LAS BOMBAS QUE MATAN LOS SUEÑOS

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abdul

El símbolo del anhelo de libertad de un niño es verle correr detrás de una pelota. En aquel gesto hay el deseo de disfrutar, la emulación de un “mito”, la fantasía que galopa cerca de la esfera de cuero. Hay todo lo que necesita para afrontar la vida: esfuerzo, determinación, técnica, reto. Y el sueño de un futúro mejor. Así es, porque robar esto a los niños de las zonas de guerra es un crimen tan como el asesinato. Sucede mucho más a menudo de lo que se piensa, acostumbrados como estamos a alinear las cifras de los muertos, a hacer estadísticas de las víctimas, entendiendo con esto término quien desgraciadamente ha sido acabado con la violencia.

Pero para quien se queda, la vida es a menudo una calle oscura y cuesta arriba. Como la de Abdul-Hafidh Abdul-Ali, 14 años. Jugaba en un campo de fútbol improvisado, junto a decenas de otros chicos que no se rindan a la tristeza de la guerra. Su sueño era lo de convertirse un día en un delantero del Barcelona. Su ídolo es el delantero del equipo, Lionel Messi, y su talismán era la camiseta blaugrana número 10. Pero no fue suficiente a protegerlo.

Aquella mañana de 25 de marzo en Asriya hacía calor. En el campo estaban dos equipos, en la cancha, entre el polvo, su propios fanáticos. Luego las explosiones. Un ataque ha provocado 43 muertos, 29 de ellos chicos menores de 17 años.

Más de 100 personas han resultado heridas en este ataque, muchísimos niños. Entre los que se han llevado en hospital había Abdul-Hafidh Abdul-Ali aún. Lo ha encontrado una reportera americána del thestar.com. “Cuando nos vimos – cuenta – le he encontrado que estaba sin fuerzas bajo de un mosquitero sobre una cama en una casita,  a poco metros del campo de fútbol donde la bomba explotó. El shrapnel (una forma de proyectile para artillería, hueco y llenado de esferas de plumo o acero) lo ha golpeado en la cara, cegándolo. Abdul parecía como durmido, sus brazos llevaban los signos del ataque; sanarán, han dicho los médicos a sus padres, pero Abdul nunca más podrá ver la luz”.

Una sentencia quizás apelable, si se hubiera buscado el dinero para ir al extranjero, en estructuras más equipadas; allí, en Iraq, las bombas quitan espacio también a la medicina, relegándola a la emergencia. Sin embargo tenían que hacer la eliminación de las metrallas en el ojo dentro de un mes, o hubiera estado irreversible. Al drama se añade drama; es la descripción de cuanto el ser humano puede hacer daño, directa o indirectamente, con la violencia de un lado y quitando oportunidades del otro. Tragando como un monstruo rabioso las vidas de las personas. Una bofetada a los Países que se califican civiles y que alimentan estos horrores.

El tío de Abdul-Hafidh Abdullah ha describido el momento sucesivo a la explotación. Encontró el chico acostado en medio de la pila de niños sangrientos, derramados en el campo de fútbol. Se precipitó con su coche al hospital más cercano, pero faltaban las estructuras para ayudarlo.

La historia de Abdul es también la de otros 230 millones de niños y adolescentes afectados en las guerras derramadas en todo el mundo. Según los datos de Onu y Unicef, en los últimos 30 años el número de las pequeñas víctimas ha aumentado de manera muy importante; actualmente hay entre los 5 y 6 millones de personas con deficiencias graves y más de 2 millones de niños solos, huérfanos o forzosamente separados de sus padres a causa de conflictos en curso. Si no es un holocausto, cómo queremos llamarlo?!

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