EL CONTRAGOLPE DE ERDOGAN: TEMOR A QUE APLIQUE PLANES AUTORITARIOS

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La derrota de la asonada, para muchos tragicómica por cómo la violencia de algunos episodios se alternó con actos chapuceros, ha hecho fuerte a quien debía ser el principal perjudicado: el presidente turco. Recep Tayyip Erdogan lleva desde la madrugada del sábado dándose baños de masas entre sus acólitos, a quienes considera salvadores de la patria y que ayer seguían en las calles celebrando el fracaso de la asonada. Algunos analistas creen que ellos garantizarán sus futuros planes políticos “autoritarios”.

En las plazas residió la clave. “Vosotros tenéis los tanques, nosotros la fe”, vociferó el jefe de Estado en un entierro de víctimas, ante la marabunta convertida en ejército popular que lo ha llevado en volandas desde el viernes pasado. A ellos, el Gobierno les ha pedido mantenerse expectantes y firmes. Por las noches, grupos de islamonacionalistas, algunos ultras y al grito de “Dios es grande”, hacen guardia frente a cuarteles de policía y edificios oficiales.

La presencia de seguidores de Erdogan era cuantiosa en la plaza de Taksim, en Estambul, simbólica por ser un bastión de los secularistas. Desde anteayer una gran pancarta con una imagen del jefe de Estado culmina la fachada del Centro Cultural Atatürk. Este periodista fue objeto de varias acusaciones de espionaje, escuchó críticas a los manifestantes que tomaron esa misma plaza para protestar contra Erdogan en 2013 -salvajemente reprimidos- y hasta oyó acusaciones a EEUU de estar detrás del golpe.

“La amenaza todavía no ha acabado”, es la excusa del Ejecutivo para seguir instando a los suyos, el 50% de la población, a seguir en las calles. Tenía un porqué. Once golpistas fueron detenidos ayer por la tarde en el aeropuerto internacional Sabiha Gökçen, el segundo de Estambul, en una operación que incluyó el uso de armas de fuego. Otra operación similar tuvo lugar en la base del Ala 3ª de la Fuerza Aérea, en la provincia central de Konya.

Más de 6.000 personas, entre ellas soldados, jueces y fiscales, han sido detenidos hasta el momento por su “actividad terrorista”, en palabras de un comunicado del Ministerio de Exteriores. Se refiere a la cofradía del clérigo Fethullah Gülen, residente en EEUU y cuya extradición se espera que Turquía solicite. Erdogan le acusa de instigar el golpe: una asonada perpetrada por un grupo reducido de oficiales, presuntamente dirigidos por un ex miembro de la Fuerza Aérea, condenada al fracaso. Este ex militar del aire es Akin Öztürk, que niega las acusaciones.

Junto a Öztürk, cerca de 70 generales y almirantes ya están en manos de la Policía Antiterrorista. Sobre ellos pesa la exigencia de condena a muerte que piden muchos de los fieles del presidente en las calles (191 de los cuales fueron asesinados durante el golpe). Como respuesta, Erdogan anunció ayer que mantendrá conversaciones con la oposición sobre la posibilidad de reintroducir la pena capital, abolida en 2004 como requisito para entrar en la UE. “En una democracia no se pueden ignorar las peticiones del pueblo”, se justificó ayer Erdogan, que ya había sugerido en el pasado recuperar este castigo. Entonces parte de la oposición se negó. Ahora tienen una pelota incómoda en su tejado. Pero como destaca a EL MUNDO Sinan Ülgen, analista del centro de investigación política EDAM, precisamente el rechazo unánime de todos los partidos parlamentarios al golpe complica al mandatario cualquier eventual uso de la asonada como arma contra la oposición.

Desde 2014, cuando fue elegido presidente por sufragio, Erdogan ha intentado instaurar un sistema presidencialista en el que se atribuyera las funciones ejecutivas de las que hoy carece. La oposición le acusaba de buscar eliminar rendición de cuentas y de querer concentrar todo el poder en su puño. El último obstáculo era lograr los apoyos necesarios para ganar el cambio de la Constitución, ya bien fuese mediante referéndum o recabando más votos para el islamista AKP en unas elecciones.

“En el pasado, cualquier partido que se oponía al golpe ganaba popularidad. Había partidos que apoyaban la asonada. Por lo tanto, se puede esperar que el partido gobernante gane popularidad. Pero lo que es diferente esta vez es que todo el espectro político se ha opuesto a la intervención militar. Eso podría hacer que el trasvase de votos que podría esperarse no fuese tan significativo, y restara sentido a una eventual cita con las urnas”, señala Ülgen.

“Esta experiencia hará a Erdogan más fuerte y popular. Ha emergido como el defensor victorioso de la nación contra una conspiración […] Su vínculo con sus votantes se ha profundizado. Lo que está menos claro es cómo usará este poder”, se cuestiona, en The New York Times el analista turco Mustafa Akyol. “Durante los últimos tres años [Erdogan] se ha movido metódicamente para tomar todos los nodos de poder”, recuerda en el periódico The Guardian otro experto, Andew Finkel.

Erkan Saka, un sociólogo de la Universidad de Bilgi y habitual comentarista en temas políticos, enfoca su preocupación en el rol que a partir de ahora adoptará la marabunta que ha tomado las plazas. “Admiro la valentía de aquellos quienes tomaron las calles. Pero no creo que tuviesen muchas opciones contra un alzamiento a gran escala”, enfatiza. Y advierte: “Algunos de los ciudadanos que salieron a la calle no parecen muy a favor de la democracia, sino de la sharia. ¿Era necesario esto?”.

Artículo tomado de www.elmundo.es

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