“TRABAJAR” PARA EL ISIS

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Por un lado, el trabajo y la esperanza, por el otro la muerte y la desesperación, que puede conducir en algunos casos a drástica elecciones, de las cuales no hay retorno. Son 6 mil los tunecinos que se han unido a la causa del Estado Islámico. Miles de chicos y chicas que optaron por formar parte de ello y morir luchando. El Califato, por otra parte, promete a los jóvenes tunecinos una posibilidad a cambio de sus vidas, una seguridad para sus familias. Primero que nada un sueldo fijo, a continuación, un asiento reservado en el paraíso.

Todo esto sucede en un país desgarrado por desequilibrios sociales profundos, en el papel de un Estado moderado y libre, pero que realmente lucha por encontrar su estabilidad. La Primavera Árabe del 2011 trajo consigo democracia y libertad, pero esta mejora de la situación política corresponde graves problemas sociales, en primer lugar con el desempleo juvenil, que este año ha alcanzado el 62% de los jóvenes sin trabajo, según los datos publicados por el Ocse. Miles de jóvenes, incluyendo graduados, que no sólo no consiguen trabajo, sino que además se sienten abandonados por su país, a merced de un futuro que no promete nada de bueno. Todos los días en Túnez se llevan a cabo docenas de manifestaciones, con los desocupados que exigen respuestas: algunos se cosen literalmente la boca, sólo para atraer la atención de las instituciones, otros acampan frente a los palacios del poder sin beber o comer durante días.

En un contexto social y económico, tan desalentador, con la amenaza de que el terrorismo se convierta en la única alternativa a las deficiencias del gobierno, se encuentra la historia de 58 personas desocupadas que marcharon por 400 kilometros, desde Gafsa a Túnez, para protestar frente a los edificios del poder. Son un pequeño ejército de desesperados, pobres personas que piden de ser escuchados y ayudados. No los detuvo ni el cansancio, ni el calor, ni el polvo de las calles, o la falta de esperanza. Marcharon convencidos hacia la capital motivados por un hambre de justicia y dignidad que no teme nada, salvo a la indiferencia. Mientras que hablan ante las cámaras de televisión local agitando sus manos arruinadas por años de trabajo honesto, como si quisieran dar una bofetada simbólica a una vida injusta, que les está empujando, a la nueva generación y a todo el país hacia un futuro oscuro.

“Nosotros no queremos nada, sólo queremos el derecho al trabajo”, dijo un joven a las cámaras, la mirada cansada, pero en sus ojos la determinación de no darse por vencido. “Yo ya tengo 38 años – dice otro manifestante – ¿que me queda en la vida si no tengo un trabajo?”. Todos señalan que los suyos no son un intento de desacreditar al gobierno. A impulsarlos no es la situación política, sino la falta de dinero, la sensación de que el Estado les está olvidando. “Túnez no se podrá recuperar si no a través de su juventud y sus competencias”, dijo recientemente el ex Primer Ministro de Túnez, Mehdi Jomaa, que está trabajando en un nuevo partido, “Túnez alternativa .” El actual Primer Ministro, sin embargo, promete un nuevo modelo de desarrollo basado en la justicia social. Con las palabras, sin embargo, hasta el momento no corresponden los hechos.

“El gobierno no deben de las respuestas, nuestra juventud es consciente y sabe muy bien  lo que quiere – comenta un portavoz de los manifestantes – y, que Dios no lo quiera, pero si todos se mueven no se sabe cómo va a terminar. En ese momento ya no serviran más ni los Comités Ministeriales, ni los Ministros ni las promesas “. Por un lado la dignidad de aquellos que exigen el cambio, y para ellos se está dispuesto a renunciar a la vida, por otro lado la desesperación de esos 6 mil chicos que han elegido el terror y el morir, probablemente, sin ver el renacimiento de su País.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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