EL SUEÑO DE UNA VIDA SIN GUERRA

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rifugiati siria

Cinco años. Es la edad de mi hijo Emmanuel. Nació hace cinco años, le he alimentado , destetado, lloró, se rió, caminó, jugó. Fue a la guardería y ahora – con emoción – le hemos inscrito en la primaria.
Cinco años es también la edad de Ahmed. Él también nació, jugó, lloró, se rió… como todos los niños. Por lo demás, lo que separa Emmanuel de Ahmed es un abismo de pocos kilómetros cuadrados y tres palabras: campos de refugiados. Ahmed es sirio. Transcurrió la mayor parte de su vida en un campo. Sin una casa que lo protegiera. Sin la seguridad a quien cada niño tiene derecho. Cinco años, la edad de la guerra.

Por la noche en el campo los ruidos se amplifican. Sólo una capafina de tejido divide de la carpa del vecino. Es aquí, en Tel Abbas, a norte del Líbano, a la frontera con Siria, que desde hace dos años Operación Paloma, el cuerpo de paz de la Comunidad Papa Juan XXIII, condivide la vida con los refugiados sirios. Ahora, gracias al apertura de un canal humanitario 50 personas de este campo lo alcanzarán. Casi todos han escapado de Homs, del barrio de Ban El Hamra, uno de los primeros a estar bombardeados en 2011. Abu Rami muestra un vídeo de Homs en el celular: ruinas. Imagino che aquella sea mi casa. No, no lo imagino. Muchas cosas son inimaginables.

Gracias a un corredor humanitario gestido y financiato por la Comunidad de San Egidio y por la Federación de las Iglesias Evangélicas, con la participación de Operación Paloma, los 93 refugiados poco después llegarán a Italia. En total han concedido 1000 visados humanitarios.
“La última locura italiana, vamos a tomarlos con los aviones” titulaba un famoso periódico italiano con respecto al corredor humanitario.

Estoy acostada en la carpa y en la noche, la última que transcurrimos aquí, llega en la distancia el sueno triste de un oud, una especie de guitarra-laúd arábigo. Llega de la carpa de los Akram. Todo el campo, en procesión, ha ido a saludar quien parte. En la tienda llena de humo el sabor dulce del té se mezcla a las lágrimas y a las sonrisas, a la esperanza para quien parte y la solitud de quien se queda. Diáspora. Diáspora es la migración de un entero pueblo obligado a abandonar su propia tierra natal para dispersarse en diferentes partes del mundo (Wikipedia)

Intentamos imaginar que en un momento nuestra casa se ha convertido en una pila de ruinas. Que nuestros padres viejos están en un campo de refugiados a 30 km del nuestro, pero no los vemos hace 3 años porque no podemos salir del campo donde estamos. Y además tu hermana está en Canada, tu hermano en Suecia y otro hermano murió en el mar. Y tú tienes la posibilidad de ir a Italia, y para tus hijos lo haces porque piensas que allí ellos pueden tener un futúro. En una cultura, un clima y muchas otras cosas que no conoces y tú que siempre tienes aquella maldita nostalgia de tu tierra. Luego quizás en Italia haya también alguien que te dice ‘vuelve a tu casa’ (Cuál?). También esto es inimaginable. Tantas, demasiadas cosas lo son aquí.

Tantas cosas no se pueden contar. El sabor del mate que tengo que beber (no me gusta para nada) porque no quiero herir la hospitalidad y las caras dulces de estas personas. Los ojos perdidos en los recuerdos de la casa que no existe más, el ruido de las bombas de noche que están destrozando tu tierra que está a 5 kilómetros de aquí y tú que estás así cercano pero infinitamente lejano. Cómo se puede contar de familias enteras y niños obligados a vivir por 28 días en las tuberías para huir a los bombardeos? Lo en Siria es el más terrible conflicto de los últimos 50 años, y ha ‘fabricado’ 12 millones de refugiados (7 están al interior y 5 al extranjero). Más de la mitad son niños. Tampoco las cifras pueden contar, sin embargo.

