdc). Ambos llegan de Bukavu, area a este de la RdC, destrozada por un conflito que, empezado en 1998 y terminado en 2003, ha causado 5 millones de muertos. Ambos fueron separados por sus familias y recibidos en un centro para niños desplazados de Kinshasa. UNHCR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) ha garantizado a los dos el estados de refugiados en septiembre de 2014. Yolande, después de la noticia del admisión a los Juegos, ha comenzado a llorar: “El judo nunca me dio dinero, sino un corazón fuerte”. “Espero que mi historia – ha explicado – pueda ser un ejemplo para todos, y ojalá mi familia me verá. Quizás podríamos volver a ser unidos”.

Otro asunto, otro dolor, nuevas esperanzas. La nadadora de 18 años Yusra Mardini, refugiada en la isla griega de Lesbos, hace un año salvó decenas de personas llevando el barco con su hermana Sarah hasta la orilla. Yusra se zambullò en mar cuando el motor del barco en que estaba, junto a otras veinte personas huyendo de Siria, se bloqueó en la terrible travesía del mar Egeo. No han pensado en el gran frío y en el agotamiento que tenían. Con fuerza y determinación han deseado que el milagro de llegar vivas en la isla griega pudiera llegar a ser también el alegría de sus compañeros de viaje en otro caso condenados a muerte segura. Una sonora bofetada a quien sigue considerando los refugiados sólo como un peso, un problema.

Yonas Kinde, maratonista etíope de 36 años, ha empezado su carrera deportiva en su País de origen. Fue recibido como refugiado por Luxemburgo en 2013. Nunca se ha escatimado conciliando el deporte con el trabajo: ha constantemente seguido cursos de idioma francés, mientras conducía taxi y se ganaba el pan.

La portaestandarte del equipo de refugiados es Rose Lokonyen, ohocentista de 23 años llegada de sur de Sudán y actualmente refugiada en el campo de Kakuma, en el norte de Kenya. Su familia se escapó de su País hace 13 años, cuando ella sólo tenía diez años. Nunca habría sabido tener talento si un profesor no se hubiera dado cuenta de ella proponiéndole participar a una carrera de 10 km… Y luego otros cuatros atletas, ellos también procedentes de Sur Sudán, que viven todos en Kakuma, uno de los centros de acogida más grandes del mundo, con casi 180.000 personas.

El cuatrocentista James Chiengjiek, 28 años, huyó que tenía apenas 13 años para escapar del secuestro de los rebeldes que estaban reclutando de fuerza niños soldados. El ochocentista Yiech Biel, 21 años, ha declarado de centrarse en su País “porque los jóvenes son los que pueden cambiarlo” y en sus padres: “Necesito cambiar la vida que están viviendo”.

Y aún los mediofondistas Paulo Lokoro (1.500 metros masulinos) de 24 años y Anjelina Lohalith (1.500 metros femeninos) de 21 años. En fin, otro nadador sirio empenado en los 100 metros mariposa. Se trata de Rami Anis, de 25 años, nacido e crecido en Alepo y se acercó a este deporte siguiendo el ejemplo de su tío Majic, que había competido por Siria. Huido en 2011, cuando la situación de Alepo estaba peorando, Anis ha alcanzado su hermano mayor en Estambul, entrenándose  en los centros del importante club deportivo de Galatasaray. Después de haber dejado Turquía a borde de un bote, se fue a Bélgica, que le concedió el asílo en el diciembre pasado.

Papa Francisco con un tweet ha enviado un augurio a todos los atletas de Río. “Ustedes siempre sean mensajeros de fraternidad y de genuino espíritu deportivo”, ha escrito. Pero el Pontífice ha quierido dirigirse de manera particular al equipo de refugiados enviando a ellos una carta conmovedora. “Queridos hermanos – ha escrito nombrando todos los 10 atletas – quiero que llegue a ustedes mi saludo y mi deseo de éxito en estas Olimpiadas. Que el coraje y la fuerza que llevan dentro puedan exprimir a través de los Juegos Olímpicos, un grito de hermandad y de paz. Que, a través de todos ustedes, la humanidad comprenda que la paz es posible, que con la paz todo se puede ganar; en cambio con la guerra todo se puede perder”. “Deseo – ha terminado – que su testimonio haga bien a nodotros todos. Ruego por ustedes y por favor le pido que rueguen por mí. Que Dios le Bendiga”.

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