Nadie tiene las manos limpias

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poveri

El racket de las organizaciones, los clientes, pero también el silencio de muchos. Estas son las formas de forzar a una mujer a convertirse en prostituta. Nosotros queremos escuchar el grito de las hermanas crucificadas, caminar con ellas, compartir sus vidas, ser como Goel, liberadores, gritando a los clientes y al racket, que deben dejar de ser los promotores de esta injusticia, que es una de las más graves que se pueda cometer. Algo que va más allá “del trabajo más antiguo en el mundo”.

Queremos escuchar el grito de los pobres, que llega a Dios. El grito de estas chicas, muchas de ellas menores de edad. Dios, que es Padre, nos pide “donde se encuentran estas hermanas esclavizadas en la calle?”. Existen muchas complicidades: en nuestras ciudades se implanta este crimen, mafioso y aberrante. Son muchos, demasiados, que tienen sus manos chorreando sangre debido a una complicidad cómoda y silenciosa, como dijo Papa Francisco en la Evangelii Gaudium.

Entre estas mujeres que se prostituían encontramos algunas madres admirables, dispuestas a dar su vida para defender la de sus hijos, hemos descubierto en ellas un gran sentido de la familia, de la comunidad. Hemos visto una gran dignidad en su deseo de buscar un empleo, de mantener relaciones con sus tierras de origen. Ya no podemos permanecer en silencio para no ser cómplices de la injusticia.

Las Naciones Unidas han definido la prostitución como una práctica incompatible con la dignidad humana. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que la prostitución atenta contra la dignidad de la persona y es un flagelo social. Don Oreste Benzi decía que los pobres no pueden esperar y que ninguno tiene las manos limpias de frente a estas chicas esclavas de la trata. Sobre esto todos debemos reflexionar.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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