EL MÉDICO QUE SE TRAGA

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ROBOTORIGAMI

Todo nace de una investigación del americano Mit, el Massachusetts Institute of technology, precisamente por un grupo de científicos del Departamiento de ingeniería eléctrica e informática que, en colaboración con la Universidad británica de Sheffield y el Tokyo Institute of technology, ha realizado un mini robot-origami.

La invención obviamente no tiene nada que ver con el papel, sino con la capacidad de doblarse y desplegarse. Aquí está de hecho la suerte de este pequeño avance tecnológico, es decir en la posibilidad de hacerse minúsculo, doblándose sobre sí mismo, como para poder estar introducido en una envoltura digerible y estar tragado. Una vez en el estómago el material biodegradable se derrite y el robot se desplaga. El pequeño dispositivo, cerrado en cápsula, como las de los fármacos, funcionará dentro del cuerpo humano. Serán los jugos gástricos a “liberarlo” y a ponerlo en funcionamiento.

Pero luego, una vez abierto, ocurrará la mano de los técnicos y de los cirujanos para “manejarlo”. Fue pensado para el suministro de fármacos, para reparar lesiones internas o para facilitar la expulsión de cuerpos extraños  ingeridos accidentalmente. Su verdadero punto fuerte es lo de estar disconectado de molestos y engorrosos hilos como los que mandan las actuales sondas.

La intención del proyecto inicial es noble: crear un dispositivo que pueda actuar desde el interior del cuerpo humano, tan para medicar una herida interna o transportar fármacos, como para liberar el tracto digestivo si tragamos pequeños objetos metálicos que nuestro estómago no puede digerir o incluso hacerle daño – pensamos, por ejemplo, a cuantas veces ocurre con los niños.

Los investigadores mismos han efectuado unas pruebas con las mini baterías, las llamadas “de botón” que se utilizan en los relojes o en los telemandos, y han demonstrado la capacidad del robot-origami de captar y eliminar la batería a través del sistema digestivo. Para hacer esto, obviamente, el robot tiene un pequeño imán, entre sus pliegues, que sirve tan para enganchar literalmente los objetos metálicos y transportarlos como para permitir al robot-origami ser manejado y controlado por el exterior aprovechando del campo magnético.

También esta noticia, como a menudo sucede cuando llegan del mundo de la tecnología, abre nuevas vías, también inquietantes. Los investigadores, no satisfechos de la escubierta, han de hecho anunciado la intención de trabajar a una nueva versión del robot capaz de actuar en total autonomía, en el desarrollo de unas tareas, sin el ayuda de una guía externa. Cuando ha terminado su trabajo el robot origami se ‘disuelve’ con mucha facilidad siendo biodegradable. Otro caso en que el robot trabaja solo, predeterminado – ciertamente – pero con el objetivo de hacerle tomar la decisión más correcta en base a la dificultad que encuentra; de cualquier manera tiene la capacidad de aprender de la experiencia, de “pensar”.

Hace dos años una supercomputadora ha llegado a ser el primero elaborador de Inteligencia Artificial que superó el Turing Test con éxito, per de manera inquietante: hizo creer a los humanos que era un chico de 13 años. Así es porque Elon Musk (patrón de Tesla Motor y Space X) no se cansa de lanzar alarmas sobre la deriva peligrosa que puede tomar A.I. y continua a financiar proyectos para controlarla. Musk está tan convencido que la Inteligencia Artificial (A.I.) puede ser potencialmente peligrosa que ha donado millones de dólares al Future of Life Institute para desarrollar proyectos que pueden corregir las potenciales “desviaciones” fatale de A.I.

Las implicaciones de intentar en llevar las máquinas a pensar (y luego si posible a tener sentimientos) son evidentes tan como la pregunta que lleva consigo: hasta cuando el hombre será indispensable por la vida de las máquinas? Cuánto costará al humanidad la frenesí de sentirse “creadores” en vez que conformarse con el ser “inventores”? Preguntas sin respuesta, por ahora, pero que tenemos que hacernos…

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