UN PUENTE PARA LA PAZ

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Bombas, guerra civil, “intifada”. Tierra Santa está desgarrada por la violencia. No obstante, los cristianos, con su instituciones, siguen siendo testigos vivos de la historia de la salvación. “Su presencia impide que los Lugares Santos se reducen a ser sólo sitios arqueológicos”. En una reunión en la Pontificia Universidad de Santa Cruz, el patriarca de Jerusalén mons. Fouad Twal, traza la que es hoy la vida de los creyentes en Jesús que viven en los lugares en los cuales vivió Jesús.

Aunque son poco menos del 2% de la población total, es decir 450 mil personas en un total de más de 18 millones de los habitantes de Jordania, Palestina e Israel, “se sienten profundamente, aún hoy, la memoria viva de la historia de Jesús”. El patriarca subraya un aspecto muy importante para él: “ Los cristianos de hoy de Tierra Santa son los descendientes en línea directa de los cristianos de la primísima comunidad Cristiana, la Madre Iglesia de Jerusalén”. Hasta hoy funcionan como “un búfer entre dos presencias mayioritarias”, un “pequeño rebaño” entre musulmanes y judíos. La convivencia no es fácil. Las principales dificultades de diálogo están causadas por la“ocupación militar, la violencia recíproca, el fanatismo religioso cresciente, tan israelí como musulmán”.

Pero no sólo. A minar ulteriormente la convivencia hay un “muro de separación, largo más de 700 km”. 8 metros de altura en hormigón armado que aisla la población palestina y límita “la libertad de movimiento, el estudio, el trabajo, los viajes y las curas médicas”. Una bofetada a la paz. En todo el territorio hay un sentido “de inseguridad general” que provoca “un verdadero éxodo de cristianos de Tierra Santa”. Recientemente el muro ha sido prolongado. Israel ha tomado la decisión después del acuerdo, firmado el 26 de junio de 2015, a través del cual la Santa Sede reconoce el Estado de Palestina y su admisión en Onu como miembro observador. “El acuerdo, entre otras cosas – recuerda el patriarca -, garantiza libertad de conciencia y de religión”, sino también “la libertad de fundar instituciones de caridad”, tan preciosas, cuanto indispensables, a Jerusalén como en el resto del País.

Más pacíficamente conviven entre ellos los cristianos de“todas las confesiones” (católicos, ortodoxos y protestantes) que hasta hoy ya son poco más de un millar. “Las condiciones en que viven son muy difíciles. Hay desempleo, los niños están numerosos, muchas habitaciones están destrozadas”. En Palestina, en general, las relaciones con los musulmanes “se quedan buenas, a pesar de unos episodios de fundamentalismo”. Pero está generalmente reconocido que la presencia cristiana desempeña “un papel positivo en la sociedad arábiga”.

Y lo mismo sucede en Israel, donde “la Iglesia se mueve en un suelo principalmente arábigo pero se enfrenta también con los retos del mundo hebreo”. Desde esta parte del muro quien cree en Jesús no tiene vida fácil. “Los muros visibles que vemos son la realización de otros muros peores que se forman en el corazón del hombre. Se llaman odio, miedo, desconfianza … Antes de derribar estos muros visibles, que es la cosa más fácil, hay que derribar los muros en el corazón del hombre. Esto pide educación, confianza, justicia, coraje. Necesita más coraje para tomar la paz que para hacer la guerra! Para la guerra basta un capricho. Es una cosa fácil. Para construir la paz necesita más coraje, más resistencia, más buena voluntad y, frecuentemente, falta esta voluntad buena”.

“Quien puede curar de verdad un niño de 8 años que ha visto morir sus padres, o un abuela que no podía bajar del palacio porque no lograba caminar, o estaba demasiado sorda para darse cuenta del peligro? Quien puede hacer de este niño un ciudadano sano, normal, que guarde cariño y respeto para todos? Sólo la educación, la colaboración y el diálogo en la verdad – afirma – son los puentes para unir las esperanzas de Tierra Santa y derribar los muros más altos, los invisibles llenos de odio erigidos en el corazón del hombre”.

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