MISIÓN GUATEMALA, ENTRE MATANZAS Y POBREZA

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don marco

Kamikazes, ataques, cristianos que están matados en el nombre de Alá, iglesias destrozadas, cruces arrancadas. Cuando se habla de persecuciones e injusticias inmediatamente pensamos a Oriente Medio y Norte de África. Entre nuestro País y aquel infierno sólo hay una franja de mar, por tanto advertimos el peligro como cercano. Pero tragedias semejantes ocurren también lejos de nuestro ojos, de la otra parte del océano. Es el caso de Guatemala donde mucha gente sufre y muere por el prevalecer de los intereses económicos.

Multinacionales estranjeras saquean los terrenos y excavan minas a cielo abierto que difunden peligrosas vapores de cianuro. Si a esto se añade la corrupción creciente y la matanza –en los años recientes también – de las poblaciones indígenas actuadas por las diferentes dictaduras militares, se tiene un cuadro muy claro del drama vivido en una nación en que las riquezas están concentradas en las manos de pocas personas. Una bofetada a la pobreza.

“Ir a Guatemala signifíca ponerse en contacto con la pobreza extrema” cuenta a Interris don Marco Strona, joven presbítero de la Diócesis de Fabriano Matelica (Ancona), que justo en el País sudamericano empezó su camino hacia el sacerdocio.

“No he decidido yo llegar a ser sacerdote, he contestado a una llamada”, explica con una sonrisa. La vocación llegó cuando era muy joven, cuando tenía sólo 18 años. Un recurso grande de enfrentar en aquella edad, por eso ha decidido dirigirse a un sacerdote de su ciudad, que lo ha guiado y acompañado por todo el camino. Luego la decisión de hacer una experiencia diferente.

Su diócesis de hecho está hermanada con la de Huehuetenango, en Guatemala, donde desde hace más de 40 años los sacerdotes de Fabriano van para dar su servicio y ayudar a los sacerdotes locales. Su primer viaje en Sudamérica duró un mes, durante del cual todos los chicos de su grupo se levantaban por la mañana muy temprano y ayudaban a la comunidad local en el trabajo de los campos. El resto del día estaban seguidos por sacerdotes italianos, sus acompañadores.

“El problema más grande allí son las injusticias – explica don Marco – estando con ellos comprendes porque están mal”. Niños demasiado pobres para ir a la escuela, familias que trabajan sin parar en las plantaciones, pero que luego ven el fruto de su esfuerzo quitado por las grandes multinacionales. A esto se ha añadido, en los últimos tres años, la crísis por culpa de la falta de productos agrículos.

Muchas veces las personas no encuentran ayuda en las autoridades, sino en los religiosos presentes en el País. La iglesia en general cae bien, pero el sacerdote está considerado una persona incómoda. Si de un lado está visto como ministro de un culto, del otro es él que ayuda a resolver los conflictos, un personaje considerado “incómodo”, sobretodo por el gobierno, porque permite que el pueblo sea compacto.

En los años, los viajes en Guatemala se han repetido, hasta cuando volvió en el País como sacerdote, de hecho fue ordenado en septiembre de 2015. “La vida parroquial ha sido un verdadero reto, ero yo el diferente, el más alto, aquel que hablaba un idioma diferente” pero, ha explicado, siempre lo han recibido con brazos abiertos.

Ahora don Marco es párroco en un pueblecito en las colinas del interior de las Marcas, pero su maleta siempre está lista. En su corazón, explica, la experiencia en Guatemala todavía no ha terminado. El objetivo es continuar el hermanamiento que su diócesis empezó muchos años antes, y también permitir a otros jóvenes poder vivir su misma experiencia. Para no dejar sólos los hermanos guatemaltecos

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