LA HORMONA DEL ABUELA

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En el famoso periódico estadounidense “The New York Times”, el pasado sabado 7 de mayo, fue publicado un extraño e interesante artículo titulado “Las hormonas de la beatitud del abuela” (“The Bliss of GrandMother Hormones”), firmado por Dominique Browning. Empieza así: “Toda mi vida, de mujer, ha estado condicionada por la conciencia hormonal. La crisis de adolescente? Las hormonas. El maravilloso efecto de una nueva relación sentimental por la dieta? Las hormonas. Las noches en blanco por una nueva maternidad? Las hormonas”. Y continua: “Las mujeres, en el curso de su vida, están torturadas y educadas sobre la gran complejidad de las hormonas y de sus inevitables desequilibrios. Para aquellas entre nosotras que no se han conectado bien con las lecciones de ciencia, cuando tuvimos posibilidad (quizás porque demasiado distraídas por la rabia hormonal, o tampoco empezamos por culpa de las hormonas del ansiedad hacia la matemática), la química hormonal se queda un misterio. En parte, porque es así”.

A la depresión postparto se atribuye la responsabilidad moral de muchos filicidios, a las furias hormonales se reconducen las causas de asesinatos y suicidios, pero también la felicidad parece generarse por una hormona, serotonina, y así la tristeza y el pesimismo están asociados a niveles altos de cortisol. También la fidelidad e infidelidad dependieran de la cantidad de oxitocina, la“hormona del amor”, y sería una condicón neurológica y genética a “incitar” a la traición. De un estudio de la Universidad de Queensland, en Australia, parece que hay “genes del amorío”, que entran en funcionamento en determinadas condiciones biológicas, precisamente, hormonales, y ambientales, psicológicas y culturales. O sea, en la época posmoderna, que ha optado por la independencia del ser humano de un autoridad extra-terrena, el hombre – y no sólo la mujer – “liberado” de Dios, parece en cambio que está encadenado a su propia condición genética y hormonal. Las hormonas son la nueva divinidad.

“Quiero creer que el amor nace del corazón”, escribe la periodista y escritora americana, autora de numerosos libros, entre los cuales el más reciente “Slow Love” (“Amor lento”), y fundadora del asociación “Moms clean Air Force” (“La fuerza de las madres limpia el aire”). Y añade que pero nunca había oído hablar de las “hormonas del abuela”. Aquella maravillosa sensación de llevar un niño sobre el “corazón oscurecido por el tiempo, que tiene trazas de traumas, la tirita o el yeso sobre fracturas y heridas causadas por viejos dolores”. Convirtiéndose en abuela, la mujer inesperadamente se siente “inundar de hormonas”, de una alegría extraordinaria. “Otra manera en que las hormonas nos gubiernan”, describe así, con inteligente ironía, la señora Browning, la felicidad de ser abuela, cuando decimos “Aquí está!” al recién llegado en la tierra. “Es la única manera en que puedo explicar la misteriosa y caótica forma de reaccionar a este nuevo amor”, escribe. Aquella atención cariñosa del abuela para su nieto en cada detalle de su pequena vida, por el cual cada sonido, “un gruñido suyo o un chirrido tiene su encanto”, y se podría quedar para siempre contemplándolo”, mientras cada ansiedad y preocupación es doble, no sólo para el bebé, sino para sus padres.

Cuál hormona, en conclusión, regula aquella especial sensación de impotencia y de dependencia del abuela hacia su nieto, se pregunta Browning. Y que controla la particular capacidad de anticipar el futúro, que las abuelas tienen, imaginando destinos posibles y cambios ambientales, con una necesitad de proteger al bebé de los males del mundo, de una manera totalmente diferente respeto a como hace una madre.

El sentimiento del abuela es como una “marea emocional”, declara la escritora, que ciertamente está liada a un alteración hormonal. Y “es esto que hacen las hormonas – escribe –: crean una realidad alternativa”, actuan sobre la imaginación y la emoción.

Si la literatura científica habla, en fin, de las hormonas de la maternidad y del embarazo, parece en cambio que, antes de la escritora Browning, ningún experto ha estudiado las “hormonas de la abuelidad” y, es decir, la base biológica-neurológica de aquella relación especial entre abuelos y nietos, aquel amor sereno y calmante, de intensa complicidad, que tiene una función preciosa e imprescindible para el sano crecimiento de individuos maduros, con la justa autoestima y un buen equilibrio psico-físico.

De un estudio del psicólogo Gerard Kennedy resulta que los nietos encuentran fuerza para combatir los problemas de la vida, seguridad y estabilidad, en la relación con los abuelos, y en particular con el abuela, de que reciben calor sentimental, sentido de protección, cuidado, y modelos de comportamientos influyentes y no impositivos, aunque hay modos diferentes según la edad de los abuelos, el contexto cultural y ambiental, y si el nieto es hijo único, el mayor o el favorito.

Eleanor Maccobi y Jane Martin han descrito cuatro “estilos” principales de ser abuelos: democrático, educativo y sentimental; autoritario, instructivo y poco sentimental; indulgente, con alta afectividad y bajo control; indiferente, poco participativo tan para la educación como sobre el plan relacional. El tipo democrático es aquello que principalmente asegura el bienestar existencial y evolutivo de los nietos.

En Italia, los abuelos son cerca 12 millones. De una investigación de Eurispes resulta que casi el 93 porcientos de los nietos italianos se sienten amados por los abuelos, el 80 porcientos dice ser comprendido y aceptado con su personalidad, el 72 porcientos declara tener en los abuelos entrenadores de vida. El abuela, en particular, tiene un papel fundamental. El término inglés es “GrandMother”, “grande madre”. El abuela, sobretodo materna, es una figura fundamental para el crecimiento. Pero la escritora Browning ha evidenciado un aspecto poco examinado, hasta ahora, en literatura tan científica como narrativa: el efecto de los nietos sobre los abuelos, especialmente sobre el abuela, para vivir serenamente la tercera edad, gracias a este nuevo amor. Una bofetada a quien considera la vejez el estado de la muerte del corazón y del adormecimiento de las alegrías. La “hormona del abuela” es de envidiable juvenil vitalidad.

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