AFGANISTÁN, A LA ESCUELA DE DESTRUCCIÓN

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La educación es uno de los derechos fundamentales e inalienables de la persona, englobado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Cada uno tiene derecho al estudio, obligatorio y gratuito al menos a niveles elementales y básicos, según cuanto preve el artículo 26 de la Declaración. Con un 75 por cientos de la población que vive en áreas rurales, de quien la mitad es menor de 18 años, Afganistán es uno de los Países con el más alto número de niños en edad de escuela del mundo. Sin embargo, al mismo tiempo, es también uno de los Países más pobres y escolarizados. A pesar del aumento de jóvenes estudiantes, sobretodo niñas, al menos el 50 por cientos de los adolescentes afganos es todavía excluido del sistema escolar.

Guerra civil antes y terrorismo después, han contribuido a dejar el País años detrás. No obstante, hay un pequeño distrito, en el Este, donde el sistema escolar funciona bien. Niños y chicos, de todas las edades y de ambos los sexos, reciben una educación. Todos parecen contentos. Pero al interior de las estructúras establecidas para dar la bienvenida a las mentes jóvenes, existe la dictadura de los talibanes. En el distrito de Bati Kot, en las mochilas no hay libros de literatura, de matemática o de filosofía. Sólo hay el Corán.

Los profesores inculcan a los chicos lo que ha sido describido por algunos como “una innovadora combinación de Shari’a y Pashtunwali”, el código de honor de la gente pashtun. Enfatizan la solidariedad, el austeridad y la familia, pero sólo la “gestionada” por los hombres. Totalmente contrarios al Islam ciíta, al punto de declarar oficialmente los chiítas afganos de etnia hazara (de cepa de Mongolia y que constituyen cerca el 10 por cientos de la población) no musulmanes, no rechazan las prácticas tradicionales populares, como la interpretación de los sueños como medio de revelación. A todos, grandes y pequeños, está prohibida la visión de películas y de televisión.

En Kabul todos saben lo que sucede en aquella lejana provincia de frontera, pero nadie hace nada. El gobierno central considera que es más eficaz una educación basada sobre la cantidad que sobre la calidad. Es suficiente ir a la escuela y estar en las estatísticas positivas sobre el alfabetización. No importa pues lo que se enseña. Una bofetada, más que una caricia, a un derecho fundamental e inalienable de la persona, lo al estudio. Todo esto sucede aún más en los territorios conquistados por el Califato. Las escuelas y las aulas han estado cubiertas completamente de cortinas negras, el aire está llena de incienso, han llevado y quemado todos los libros, los únicos aún disponibles se refieren a lo que ellos llaman enseñanza religiosa. La misma cosa está ocurriendo en los lugares dominados por el Califato.

Isis distribuye simples fotocopias, sin ninguna tapa dura, que haga pensar a libros específicos. Cada forma de enseñanza científica ha sido expulsada, el darwinismo prohibido, porque estas teorías pondrían en discusión la fe en Dios. El Creacionismo y la voluntad del Dios del Estado Islámico son las únicas enseñanzas posibles dentro de estas aulas.

En estas escuelas no está transmitida sólo teoría. Muchos jóvenes están obligados a ejecutar aquellas enseñanzas en la práctica. Se aprende a hacer la guerra. La edad de la niñez está aplastada por una espiral de violencia y muerte. “Nada violencia! Tenemos que enseñar a nuestro niños que nuestras únicas armas son el saber y la educación”. Así Hanan Al Hroub, joven palestina nacida y crecida en los campos de refugiados, donde actualmente enseña, hoy ha comentado el asignación del Global Teacher Prize, el “Nobel de la escuela” que cada año elige el mejor profesor del mundo. La elegida de este año es para continuar el Nobel de la paz Malala Yousafzai, la chica pakistaní hizo famosa para su lucha pacífica contra los talibanes para la defensa de los derechos de las mujeres y para el derecho de todos los niños al educación.

“Sólo queremos la paz: queremos que nuestros niños puedan vivir su joventud en paz”, es el eslogan de Hanan. Cuando su marido fue herido por los soldados israelíes, sus hijos, que habían asistido el episodio, se habían quedado tan impactados de no querer más salir de casa, tampoco para ir a la escuela. Ella se ha convertido en su profesora: no para educarlos a la venganza, sino para dar a ellos la educación y el saber como armas de paz para vencer la violencia extremista. El más fundamental de los derechos es la libertad de fanatismos e ideologías: sin una buena educación ningún hombre nunca será libre.

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