EL HAMBRE, ARMA DE DESTRUCCIÓN EN SUDÁN DEL SUR

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La guerra es un vampiro que necesita sangre. La sangre de Ayag, por ejemplo, drenada al límite de la vida, le da sólo para abrir los ojos en un esfuerzo extremo para mirar al hombre blanco que le fotografía. Su madre lo ha traído al centro de desnutridos de Unicef, el único lugar silencioso del campo. Hasta este tipo de lugares, repartidos por todo el país, llegan los niños en las peores condiciones, los que ya no tienen fuerzas para llorar. Con temperaturas de horno, sólo se escuchan las aspas de los ventiladores y el zumbido de las moscas bien cebadas. “Si el niño no responde en tres o cuatro días de tratamiento con la leche enriquecida, vete preparando el agujero en la tierra”, dice el doctor. Su madre, Makuschi, sostiene con cuidado el cuerpo de su hijo, cuyas costillas parecen el frágil esqueleto de un barco de madera. – Makuschi, ¿No tienes comida o no tienes dinero para comprarla?- No tengo ninguna de las dos cosas. Cada respuesta convierte en absurda la pregunta anterior. – Si pudieras elegir qué comer, ¿qué alimento preferirías?Makuschi mira al traductor y al resto de madres en la estancia con cara de no entender nada. Éste repite la pregunta. Qué prefieres comer. – Sorgo. Quiero sorgo. – El sorgo es lo que comes a diario.- No, el sorgo es lo que comía. Ahora ya no tenemos nada. – Makuschi, ¿cuántas veces comes al día?- Si tengo comida, podré comer. Si no, no como. Sólo funcionan un tercio de los colegios en todo el país y la mayoría lo hace por impulso de Unicef. En muchos de ellos las clases no se prolongan más de dos horas porque los niños están demasiado débiles para atender durante más tiempo. Además, se le da a cada alumno un vaso de leche para que pueda alimentarse al menos una vez al día.

Poblaciones enteras comen hojas de los árboles hervidas, insectos o bayas silvestres para poder sobrevivir. El hambre no es inocente. En Sudán del Sur es una decisión política. Hay dirigentes que invierten todo su tiempo y su talento en crear un sistema para que toda su población coma. Otros se esfuerzan en lo contrario. Y hay algo que mata más que las balas: es la hambruna inducida como arma de guerra. Desde la sangrienta guerra contra el vecino del norte en los años 90, los señores de la guerra saben cómo administrarla con éxito. Cerrando las carreteras al comercio para generar desabastecimiento y atacando los convoyes humanitarios y hospitales, para provocar la evacuación de las ONG. Si la gente huye de la guerra y no planta sus semillas, entonces consiguen lo que quieren, que las etnias rivales se mueran de hambre. En un país con 30 kilómetros de asfalto, con grandes áreas aisladas junto al Nilo, sólo los helicópteros del Programa Mundial de Alimentos son capaces de llevar comida. Un tercio de sus 12 millones de habitantes está en riesgo de sufrir malnutrición severa. A un nivel más pequeño, estas prácticas se dan entre las etnias hasta dentro de las bases de la ONU, donde decenas de miles de personas se han refugiado para no ser asesinadas por el enemigo. En el Centro de Protección de Civiles de Malakal los jóvenes Shilluk montaron guardia durante varios días a las puertas de la zona en la que se alojaban los civiles Nuer. Cada cesto de comida era revisado y requisado ante los ojos incrédulos de los policías militares. “Querían matarnos de hambre”, dice Jonathan Bol, uno de los líderes comunitarios del campo.

Durante días los Nuer dejaron de probar bocado. Así es como se mata cuando las balas no alcanzan. El gobierno hace lo mismo con enormes zonas controladas por los rebeldes. En Wau Shilluk, una aldea a orillas del Nilo, los militares tienen orden de disparar a todo el que suba a una embarcación para comerciar o pescar, el sustento de este pueblo. “Esto acabará con nuestra existencia”, se queja uno de los pescadores en la orilla opuesta a Malakal. En realidad sí hay comida para el pequeño Ayag y para su madre Makuschi. “Los alimentos llegan a diario por carretera, desde Kenia, en un convoy de varios camiones”, cuenta una fuente de Naciones Unidas. “A su paso por la primera aldea de Sudán del Sur, un señor de la guerra se cobra un tributo y suele vaciar un camión. En la siguiente, otro comandante hace lo mismo. Y así, en varios ‘checkpoints’ hasta la capital. Cuando la mercancía llega, apenas contiene unas cuantas toneladas”. La peligrosidad y la falta de gasolina elevan su coste. Lo que queda sólo pueden pagarlo los hoteles donde residen los extranjeros, donde un sandwich o un simple un plato de arroz alcanza precios de los campos Elíseos de París.

Artículo tomado de www.elmundo.es

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