AUSCHWITZ, EL SILENCIO DE FRANCISCO QUE GRITA MISERICORDIA

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Il silenzio di Papa Francesco ad Auschwitz

“Cuando el dolor es grande, el grito se ahoga en la garganta”. Pocas palabras, las de Papa Francisco, para no disturbar la verdad y el espíritu de los lugares, en su visita al lugar símbolo y ejemplo, la cruz del “gran dolor”, Auschwitz. Aquí, más de un millón de personas fueron eliminadas, en el silencio de la conciencia de muchísimos, demasiados. Judiós, pero no sólo judíos. Sino también intelectuales disidentes, omosexuales, discapacitados, rom, prisioneros políticos. Todos aquellos que alguien juzgaba diversos y que, por tanto, no merecían vivir. Entre ellos, más de 75 mil polacos. No fue sólo su asesinato, lo que marca permanentemente la historia de la humanidad en la tragedia del Holocausto, en que fue arrancada la vida, magullándola, a cuatro millones de personas, sino las manera de que fue humiliada, insultada y torturada su dignidad humana, en el satánico proyecto de la “solución final”.

“Quisiera ir en aquel lugar de horro sin discursos, sin gente, sólo los necesarios”, ha dicho el Papa. Ya, porque los discursos, la gente, a veces sólo son un ruido. El dolor grita en silencio. Esta es la invitación, precisamente, silenciosa, que el Santo Padre dirige a los jóvenes reunidos en Cracovia, con él, en aquellos espacios dolorosamente vacíos del campo de concentración, donde parece estar solo. En cambio no, no está solo. Con él, hay todos los que sufren, los despreciados, los ultrajados, los renegados, los traicionados, los violados, los matados. De Auschwitz y de la humanidad entera. Es una homilía, la suya, profunda e intensa, aunque sin palabras. Un llamamiento a la concienca de todos, y de los jóvenes en particular, a escuchar los gritos de dolor que gritan en el silencio, también de los medios o de los discursos, a menudo con significado vacío y llenos de pomposo y abondante lenguaje oral. es una bofetada, aquel silencio, a quien habla demasiad sin decir nada, a quien está distraído y no siente los gritos ahogados del dolor.

No está solo, en Auschwitz, el Papa, mientras está sentado en aquella silla por 15 minutos, con la cabeza abajo, para mirar a la tierraque muchas veces se siente abandonada por el cielo. Y no está sólo en Auschwitz. Su silencio grita ahogado el dolor del mundo, de los hombres de todos los tiempos, también del nuestro. Entre los sangrientos genocidios del siglo pasado, hay también lo de Ruanda, no menos horrible y macabro de lo hecho a los judíos cerca hace 60 años, así cercano a nuestros días. Cerca un millón de personas, sobretodo de etnía tutsi, y también hutu, fueron masacradas, a machetazos, cocinados a la brasa y dados por comida a sus familiares, también niños, bebés aún. En 100 días, se ha exterminado un tercio de la población, en una guerra que alguien ha llamado tribal. Ocurrió sólo hace veinte años, pero muchos de los jóvenes que están en Polonia, en estos días, quizás no saben nada.

Aquellos gritos de dolor se quedaron ahogadas en el silencio de las gargantas mediáticas, demasiado llenas de otras palabras. Aquí, en Auschwitz, con Papa Bergoglio, en el silencio, resuenan los gritos de solor de los armenios, masacrados por los turcos, más de un millón y medio, para realizar el exterminio total, justo como quierian hacer los nacionalsocialistas con los judíos. Aquí, en el silencio, retumban hacia el alto los gritos intensos de los sirios de hoy, de los afganes, de los cristianos perseguidos, torturados, quemados vivos, empalados, puestos en cruz, hoy, cada día, en el mundo, como los de los hermanos que luchan contra la fuerza del mar y están aplastados sólo para su esperanza, los gritos de millones de niños que mueren de hambre y sed, o en el mercado de la moneda o de los deseos, en silencio. Son los genocidios de nuestro tiempo, demasiado a menudo silenciosos porque silenciados en las agencias de información, en los periódicos, en la radio o, aún más, en la televisión. Pocas líneas, de boletín diario en los números, que ya impresionan, marcados a un ritmo continuo, pero juntos son una bomba nuclear.

Fue un jurista hebreo polaco, a inventar el término”genocidio”, Raphael Lemkin, justo ocupándose del exterminio de los armenios, para la Sociedad de las Naciones, un organismo no gobiernativo para conducir investigaciones y actividades para promover la paz y la calidad de la vida entre los hombres. Este nombre calificó un delito contra la humanidad en la Resolución de las Naciones Unidas de 1946. En 1948 fue suscrita la Convención para la prevención y la represión del crímen del genocidio, firmada y ratificada por casi todos los Estados del planeta, incluso Arabia Saudí, Turquía, luego aprobada con Resolución de Onu en 1951. En el mismo año se firmó una Convención sobre los refugiados. Por genocidio – leemos – se entiende “cada uno de los siguientes actos hechos con el intento de destruir, totalmente o en parte, un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal”, tan en tiempo de guerrra como en tiempo de “paz”: matar miembros del grupo; causar serios daños físicos o mentales a miembros del grupo; someter deliberadamente el grupo a condiciones de vida para provocar su destrucción física, total o parcial; imponer mesuras para prevenir los nacimientos dentro del grupo; transferir a fuerza niños del grupo en otro grupo.

Hay, por tanto, un acto de genocidio de los cristianos, en este nuestro tiempo. En Siria, en Nigeria, en Iraq, en Libia, en India, en Filipinas, en China. Las nuevas persecuciones anti-cristianas hacen millones de víctimas, cientos de milies cada años en muchos Países, para destruir definitivamente la Iglesia, la fe en Jesús Cristo y la raza de los hombres creyentes.

“Donde está Dios?Donde está?”, es la pregunta que dirigieron los hebreos en los campos de concentración nazi, y cada día, desde la creación, la misma pregunta se eleva ahogada por quien sufre el mal injusto. En la poesía “La noche”, de Elie Wiesel, es la pregunta que un niño dirige al cielo, “el ángel con los ojos tristes”. Auschwitz aún resuena de un dolor desgarrador, no obstante, es el lugar del silencio absoluto, porque aquí Dios se quedó en silencio.”Donde estaba Dios?”, pedía Benedicto XVI, en los mismos lugares, en visita en Auschwitz hace diez años. “Donde está Dios?”, ha preguntado todavía Papa Francisco, después de unas horas, durante la Via Crucis. La respuesta está en la poesía de Elie Wiesel: “Ahí va, está colgado allí, a aquella horca!”. Sin embargo está también en el Evangelio. Dios está. “Somos llamados a servir Jesús Crucifijado en cada persona emarginada, a tocar su carne bendita en quien está excluido, tiene hambre, sed, está nudo, detenido, enfermo, perseguido, refugiado, migrante”,  ha dicho Papa Bergoglio. Dios habla a través de nuestra acción. En las obras de los hombres buenos u justos escuchamos el amor y la justicia de Dios. Y así, como san Francisco podremos decir: “Deus mihi dixit“, “Dios me ha hablado”.

La oración silenciosa del Santo Padre, en Auschwitz, es una bofetada a la conciencia de todos. También de Dios.

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