UN HÉROE MUSULMÁN

1822
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faraaz

Faraaz Ayaaz Hossain ahora sonríe por siempre, en la foto que lo captura junto a su madre Simeen mientras orgulloso muestra uno de sus graduaciones. Rico él también, como las bestias que lo mataron en la Holeys Artisan Bakeri de Dacca, junto a otras 19 personas. Orgullosamente musulmán, pero de otra parte. Aquella justa, que no se esconde cobardemente detrás del nombre de Dios para dar voz a sus instintos animales y mata sólo por gusto. Porque no hay ideales, fe, reivindicaciones que pueden justificar el masacre de personas desarmadas. Faraaz esto lo sabía bien. Él, incansable estudioso de buena familia, ido de otra parte del mundo para formarse y matado en su país, donde estaba por vacaciones de verano.

Su abuelo era Latifur Rahman, presidente de Transcom Group, una de las mayiores multinacionales bengalí, activa en el campo farmacéutico, enogastronómico, editorial, electrónico y de radiofonía. Su madre, Simeen Hossain, es director ejecutivo de Eskayef Bangladesh Limited, gran corporación farmacéutica. A Faraaz, por tanto, nada faltaba. Cada puerta o posibilidad estaaba abierta para él. Pero esto no le ha prohibido soñar, como cada chico de su edad. No se ha parado comodamente y ha empezado una brillante carrera académica en los Estados Unidos. Estudiaba en la Emory University of Atlanta, donde se había graduado al inicio del año. En los Estados Unidos aprendió a vivir como occidental, a no tener miedo de las diferencias. Allí conoció las amigas por las cuales se ha sacrificado: Tarishi Jain (india) y Abinta Kabir (americana y musulmana), muertas ellas también en la matanza de Dacca. Su próximo proyecto, una vez volvido en, era frecuentar un máster en economía. Luego habría querido manejar el empresa de familia junto a su hermano menor, que adoraba.

Quizás estaba hablando justo de eso con sus amigas cuando las primeras granadas han estallado en el local. O estaban haciendo la clásica charla de chicos de veinte años, hecha de sueños y esperanzas de la vida y del amor. Nunca sabremos esto. Y no importa. Porque Faraaz en aquella tarde de sangre aprendió la última lección de la vida: ser un hombre. Cuando los milicianos se han acercado a los tres chicos asustados le han preguntado de recitar el Corán. Faraaz ha contestado sin vacilar, como habrá hecho muchas veces durante los exámenes a la universidad. Sus amigas no. Ellas no conocían aquellos versos. Además tenían ropa “prohibida” por Sharia. Una combinación igual que una condena a muerte. Los milicianos le han mirado e invitado a dejar el local: estaba salvo. El jóven ha sacudido la cabeza: no hubiera dejado Tarishi y Abinta a morir solas. Un rechazo más fuerte que la violencia. Una bofetada al arrogancia de quien piensa que el poder depende de las armas tenidas en las manos y, en cambio, delante del rechazo de un chico, lidiacon su condicción de miserable. Una ofensa que Faraaz ha pagado con su sangre. Su cadáver, junto a los de las dos chicas, ha sido encontrado por la madrugada por las fuerzas del orden. En sus manos los signos de la lucha. Hasta después la sentencia de muerte decidida por su “no” ha intentado defenderlas por los verdugos.

“La virtud es el primero título de nobleza; yo de un hombre no miro al nombre sino a las acciones” escribía Moliere. Un aforismo que bien resume esta historia. Carniceros y víctimas todos procedían de familias ricas. Sin embargo han hecho diferentes elegidas. De una parte el martirio por una causa loca, de otra el sacrificio en nombre del amistad. No es el pedigrí que nos hace hombres, que nos hace importantes. Son las acciones diárias, los valores, la capacidad de distinguir el bueno de lo malo. Esto hace Faraaz un héroe digno de estar recordado y sus asesinos sólo un extra que muy pronto será olvidado.

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