UN VIA CRUCIS DE ESPERANZA

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VIA CRUCIS

Un grito desesperado rasgó la noche romana. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Ella estaba “clavada” en una cruz delante de Chiesa Nuova, en Corso Vittorio Emanuele. Las miles de personas que se encontraban allí en ese momento, sintieron un escalofrío a lo largo de la espalda, y el alma despertarse de repente, como una corriente de un estupor. Ese grito fue uno de los momentos más emotivos del Via Crucis para las víctimas de la trata, las nuevas esclavas sexuales, las prostitutas como se les suele definir.

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Mujeres que llegan en Italia con el sueño de un trabajo y que son botadas a la calle, al servicio del primero que pasa. No conocen a nadie, no pueden defenderse. No tienen documentos, a menudo ni siquiera hablan nuestro idioma; por lo que permanecen prisioneras de los que las han desarraigado de sus tierras para llevarlas a ser carne de los buitres, asustadas por las amenazas de que le haran daño a sus familias de origen, aterrorizadas de ser víctimas de hechizos de vudú. Realidades con la que vivimos en nuestras calles, fingiendo de no saber, porque no queremos ver. Nos dejamos engañar por sus conductas seductoras, por los centímetros de piel descubierta, y no creemos que esa vida horrible, finalizada en satisfacer los instintos más vulgares de un hombre – si así lo podemos definir – no puede ser una “elección”, porque ninguna mujer nace prostituta.

Son en su mayoría chicas, a las que se les destruye la juventud, se les impiden un futuro; en muchos casos, incluso el intelecto, haciéndolas caer en el abismo de la locura, la única forma de escapar de una vida de torturas físicas y psicológicas. Muchas de ellas se avergüenzan de lo que hacen, piensan en sus madres que se encuentran lejanas y les causa grandes disturbos el que puedan saber lo que hacen. Y nosotros, hijos del mundo que se autodenomina “civil”, hacemos de cuenta que no sucede, dando una bofetada a la dignidad humana y absolviendonos con la mentira conveniente que “lo hacen por dinero.” Más de una chica de cada tres (37%) es menor de edad, a menudo casi una niña (entre los 13 a 17 años). Más que por dinero, lo hacen porque se ven obligadas.

Roma se detuvo a reflexionar sobre esta gran hipocresía, que ve a las chicas acabadas, sin hacer uso de palabra por los verdaderos cómplices de las torturas, los clientes de las prostitutas. Son 9 millones los esclavistas que alimentan el mercado: sin su demanda, el tráfico de personas languidecen.

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Miles de personas participaron con cantos y oraciones en el Via Crucis para las mujeres crucificadas organizado por Don Aldo Buonaiuto, de la Comunidad Papa Juan XXIII. Junto a él, el Cardenal Vicario Agostino Vallini, quien llevo a los presentes los saludos de Papa Francisco. Y luego Giovanni Paolo Ramonda, Responsable General de la Comunidad Papa Juan XXIII; Don Fabio Rosini, Director de la Oficina  de Vocaciones de la Diócesis de Roma y creador del proyecto “10 mandamientos”; Mateo Truffelli, Presidente de la Acción Católica; Salvatore Martínez, Presidente de la Renovación del Espíritu; Raffaella De Marchis, del Camino Neocatecumenal; Suor Eugenia Bonetti, Responsable de la Oficina Nacional de trata Usmi; Padre Maurizio Botta, del camino “Los 5 pasos”.

Pero no fue un Vía Crucis limitado al sufrimiento, sino más bien una ventana abierta a la esperanza. El sueño de una vida diferente, donde los necesitados encuentran una mano de ayuda. Como aquella e Don Oreste Benzi, fundador de Papa Giovanni XXIII, y de sus hijos espirituales, aquellos que actualmente en muchos países del mundo ayudan a miles de chicas a abandonar las calles.

En esas calles el Vía Crucis vio, además de las siete “estaciones” representadas, momentos de danza, música, canto, actuación. El Capital vio una conexión en su corazón de energía que sólo la Fe puede transmitir. “Tal vez las palabras pierden momentos como éste – dijo el Card. Vallini – pero dos en particular han caracterizado esta noche: perdón y gracia. Perdón por el silencio, la indiferencia, incluso la piedad estéril, que acompaña la vida de estas chicas. Roma tiene que cambiar, porque toda criatura merece respeto”.

“Y después las gracias, al gran corazón de Don Benzi, – dijo – el incansable apóstol de la Verdad, y a quienes entendieron el mensaje y lo lleva adelante experimentando en primera persona aquellas periferias existenciales así definidas por el Pontífice”.

Miles de personas por todas partes, llamas que iluminaban las calles de la Capital. Con un compromiso claro: tomar la cruz de los que sufren y, como el Cireneo, llevarla a su lugar.

Traducciòn a cargo de Adriana Montiel

 

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