LA GUERRA DE PROPAGANDA EN COREA

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Hace ya más de una década que Jong Sun Yim se vio obligado a colocar una triple ventana en su residencia ubicada junto al estuario del río Han. “Aquello era insoportable. No podías dormir. Se pasaban toda la noche haciendo ruido”, recuerda el granjero de 70 años.El cauce fluvial del Han a lo largo del área de Gimpo y la cercana isla de Ganghwa está acotado por alambre de espino, barreras de metal y casamatas militares. Patrullas de soldados recorren la linde a intervalos. Del otro lado, a menos de dos kilómetros, se divisa el territorio de la provincia norcoreana de Hwanghae Norte. Desde allí proviene el sonido de las arengas que se perciben del lado surcoreano a media mañana. No se entiende su contenido pero resultan inconfundibles por su estilo fogoso, casi cercano a los gritos. Como dice el surcoreano, el periodo de calma que dominó esta frontera a partir del 2004 se quebró tras la última prueba nuclear que realizó Pyongyang en enero pasado. Seúl resucitó entonces los altavoces propagandísticos y al poco tiempo lo hizo su adversario.

“Los norcoreanos intentan bloquear la propaganda surcoreana. Sus mensajes son muy simples: dicen cosas como ‘el comunismo es mejor para ti’ o nos instan a desertar a su territorio. Suelen empezar por la tarde y no paran hasta las 3 ó las 4 de la madrugada”, asegura el propietario de una granja de perros.La transmisión de sonidos se realiza en los dos sentidos, aunque el ejército surcoreano parece recurrir a unidades móviles de altavoces al contrario que sus rivales que tienen emplazamientos fijos, como asevera Jong.”Nosotros emitimos canciones: K-pop (la música más comercial de Corea del Sur) y melodías tradicionales. Y también mensajes donde se dice que somos un país libre y cosas así”, añade el surcoreano.A pocos kilómetros se encuentra el llamado Observatorio de la Paz de Ganghwa. Un promontorio donde los visitantes pueden conseguir “una visión de primera mano de la vida diaria de los residentes norcoreanos. Sus casas, sus colegios, sus centros comunitarios y la gente trabajando en los campos”, según manifiesta la placa colocada en el edificio. Los binoculares permiten apreciar claramente a varios campesinos enfrascados con sus cultivos. Las colinas norcoreanas aparecen desprovistas de arboleda, un claro contraste con la foresta que domina los cerros surcoreanos. “Por la noche se sumía en la oscuridad absoluta, pero en las últimas semanas han instalado cuatro focos”, explica Ung Bong Bang, un vecino del área de 79 años. Los alrededores del Observatorio también han vuelto a ser la primera línea de la confrontación de sonidos como antaño.”Los norcoreanos no cesan de lanzar loas a Kim Jong Un y todos los Kim”, aduce Ung. La reactivación de los altavoces propagandísticos en ambos lados de la frontera que divide la Península coreana es el ejemplo más alegórico del retroceso que han sufrido las relaciones entre ambas naciones en los últimos meses. Pyongyang y Seúl se encuentran enfrascados en una espiral de tensión cada vez más arriesgada, que se ha agudizado ante la proximidad del VII congreso del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte, que se inaugura este viernes en la nación comunista.

Las emisiones, el lanzamiento de pasquines y todo tipo de guerra psicológica fue uno de los elementos más conspicuos del conflicto que enfrentó a los dos estados entre 1950 y 1953. En aquella conflagración los norteamericanos tiraron cientos de millones de panfletos -los apodaban “las balas sin sonido” o “los papeles bomba”- sobre las tropas norcoreanas y chinas bajo la consigna que dictó el propio secretario de Estado del Ejército de EEUU de la época, Frank Pace, que pidió literalmente “enterrar al enemigo en folletos”.La pugna ideológica y en especial las emisiones de los altavoces que atronaban la frontera continuó tras el alto el fuego que interrumpió la contienda y no concluyó hasta el citado 2004.El manojo de panfletos que guarda el policía de Baengyeongdo de su pupitre llegó hasta la remota isla ubicada en el Mar Amarillo “trasladados por globos desde Gimpo”, según explicó el uniformado, que no quiso identificarse. “El viento los empujó muy lejos”, añadió.Uno de ellos exhibe fotos de los tres Kim sonrientes bajo un lema que dice: “Tres generaciones de dictadores”. Otro realiza un recorrido por las cifras de la economía surcoreana contrapuestas a las de su país vecino y concluye: “Corea del Sur es la economía número 13 mundial, Corea del Norte la 180”. Alguno de los folletos están inspirados por la verborrea belicista. En uno se puede avistar una relación del armamento surcoreano y otro mensaje: “Podemos bombardear Pyongyang en cualquier momento”.El envío de pasquines desde los dos sectores de la linde también se ha intensificado en los últimos meses, aunque desde hace años ha sido una actividad recurrente de los desertores norcoreanos.Recurriendo a los consabidos aerostatos, los activistas suelen transferir al otro lado de la frontera desde miles de Choco Pie -unos pequeños pasteles de chocolate que Pyongyang prohibió al considerarlos símbolos del capitalismo-, a Usbs con películas, telenovelas o información anti comunista; y radios para captar las emisiones de los grupos opositores.Pyongyang siempre consideró que eran “actos destinados provocar una guerra” -según la dialéctica de los medios oficiales- y en varias ocasiones, la última en octubre de 2015, respondió a tiros a su lanzamiento.

