Jesús, María y las mujeres de Jerusalén

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suor Eugenia

En el mes de enero del 2000, Año Santo del Gran Jubileo, que fueron trasladados a Roma para coordinar el servicio de tantas religiosas que en Italia estaban abriendo las Puertas Santas de sus conventos para recibir y recuperar los jovenes  extranjeros víctimas de la trata y de la explotación. De está manera inicié a caminar en la noche por las calles de esta ciudad; en particular la Salaria, donde me encontré con el verdadero rostro del mundo de la noche y de la calle.

Durante mi primera visita con el grupo de la unidad de las calles de la Parroquia de San Frumenzio, me encontré, entre las muchas mujeres nigerianas posicionadas en los bordes de las calles, tres chicas jóvenes con poca ropa, que acababan de llegar y tiradas enseguida a aquellos que las buscaban, usadas y arrojadas. Vi en sus rostros jóvenes, y en especial en los ojos, la vergüenza, el miedo, el terror, la muerte. En particular, Josephine estaba aterrada y trataba de ocultarse porque se avergonzaba. Hubiera preferido escapar. Pero, ¿dónde? ¿Pero quién pagaría la enorme deuda contraída con los explotadores? Es  como liberarse de las cadenas de rituales vudú realizados por el brujo antes de irse, que serían traducidos en los maleficos y la venganza para ella y de su familia, en caso de rebelión?

En una de las noches siguientes, Josephine no estaba en el grupo. La busqué y encontré al borde de la carretera; con un montón de trapos, en el suelo, dormida. No tenía fuerzas. El ritmo de trabajo, los maltratos, el miedo y el hambre la había agotado. ¿Cómo reaccionaría su madre si la hubiera visto en tales condiciones?

Es por eso que muchas religiones, mujeres y madres, en estos años han acogido en sus hogares – familia y han recuperado muchas mujeres crucificadas, de modo que, después de la subida al Calvario de la humillación, del desprecio y del miedo, podrían descubrir la alegría de romper su cadenas y sentirse nuevamente criaturas amadas y liberadas.

Durante el año del Jubileo de la Misericordia se reforzo, por lo tanto, el compromiso de todos nosotros y especialmente para nosotras muejres y religiosas de saber cómo inclinarse con amor y compasión sobre esta humanidad herida, para secar las lágrimas y devolver la vida, la esperanza y la dignidad.

Señor, en memoria de tu pasión, siento también la necesidad de pedirte perdón en nombre de todas nosotras las mujeres, incluidas las religiosas, por nuestro silencio y nuestra indiferencia. También nosotros nos sentimos culpables por no haber sido capaz de escuchar el grito de ayuda y de dolor de estas que son nuestras hijas y hermanas y no hemos sido capaces de secar sus lágrimas y calmar sus heridas. Señor, ten piedad de nosotros y misericordia.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

Suor Eugenia Bonetti
de la Orden de los Misioneros de la Consolata,
Responsable de la Oficina Trata de Mujeres y Menores
de la Unión Superior Mayor de Italia (Usmi).
Ha guiado la Quinta Estación
“Jesús encuentra su madre y las mujeres de Jerusalén”
en el Vía Crucis Viviente “para las mujeres crucificadas”
organizada en Roma el 26 de de febrero 2016
de la Asociación Comunidad Papa Juan XXIII
con el Vicariado.

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