Ya al amanecer el campo está en agitación. Rumor, yendo y viniendo de personas y maletas, nos se prepara. Después de haber vivido cuatro años en cautiverio parece que la libertad nunca llega, y no se tiene más paciencia. El campo está invadido por la prensa italiana… ellos están cansados – se sienten un poco como fenómenos de circo – y sonrío pensando que no saben lo que los espera en Italia…

Las luces de la noche corren desde la ventanilla del autobús que nos está llevando hacia Beirut. Corren las imágenes de esta tierra extraña, a veces hostil. Las casas semidestruidas por incuria y pobreza y las con muros como queso gruyere, los signos de la guerra. Y luego las luces multicolores como en Las Vegas, un contraste que chilla.
En el aire el olor de las especias y de kebab. El olor inconfundible de Oriente Medio, quizás la única cosa que aquí auna todos, vencedor y vencidos, cristianos judíos y musulmanes… muertos y vivos. No, ahora que lo pienso también hay el mar. Para todos el mismo mar. Incluso para nosotros. Mediterráneo.

Hemos visto el campo de Tel Abbas vaciar, entre gritos desesperados. La tristeza de quien parte mezclada con la de quien se queda. Por supuesto, diferente: el campo de refugiados mata más que todo la esperanza. Para los más afortunados que se van hay una nueva vida. Será difícil, pero se ve un futúro.
En el autobús los niños – más de la mitad de los refugiados tiene menos que  10 años – rien, bromean, bailan. “Ana mabsoot” me dice Karima. Estoy feliz. Que el conductor pase una canción. La música es triste, de las palabras no comprendo casi nada. Sólo Siria, Siria.

Sentado a mi lado Abu (Padre de) Akram se limpia las lágrimas con el dorso de la mano. Cerca de él su mujer Umm (Madre de) Akram solloza. Me vuelvo para ver los asientos atrás y nadie habla. Todos los adultos lloran en silencio. Al fondo los niños siguen jugando.

Abu Akram es el fundador de la familia. Él y Umm Akram tuvieron 10 hijos, 5 machos y 5 hembras. Alguien está aquí con ellos. Los demás no se sabe dónde. Me siento testigo intrometido del sufrimiento de este viejo con la barba y el pelo blancos que siempre nos ha recibido con afecto en su carpa. Pienso que sólo debería estar en paz en su casa en Siria mirando crecer sus nietos y no dormir en la tierra en la humedad de un campo de refugiados por cuatro años para luego llegar en una cultúra, un clima y un idioma tan diferentes de los suyos. Siento un malestar… si, es verdad – todo es verdad – esta era y es lo correcto que hay que hacer, tendrán la posibilidad de estar recibidos en Italia, de tener una vida digna… pero dentro de mí yo sé, y también ellos lo saben, que nunca verán Siria. También mis lágrimas bajan y nublan todo y siento su digna superioridad…. “aquella superioridad que una maldita historia confiere a sus víctimas”.

La nieta de Abu Akram tiene menos que un mes, y un día cuando – si todo va como debe ir – será italiana y hablará italiano, quizás alguien le contará de esta noche. Quizás alguien le contará cuanto eran bellos los atardeceres sobre Homs y donde están sus raíces. Pero la memoria es lábil y demasiado a menudo el istinto de supervivencia pide olvidar. Siento angustia en pensar que es demasiado pequeña, no recordará el llanto de su abuelo y la herida extrema de la diáspora del pueblo sirio.

La perdida de historia e identidad derribadas por una guerra que nadie de ellos quería. Hermanos, padres, hijos alrededor del mundo – en Siria, en Europa, en América – y muchos nunca más se volverán a encontrar. Cómo se puede aceptar esta injusticia?
Cómo podemos nosotros aceptar esta injusticia sin perder nuestra humanidad?

Entonces pienso que estoy afortunada. Porque me indigno y mi humanidad tiembla. Y porque estas personas se van hacia una vida sin guerra, su sueño. En estos días he visto muchas veces la gratitud en sus ojos. Shukran (Gracias) Abu Tony, shukran Gennaro, Marwa, Marco Sara y todos los chicos de Operación Paloma.
Gracias Operación Paloma, de mi parte también, por haberme dado la posibilidad de rozar estas vidas y no quedarme suspendida en el limbo de quien finge no ver. Gracias por ser sustancia y no apariencia. Porque la libertad se aprende de quien no la tiene.

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