EL MAR COMO UNA SÁBANA

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Como una gran sábana acostada sobre los cadáveres, el mar esconde el horror a los ojos de la gente. Los migrantes muertos se convierten en números, que se transforman en estadísticas, y así perden toda la fuerza del cuento que la muerte de un ser humano puede representar. Todo se anestesia, llega a ser marginal frente a las noticias que, al final, ciertamente nos afectan pero a menudo no comprendemos: spread, deuda pública, brexit. Estamos distraídos por las cotizaciones de las bolsas asiáticas, nos explican qué ocurrirá en el tablero europeo. Pero casi no hace más noticia que a los márgenes de aquel cuadrado hay decenas de miles de peones listois para montar en ello, desesperadamente determinados.

Sólo en los primeros 5 meses de 2016 más de 3.400 migrantes han muerto o han desaparecido mientras intentaban pasar las fronteras de todo el mundo. Y de estos el 80% se refiere a las rutas hacia Europa. Lo calcula la Organización mundial para las migraciones (Oim). El dato es superior del 12% frente a los primeros 5 meses de 2015, mientras la ruta más letal del planeta para los migrantes – ha dicho Frank Laczko, director del Centro de Análisis Oim en Berlín – es el Mediterráneo con la ruta entre Norte de África e Italia convertida en el pasaje más peligros del mundo.

Por lo que respecta a Italia, ha subido a más de 210mil, de los cuales casi 52mil en Italia, el número de migrantes y refugiados llegados a Europa a través del Mediterráneo desde el incio de 2016. Además, según las últimas estimaciones comunicadas por Oim un total de 210.643 migrantes y refugiados ha entrado en Europa por mar desde el inicio de 2016 hasta el 12 de junio, con llegadas en Italia (51.956), Grecia (157.298), Chipre (28) y España (1.352). El más alto número de muertos (2.438) fue registrado en la ruta central entre Norte de África e Italia.

Sin embargo los números se quedan fríos; en realidad testifican vidas, personas que nunca han llegado a la meta. Lo sentimos, pero no nos molesta mucho. Hasta que no vemos algo que nos sacude, que quita el velo de hipocresía de los ojos y vuelve a conectar alma y cerebro. Ocurrió con la foto del pequeño Aylan: bocabajo, apenas tocado por el agua, los brazos abandonados, inmueble en la muerte. El pequeño refugiado sirio ahogado delante de la playa de Bodrum, paraíso turístico de Turquía, aún tenía la camiseta roja y los pantaloncitos oscuros, los zapatos atados. Y la foto de aquel pequeño cuerpo ordenado, delicado, ha recorrido todo el web, ha sido relanzado sin parar en Twitter, símbolo de la tragedia de los migrantes y de la decisión de los medios de mirarla en la cara, esta tragedia. Indignación planetaria, luego el olvido otra vez.

Ahora un nuevo choque, por un vídeo: meros y medfregal que atacan los cuerpos de los migrantes quedados atrapados en un pesquero hundido a 60 metros de profundidad  a 15 millas de las costas líbicas. Son imágenes impresionantes tomadas por los buzos de la Marina militar italiana que después de diez meses han recuperado seis de las decenas de cadáveres de migrantes víctimas de un naufragio.

Aún esta vez habrá el torrente emotivo, y también en este caso volverá el silencio. Que en este caso no significa respeto, sino indiferencia aterradora.

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