Jong Sun Yim aclara que los norcoreanos también han vuelto a enviar octavillas propagandísticas. Los papeles se centran especialmente en la figura de la presidenta Park Geun-hye, a la que llenan de oprobios. El pasado mes de febrero Corea del Norte transfirió cerca de un millón de panfletos, mezclados con desperdicios, colillas de cigarrillos y hasta papel higiénico usado, según informó el matutino JoongAng. Un contenido acorde al eslogan redactado en los volantes que viajaban en los mismos envoltorios, que calificaban al liderazgo surcoreano de “mugre política” y “basura humana”.”Los soldados nos han dicho que no los toquemos porque podrían estar contaminados con algún producto químico”, dijo Jong. Los surcoreanos han preferido instalarse en un estilo muy diferente que algunos medios han apodado la “ofensiva Hello Kitty” por entremezclar la información habitual contraria al régimen norcoreano que emiten sus baterías de altavoces, con el recurso al K-Pop de las féminas de diminutas minifaldas y títulos como “Me gustas Tu” de la popular banda “Girl’s Generation” o “Amémonos unos a otros” de la no menos sugerente agrupación Apink.

“Las emisiones no llegan muy lejos, pero si alcanzan los oídos del personal militar de la Dmz (zona desmilitarizada) y la ciudad de Kaesong. El gobierno surcoreano intenta que la música distraiga a los soldados y también les transmite noticias alternativas (a las que difunde el régimen). Pero a largo plazo, esta táctica pierde efectividad porque la gente se acostumbra a ella”, opina Katharine Moon, una experta en Corea del ‘think tank’ norteamericano Brooking Institution.El camino desde Ganghwa continúa hasta el extremo más distante de ese territorio, la isla de Gyodong, unida al resto a través de un puente. La proximidad del suelo norcoreano ha convertido este enclave en el destino elegido por grupos de desertores de ese país para construir el que han apodado como “Monumento a la ciudad natal ausente”. Un monolito de piedra inscrito con letras que reflejan la pesadumbre que también embarga a algunos miembros de este colectivo.”Somos del otro lado del río y tenemos una historia de amargura. Veo a mi madre llorando. veo a mi hermano llorando. Nunca superaremos esta amargura”, declara el manifiesto esculpido en la piedra. La mayoría de los habitantes de Gyondong consultados se oponen a la reanudación de las emisiones propagandísticas surcoreanas al considerar que “son muy molestas”, en palabras de Yim Ja Lea, de 52 años.

“Los norcoreanos también emiten su propaganda cada día. Por ejemplo, dan el nombre y apellido de un supuesto surcoreano que según ellos se ha pasado a Corea del Norte y te cuentan lo bien que vive allí. Y después dicen: ¿Por qué no venís vosotros también?. Lo mejor sería que ambos lados volvieran a callarse”, asevera.En su aldea, las autoridades han iniciado la construcción de un nuevo refugio anti bombardeo. Otra señal de la creciente incertidumbre que se ha apoderado de la región. Los habitantes de Gyodongbuk-ro, otro poblado limítrofe de la misma zona, se encuentran divididos sobre este tipo de iniciativas. Varios afirman que sólo pueden generar “problemas” y el año pasado, cuando Seúl hizo un primer amago para restablecer las transmisiones, un grupo firmó una misiva exigiendo que no se utilizaran los altavoces en su localidad.Byung Chul Ahn, sin embargo, considera que la música tradicional coreana -tambièn incluida en el repertorio propagandístico utilizado por Corea del Sur- puede ser “muy efectiva” a la hora de debilitar las convicciones de sus vecinos norcoreanos.”Sólo tienen canciones que lanzan loas a Kim y seguro que les gustan este tipo de música de los años en los que estábamos unidos”, asegura sentado en un soportal junto a otros ancianos.En cualquier caso, los veteranos de estas regiones lindantes con Corea del Norte asumen con resignación el retorno al pasado.Para Jong Sun Yim esta suerte de pelea a gritos a través de altoparlantes forma parte intrínseca de sus siete décadas de vida. “Desde que era un niño. Eso y los bombardeos, la guerra. La verdad es que si me gustaría que todo esto acabase”, sostiene.El Observatorio de la Paz de Ganghwa incluye un receptáculo dedicado a colgar los “deseos” de los visitantes. La mayoría se refieren a la hipotética unificación de ambas coreas.Uno de los escritor recoge el lamento de una supuesta norcoreana dedicado a su padre. “Papa, te echo de menos. Se que querías volver a ver tu casa en Corea del Norte pero no tuvistes esa oportunidad. Lo siento tanto. Rezo para que consigamos la unificación”, escribió Yoo Kyung Kim.Otros, como Ji Yun Lee, prefirieron ser más prosaicos.”Quiero que se unan las dos Coreas para poder ir a divertirme a Corea del Norte”, señaló.

Artículo tomado de www.elmundo.es

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